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lunes, agosto 8, 2022
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    Al final del arcoíris

    Una tempestad melancólica y trágica recorre la dimensión cultural e histórica de la vida norteamericana. Una serie de espasmos y convulsiones sin igual, que hicieron que de la cultura, la música, el arte y la política del imperio del norte, se expanda un aura trágica y dulce que encanta y hechiza a todo el mundo.

     

    Jorge Ermácora / [email protected]

     

    Ya en el transcendentalismo norteamericano, heredero directo del romanticismo inglés, se encuentra diseminado ese espíritu que irradia una tristeza irreparable, infinita. Se lo aprecia en el “Espíritu de la naturaleza”, de Emerson; y en “Walden”, de Thoreau. Y de la misma forma, aunque elaborado desde la arquitectura poética en “Hojas de hierbas”, de Whitman.

    Anida ahí, en el trascendentalismo romántico, una belleza solitaria, un aura sin parangón, que se desprende de los atardeceres dorados y prístinos que traen consigo los ríos perdidos. De las tardes solitarias y sofocantes del verano, como escribiese Wolfe en “Del tiempo y el río”, que tienen un país enorme, demasiado grande para ser un país. Región infinita y de color ámbar naranja, que supo retratar en la serie del “Valle Yosemite”, el genio de Bierstadt y el alma errática de London en “El llamado de la selva”.

    La vida que se escapa, la vida inconmensurable, irreparable. Aquella que no se puede contener, que no puede ser vivida más que en la meseta cotidiana de los pequeños pueblos perdidos que expuso Sherwood Anderson. El exceso de belleza, de espacios y acontecimientos y la brevedad del tiempo junto al carácter perenne de nuestros corazones. El silencio y la belleza imposible de contener de “Los puentes de Madison”.

     

    UN MUNDO AMERICANO

    Existe un arcoíris que se derrumba, que colapsa, que es atraído por la gravedad de un mundo nuevo que pujaba por nacer, que estaba naciendo lenta y violentamente. Thomas Pynchon lo retrató de una manera dramática y certera en su gran novela de “corte” americana. Pero el caso podría ser Kerouac, Salinger, o David Foster Wallace, porque son los mismos rostros que han advertido y que han logrado una escritura sublime acerca de un mundo que se estaba desplomando al final del arcoíris.

    Aquel mundo americano, melancólico y trágico, de las últimas décadas del siglo XIX pero que brilló y cambió con las décadas del 20 y del 30, que alcanzó su apoteósico lugar sin duda en los años 50. Es el mundo que se desarma y desploma entre espasmo y estertores al llegar la década de los 60. Todo el dolor de la revolución de independencia, de la guerra de secesión, el drama amargo de la esclavitud “negra” en los algodonales del sur, la crisis del 30 y las dos guerras mundiales, todo eso y lo indecible de la historia misma de Vietnam, cruje en un parto imposible a finales de los dorados años 50 y los convulsionados 60.

    “Forrest Gump” es el espíritu de la época que no sabe hacer otra cosa que correr. Nos asalta su belleza indecible, su música insuperable en una “pluma” que se debate entre la eternidad y lo finito, entre la libertad y el destino. El regreso de Jenny, una de las mejores escenas de la historia del cine, si es que las hay. La belleza trágica existencial de Jenny, que nunca termina de regresar y de instalarse en la vida y en la existencia. Ella personifica los 60, es el espíritu de la libertad y del mundo psicodélico encarnado en el drama de una mujer para quien no existe un mundo todavía. Ese mundo se estaba gestando.

    Forrest son los 50 y todo lo heredado del viejo mundo conservador. Es el espíritu del mundo americano que corre sin saber hacia dónde y que no sabe qué hacer. Se lo puede ver junto; a Nixon, Kennedy, Elvis y John Lennon.

    El mundo de la “generación perdida”, del Thomas Wolfe y Eudora Welty, dio lugar a la “generación Beat” de Burroughs y Allen Ginsberg. A medida que la carretera va dejando atrás los dorados años 50 y las grandes “casas blancas del caluroso sur vegetal”, permanece esa tristeza indecible e infinita que es la sustancia y la trama de toda la historia de Norteamérica. Una tristeza trágica que puede estar en la sonrisa de James Dean o en la mirada de Marilyn Monroe. Una trágica tristeza que se puede ubicar en la muerte absurda de Jimi Hendrix o de Amy Winehouse.

    Cómo no sentirse atraído a primera vista con un título así: “Las palmeras salvajes”. Se intuye de forma inmediata que Faulkner nos depara una historia del drama y belleza singular del viejo y hostil sur estadounidense. Y podemos saltar al otro lado del arcoíris, a la época de “Free Fallin”, de Tom Petty, y estamos ante la misma esencia. Esa necesidad de abordar, de rodear los espectros que desfilan en los yermos campos infinitos, calurosos del sur, o los infinitos y largos días de California. El sol arriba, la playa eterna y la vida que se derrama sin un ¿para qué? La vida atónita y violenta, la oquedad misma de la vida y de los días, que se depositan unos sobre otros, sin un porqué y un para qué. Estamos en una constante caída libre o corriendo por nuestras vidas entre palmeras y pastizales salvajes.

    Lo mismo se puede sentir en “Belleza americana”. No puede tener mejor título, y el film es insuperable. El espíritu trágico americano está por doquier rebasado y volcado a estremecer la sensibilidad del televidente. Es intenso y dramático, trágicamente dulce y aterrador. Acaso también, uno recorre las pocas páginas de “Un día perfecto para el pez plátano” y se pregunta: ¿Qué historia quiere contar Salinger? ¿Qué es lo que está persiguiendo? Y de pronto, uno advierte que fue devorado por el mismo espíritu del drama trágico que significó habitar al otro lado del paraíso, en el derrumbe del arcoíris.

     

    LOS 90

    A comienzo de los 90, en plena “caída del arcoíris” y en el principio de la tempestad, tres pibes jóvenes grabaron en California “Nevermind”. Cuentan ellos, que no tenían idea de lo que estaban haciendo y menos del impacto que iba a causar en tan poco tiempo su álbum. La banda no necesita presentación ni explicación de mito ni de aura, como ocurre por ejemplo con “The Doors”. Sencillamente decimos Nirvana y todos entendemos.

    David Foster Wallace no había escrito todavía “La broma infinita” y las Torres Gemelas aún estaban en pie. Fue entonces que el “grunge” de Nirvana hizo su aparición y lo demás es historia. No se puede explicar de otra manera, no hay forma de contener cierta risa irónica y encogerse de hombros. El espíritu de la época es caprichoso y se desplaza por ocultos jardines y callejones. Quiso el destino que estos tres pibes portaran una dinamita que se llamara “Nevermind” y que su primer tema fuera: “Smells like teen spirit”, no hay más, ni mucho que decir.

    Existe un lado y otro del arcoíris. Pero también, una caída del arcoíris mucho más allá de los dorados años 50 y de las doradas pinturas de Bierstadt de finales del siglo XIX. El espíritu trágico y melancólico de Norteamérica, ha pasado de un lado a otro en el paraíso, en esa coyuntura magistral que nos muestra el amor imposible entre Forrest y Jenny. Sin embargo, el azul profundo de “Nevermind” y su brutal mensaje de portada grita a los cuatro vientos que el espíritu es caprichoso y que tiene olor a adolescente.

     

     

     

     

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