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miércoles, agosto 17, 2022
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    La palabra, ese singular arraigo que nos identifica

    La patria es también la manera en que construimos del cosmos un rincón añorado. Algo de estas esencias laten en el libro “La nostalgia. ¿Cuándo es que, por fin, uno está en su hogar?”, de Barbara Cassin, que cuestiona las formas habituales con que esta noción se ha presentado.

     

    Angelina Uzín Olleros / [email protected]

     

    Solemos pensar que la palabra “nostalgia” es de origen griego. Sin embargo, no es así: es un término suizo alemán que hacía referencia a una enfermedad del siglo XVII. Los que intentaron insistir en su procedencia griega buscaron dos palabras, tales como “nostos” que significa retorno y “algos” que se traduce como dolor o sufrimiento: las penas que nos invaden cuando estamos lejos de nuestra tierra. Barbara Cassin demuestra en su libro que la nostalgia tiene menos vinculación a la tierra y está más relacionada a la lengua materna.

    En “La nostalgia ¿cuándo es que, por fin, uno está en el hogar? Ulises, Eneas, Arendt”, publicado por Nueva Visión en 2014, Cassin hace gala de su erudición al mostrar que la nostalgia no guarda relación con las raíces, y retoma aquello que decía Heidegger: el lenguaje es la casa del ser.

    La autora comienza a describir, con singular belleza, su llegada a Córcega, una isla que no guarda relación con sus orígenes, pero que ella siente como su hogar. En un sitio de descanso para su familia, todos parisinos, y el lugar donde sepultaron a su marido luego de padecer una enfermedad que lo llevó a la muerte.

    “Ahí estamos, muertos y vivos, unos y otros hospedados por el pueblo. Pero al mismo tiempo estamos hospedados por el mundo, en un cosmos verdaderamente griego que se despliega en ese horizonte tan característico de las islas. Una isla es real de una manera bien precisa. Sus costas se ven desde el barco y desde el avión. Y desde una isla, el horizonte marino se curva, y a la tarde, durante la puesta de sol, la tierra es redonda.”

     

    Rastros

    Desde su habitual ejercicio filológico la autora busca la procedencia de la palabra. El cuerpo médico suizo alemán creó la palabra “nostalgia” como quien dice lumbalgia o neuralgia. Ese término se fabricó para dar cuenta del sentimiento patrio ligado sobre todo a la sensación de los soldados fuera de su país. Cassin recuerda al Diccionario de música de Rousseau cuando hizo referencia al canto del pasto alpino que los suizos amaban y que estuvo prohibido bajo pena de muerte cantar en sus tropas porque despertaba en ellos “el ardiente deseo de volver” y muchos desertaban.

    La patria es la lengua y es el mundo, el cosmos; por eso la razón de ser de este libro, es despojar al término nostalgia de la referencia al patriotismo y a la tierra para llevarla a lo simbólico sin mediaciones bélicas.

    “En este ensayo analizaré la relación del hombre con el tiempo, con la muerte así como con la eternidad, y su relación con la patria, para bien y para mal. Confiaré en una serie de escenas primitivas que Homero despliega y que, a mi entender, definen lo que es la nostalgia. Pero no por ello reflexionaré menos acerca de los usos modernos que se hacen sobre esta noción, ligadas a todas las ambigüedades, por momentos aterradoras, del propio hogar y del patriotismo, de Home a Heimat, hasta el culto del suelo y de la sangre que pudieron transmitir el fascismo y el nazismo.”

     

    Entender

    La lengua tiene la posibilidad de alojar los significados de la palabra en diferentes idiomas y culturas. No escapa a esta circunstancia la nostalgia. El Índice del libro es un recorrido por esa característica de lo que dice la palabra en diferentes contextos: su relación con el arraigo, con el exilio, con el retorno, con la identidad, con la condición humana. Habla de los refugiados y esa particular extrañeza de haber sido expulsados del que era su lugar, su patria; la imposición de hablar otra lengua, la del lugar que recibe al otro que migró a ese país por razones de persecución política o escapando de la guerra.

    Hay también otras formas de penetrar lingüísticamente y simbólicamente cuando se impone una lengua sobre la propia por obra de la propaganda, cuando cada vez son más las palabras en otro idioma las que utilizamos para designar hábitos y costumbres de nuestra cultura.

    “En resumen, dos lenguas únicas: la griega, inolvidable, y la latina, imperial; dos tipos de hegemonías: cultural y política. Y luego todas las demás, a las que sólo se les concede que sean ‘idiotas’, es decir que sean apolíticas y bárbaras, o sea, incultas, que se hablan en su hogar, en su lugar. Evidentemente, es a partir de ahí, por diferencia o congruencia, que hay que reflexionar sobre las políticas lingüísticas de la actualidad, ya se trate de las once lenguas nacionales inscritas en la constitución de Sudáfrica, del requisito del hebreo para Israel, del francés para volverse francés, pero también del globish, global english, lengua de imperio o lengua de servicio que sirve para todos los mandados en la mundialización de hoy.”

    Hay un destierro simbólico cuando alguien se siente nostálgico por retornar a su lugar, por eso se habla de “insilio” cuando en situaciones de profundas crisis uno se siente expulsado aunque permanezca en el mismo sitio. El insilio es una identidad vulnerada porque es una memoria reprimida que se convierte en una conciencia extrañada, el exilio en cambio es una identidad expansiva mediada por la nostalgia, una memoria larga que difícilmente pueda transmitirse porque los oídos son casi incompatibles.

    “Desde Ulises se sabe que toda odisea consiste en una manera de poner en forma de relato la asignación de una identidad. Hannah Arendt decía que, cuando era niña, ella no sabía que era judía. ‘Fue a través de los comentarios antisemitas que dijeron otros niños en la calle como me topé por primera vez con esa palabra’. En efecto, creo, por mi experiencia personal, que ser judío es como ser mujer, es necesario que por lo menos nos lo digan, que nos lo hagan saber.”

     

    Barbara Cassin (1947) es una filóloga y filósofa francesa, traductora y directora de colecciones, especialista en retórica de la modernidad. Es conocida por haber dirigido una monumental obra, en la que concurrieron durante doce años cerca de 150 especialistas de unas 15 lenguas actuales y antiguas: el Vocabulario Europeo de Filosofías (Seuil-Robert, 2004), también llamado Diccionario de Intraducibles. Con el ojo siempre en la filosofía griega y las divergencias entre platónicos y sofistas, su más profunda matriz intelectual, ha encontrado allí una herramienta política para la solución de conflictos actuales, como el proceso de reconciliación de Sudáfrica: “la realidad que se construyó allí es el Pueblo Arcoíris, el nuevo pueblo de África del sur, con el entrecruzamiento de los relatos de víctimas y verdugos fabricó un pasado común”, asegura Cassin.

     Armar valijas

    El ejercicio fue imaginar que en un futuro impreciso sea descubierta una cápsula en el predelta entrerriano. En su interior los jóvenes exploradores podrían hallar libros, objetos singulares, del ayer, en medio de un mundo evanescente y audiovisual. Qué libros expresarían al menos una parte de las memorias, los relatos aquellos que en alguna medida nos toca actualizar, los versos y estrofas del desencanto y la maravilla de estar vivos. Qué materiales no podrían faltar, entonces, si la idea fuera que ayuden a interpretar el cosmos, el mundo y los dilemas de esta época.

     

     

     

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