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    De la banda en la plaza a la notable Orquesta Sinfónica

    Vista desde la perspectiva de la cultura de una ciudad, es interesante advertir cómo con los años el interés por las manifestaciones musicales se ha ido enriqueciendo y complejizando, hasta lograr conformar una orquesta sinfónica que dependa del Estado. La referencia a esa trayectoria puede servir para pensar de qué manera puede continuarse ese proyecto.

      

    Griselda De Paoli

    [email protected]

     

    La misma ley que dispuso en 1836 transformar en una plaza -Echagüe- el lugar conocido como El Molino, ordenó que desde su extremo noroeste partiera un camino, la Avenida de la Federación, que llegara al puerto de entonces.

    Se demarcó la plaza en el acto inaugural y se procedió al desmonte de la misma.  Un decreto nombró al celador que debía ocuparse de regar los árboles y mantenerla limpia. El mismo decreto establecía que todos los domingos por la tarde, desde las cuatro hasta las seis, se tocaría música en la mencionada calle generando, para la población, una instancia de encuentro, de distensión, de esparcimiento.

    A sabiendas que debieron haber otras ocasiones en que la música estuvo presente en el espacio público de nuestra incipiente ciudad, la mención de esta manifestación artística en el acto de la Alameda es buena excusa para pensar cómo el arte de integrar armónicamente los sonidos a melodías fue integrándose a la ciudad en crecimiento y con sus configuraciones.

    Diez años después de aquella disposición desde el Estado se nombró y remuneró a un Maestro y Director de Música: don Rosendo Bavio, quien al inaugurarse el Teatro 3 de Febrero (1852) participó de la celebración dirigiendo su propia banda de música, “con gran entusiasmo del público”, según expresara el diario La Voz del Pueblo.

    A poco de andar en el tiempo, se advierte cierta demanda para aprender música y es la iniciativa de don José Amavet, la que responde a ella con la fundación de un conservatorio.

    Cuando en 1858 se llevó a cabo el mejoramiento del sistema de alumbrado con la utilización del querosene, la plaza principal aumentó su convocatoria, tanto como las retretas adquiriendo renombre la banda de música de la Jefatura de Policía dirigida por el maestro Antonio Lombardo.

     

    REPERTORIOS

    Mas allá de las retretas que copaban el espacio público, también la música sonaba en las casas particulares: “tertulias, conciertos y bailes” generaban frecuentemente cálidos espacios de sociabilidad.  Ofelia Sors ha hecho sus aportes al respecto. “Un profesor de música, Andrés Guelfi, ofrecía sus servicios para tocar el piano en esas reuniones, e igualmente tenía en venta las piezas musicales más en boga como: cuadrillas, valses, polkas, mazurcas, schottis y varsovianas, “todo de un repertorio muy selecto”.

    Una y dos décadas después, los hoteles -como el Argentino- ampliaban las posibilidades, tanto como la Empresa del Tramway que promocionaba su banda de música “La Paranaense”, que en el muelle, esperaba a los paseantes todos los domingos de tres y media a seis de la tarde.

    No puede omitirse la referencia a entidades que abrieron puertas para el encuentro social a través de la música, como la asociación “El Ateneo”, fundada por el primer director que tuvo la Escuela Normal, Jorge Stearns, en el año 1872 y dirigida únicamente por alumnos de esta escuela;  o la  actuación de la agrupación “La Filarmónica”, creada un par de años antes “bajo la dirección de los maestros Francisco Amavet y Antonio Frijola en una sociedad que contribuyó, con verdadero acierto, a la difusión del arte musical, colaborando con su labor artística en conciertos, festivales patrióticos y bazares de beneficencia”, según detalla Sors.

    Así, distintas instancias se fueron incorporando a las convocatorias públicas en que la música era protagonista de la celebración. Teniendo cerca el 1900, la inauguración de un precedente del Parque Urquiza, la “Plaza Urquiza”, delineada por Thays, convocó gran concurrencia que disfrutó entre otras atracciones, del espectáculo de dos bandas, la de la Policía de la provincia y la del Regimiento 12 de Infantería.

     

    La plaza

    Otro espacio público dedicado a cobijar la música y convocar a los vecinos se generó en la Plaza 1º de Mayo, cuando en 1917 se decidió la construcción de una rotonda para la banda de música, propuesta que logró concretarse pocos años después.

    El inicio del nuevo siglo dio lugar a la llegada de inmigrantes que aumentaron su preferencia por el espacio urbano, aportando a una renovación de la estética ciudadana y también enriqueciendo la vida musical de Paraná, como lo expresa Marcela Méndez en su historia de la Orquesta Sinfónica. Esta cultura fue preparando la escena para el surgimiento del primer organismo sinfónico del Litoral Argentino. Era notorio que el cultivo de la música se había vuelto relevante para una sociedad en constante cambio y crecimiento.

    La ciudad contaba con un quinteto de instrumentos de arco formado por los profesores: Mario Monti, Francisco Garcilazo, Felipe Laneri y Spartaco y Bruno De Paoli, todos ellos pertenecientes a la “Asociación Musical” de Paraná, y al que se incorporaron luego: Max Schlesinger, Miguel D. Reca, Severo Sánchez. Más tarde se conformó un conjunto de música de cámara dirigido por Mario Monti y con gran parte de los músicos mencionados antes.

    Institutos y conservatorios ofrecieron exquisitas oportunidades de aprendizaje y los almacenes de música aportaban el acceso a instrumentos: José Anselmi; Federico Gundlach; “La Lira” de Ignacio Mansueti, Blanca Hnos. y la sucursal Nº 7 de Breyer Hnos.

    Las casas de música facilitaron el acceso a instrumentos y partituras.

    La academia

    La música había ganado la ciudad a tal grado que, “por iniciativa del profesor Francisco Garcilazo, (1936) se fundó la ‘Asociación Filarmónica de Paraná’, presidida por Francisco Arnau y que congregó a calificados profesores y músicos de nuestro ambiente. Su propósito: ofrecer periódicamente conciertos sinfónicos, integrando dicha agrupación orquestal 45 instrumentistas dirigidos por Garcilazo, actuando como primer violín, (concertino), Eugenio Orlando y segundo violín, (concertino), Miguel D. Reca. Esta primera orquesta sinfónica de Paraná se presentó por primera vez el 7 de diciembre de aquel año, y fue recibida con enorme entusiasmo, logrando la adhesión general del público y la prensa.

    La actual Orquesta Sinfónica de Entre Ríos, verdadera construcción de militantes de la música, se forma en 1941, cuando por iniciativa del maestro Lorenzo Anselmi, se nuclearon en la Sociedad “Dante Alighieri”, músicos de la ciudad con el plausible propósito de crear una entidad musical privada. Fue, en sus comienzos, dirigido por los maestros: Eugenio Orlando, Armando Baragiola y Severo Sánchez, según testimonia Sors.

    A mediados del siglo XX, la Academia Provincial de Bellas Artes, creada en 1932, se dividió en dos centros de enseñanza: Escuela Provincial de Artes Plásticas y el Conservatorio Provincial de Música y Arte Escénico (1948) y el maestro Anselmi, a la sazón director de dicho Conservatorio, junto a otros músicos, logran que por decreto Nº 2.124 del 30 de junio de ese año, se disponga la creación de la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos, primera entidad litoralense de su tipo, que fue ampliando sus filas con músicos santafesinos y rosarinos, muchos de ellos iniciados por primera vez en esta nueva experiencia.

    Enorme ha sido el aporte y la trayectoria de nuestra Orquesta Sinfónica, hoy, hacer honor a su rica historia requiere nuevas medidas desde el Estado, respondiendo a la realidad presente, renovando y fortaleciendo los objetivos planteados en aquel decreto del Gobernador Maya.

     

     

     

     

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