9.8 C
Paraná
lunes, agosto 8, 2022
  • Sociedad
  • Muy
Más

    Un viaje singular que se resiste a ser olvidado

    Curiosidades de las letras en una sociedad de masas, el libro iniciático de Silvina Ocampo, “Viaje olvidado” (1937), se empecina en ser olvidado, como hubiera deseado su autora. Lo han vuelto a instalar distintas reediciones y hasta se lo puede hallar en formato de audio-libro en las redes. La última edición en papel fue la de Emecé, en 2005.

     

    Angelina Uzín Olleros / [email protected]

     

    Acerca de la tipología literaria, Silvina Ocampo no tenía dudas. “Yo creo que el cuento es superior a la novela. Como género, digo. El cuento es lo primero que ha existido en la literatura. Existe como Adán y Eva. Como un algo que inicia todo. Es genético, diríamos. Podríamos remedar a la Biblia: ‘Lo primero fue el cuento’. Para mí fue algo primordial, en mis primeros años. Era lo principal. Yo me formé leyendo cuentos. Y mi imaginación hizo el resto, porque no sólo lo conocía al cuento como género, sino que lo esperaba, lo buscaba por todos los rincones. Crecí buscando algo que sirviera para escribir un cuento.”

    En El viaje olvidado, una niña quiere recordar aquel día en el que la cigüeña la trajo de París. Hubo un tiempo, bastante lejano, en el que a los niños y niñas se les decía eso; había indicios de que eso no era verdad, pero la protagonista se aferró tanto a la versión que aún cuando su madre le dijo lo que ocurría ella no podía creerle.

    “Quería acordarse del día en que había nacido, y fruncía tanto las cejas que a cada instante las personas grandes la interrumpían para que desarrugara la frente. Por eso no podía nunca llegar hasta el recuerdo de su nacimiento. Los chicos antes de nacer estaban almacenados en una gran tienda en París, las madres los encargaban, y a veces iban ellas mismas a comprarlos. Hubiera deseado ver desenvolver el paquete, y abrir la caja donde venían envueltos los bebés, pero nunca la habían llamado a tiempo en las casas de los recién nacidos. Llegaban todos achicharrados del viaje, no podían respirar bien dentro de la caja, y por eso estaban tan colorados y lloraban incesantemente, enrulando los dedos de los pies.”

    Miradas

    Los cuentos de Silvina Ocampo describen situaciones que son recurrentes como la mirada sarcástica sobre la aristocracia, la crueldad que se experimenta en la niñez que es una etapa de la vida que ella desmitifica, y las premoniciones.

    Otro cuento que seduce por su título es La enemistad de las cosas. “Súbitamente, se daba cuenta de que vivía rodeado de la enemistad de las cosas. Se daba cuenta que el día que había estrenado esa tricota azul con dibujos grises (que su madre le había mandado hacer), su novia había estado distante paseando sus ojos inalcanzables por épocas misteriosas y escondidas de su vida, que la hacían sonreír una sonrisa tierna, que a él le resultaba dura como de piedra donde caían de rodillas las súplicas, ‘¿En qué piensas?’; y ella había tenido un gesto de impaciencia, y esa impaciencia había crecido con resorte al contacto de sus gestos, al contacto de sus palabras. En ese momento ya no sabía caminar sin tropezar, no sabía tragar sin hacer un ruido extraordinario y su voz se había desbocado en los momentos que requerían más silencio. El odio o la indiferencia que había levantado aquel día estaban ahí delante de él palpables y sólidos como una pared de piedra.”

    Tiempos mixtos

    El adulto que en alguna parte de su mundo interno sigue siendo niño, asume la torpeza y la sensación de no encontrar con claridad el desvío para el odio o para la indiferencia. Silvina Ocampo se recuesta sobre esa infancia que nos acompaña siempre y que aparece, para bien o para mal, a recordarnos que hemos crecido lo suficiente.

    Los funámbulos es un cuento que atrae por el nombre y habla del circo, de las postales singulares que se veían ahí. “Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnudos. Parados en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y envueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio. Clodomira, que estaba planchando en el cuarto de al lado, vio el gesto maravilloso y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban millones de gritos y de brazos aplaudiendo, pero siguió planchando. Se acordó de su primera angustia en el circo. Ahora estaba acostumbrada a esas cosas.”

    La niñez deja de pensarse como la edad de la inocencia y de la pureza, sin embargo y a pesar de su tono irónico, la autora siente nostalgia por esa etapa. En una entrevista que le realizó Mempo Giardinelli le preguntó sobre la influencia que ejerció en su escritura su propia infancia y el halo nostálgico que le imprimió a sus cuentos. “Mi nostalgia es muy grande. Yo vivo de nostalgias. Y, sobre todo, lo que escribo es lo que está más lleno de nostalgias. Yo no demuestro, o no pruebo, que soy nostálgica, pero de todos modos creo que el lector lo siente. Creo yo. Porque he publicado muchísimo. Escribí toda mi vida, ¿no? Mi escritorio, la mesa donde trabajo, está lleno de hojas escritas que nunca terminé de corregir. Pero que un día voy a corregir. Porque cuando los tomo y los leo, me gustan.”

     En primera persona

    Silvina Ocampo (1906-1993) ha pasado a la historia de la literatura argentina del siglo XX por la crueldad desconcertante que supo imprimir en algunos protagonistas de estos relatos. Su irrupción en el panorama literario argentino vino de la mano de su libro de cuentos, Viaje olvidado (1937); luego de considerarlo un material mediocre volvió a las librerías con su primer libro de versos, titulado Enumeración de la patria (1942) recuperando los modelos clásicos de la antigua poesía castellana. Su siguiente poemario fue Espacios métricos (1945), al que siguieron otras publicaciones como las tituladas Poemas de amor desesperado (1949), Los nombres (1953) y Pequeña antología (1954). En compañía de su esposo Adolfo Bioy Casares y de Jorge Luis Borges, preparó una Antología de la literatura fantástica (1940) que se convirtió en una de las piezas emblemáticas de la literatura argentina. Además, aquel mismo año los tres autores presentaron una Antología poética argentina. Posteriormente, volvió a colaborar con Bioy Casares, pero ahora en una obra de creación, la novela policíaca titulada Los que aman odian (1946).

    Armar valijas

    El ejercicio fue imaginar que en un futuro impreciso sea descubierta una cápsula en el predelta entrerriano. En su interior los jóvenes exploradores podrían hallar libros, objetos singulares, del ayer, en medio de un mundo evanescente y audiovisual. Qué libros expresarían al menos una parte de las memorias, los relatos aquellos que en alguna medida nos toca actualizar, los versos y estrofas del desencanto y la maravilla de estar vivos. Qué materiales no podrían faltar, entonces, si la idea fuera que ayuden a interpretar el cosmos, el mundo y los dilemas de esta época.

     

    RESUMEN DEPORTIVO

    Lo más leído

    Agroclave