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domingo, julio 3, 2022
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    Juicio a la mujer que quería ser feliz

    Gustave Flaubert fue llevado a juicio por inmoralidad por su novela Madame Bovary. ¿Se juzgó al autor o al personaje que desafió la moralidad de una época?

     

     

    Fabián Reato / [email protected]

     

    En el siglo XIX vivió una mujer a la que nada le alcanzaba o bien, no se conformaba con el rol y el lugar que le imponían. Digo vivió, aunque se trate de un personaje literario, porque los personajes clásicos suelen ser más reales que muchas personas de carne y hueso. La referencia alude a Madame Bovary, la mujer creada por Gustave Flaubert en la novela del mismo nombre. “Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte los seres de carne y hueso que he conocido”, dice Mario Vargas Llosa en su ensayo La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary. En un juego rápido se me ocurre que se podría agregar a esa lista de personajes literarios, que se corporizan en el imaginario colectivo, a Don Quijote y Martín Fierro.

    Se trata de la historia de una mujer que buscaba la felicidad por los caminos incorrectos, según los postulados morales de la época. Por entonces, se deba por hecho que una bella mujer, casada con un médico (aunque sea un modesto profesional de provincia), con una hija sana e inteligente y una posición económica que le permitía tener una casa, personal de servicio doméstico y buenos vestidos no podía ser infeliz. ¿Es que se le podía pedir algo más a la vida?

    Sin embargo, para Madame Bovary todo eso era insuficiente y la vida no podía resumirse en tan poca cosa. ¿Qué es lo que buscaba? Como lectores no logramos descubrirlo. Es como si su lema fuera “algo más”. La mejor historia de amor se consume apenas se vive y sucumbe ante el ansia infinita. Tanto marcó este personaje a la cultura occidental que existe un síndrome que deriva de su nombre: el bovarismo, un estado de insatisfacción crónica, un eterno contraste entre la realidad y las aspiraciones, las ilusiones o los sueños.

    Madame Bovary ignoraba todos los prejuicios y convenciones sociales, tanto que se podía permitir paseos por la pequeña ciudad del brazo de galanes solteros o encuentros a solas en lugares no permitidos. Ella tuvo amantes y con cada uno se soñó feliz. También, ambicionó los lujos que la sociedad de la época ofrecía a las familias nobles o de la alta burguesía, y para conseguir algo de eso se endeudó y hasta robó o falsificó documentos. Nada de eso podía ser tolerado por la moral del siglo XIX. Mucho menos para los lectores. Hay una escena en la que ella, mientras llora su decepción por la vida vacía que llevaba, rechaza con un empujón a su pequeña hija que le pedía caricias y atención. La niña se cae y se lastima. Ella miente, sin sentir ninguna culpa, y dice que la nena se cayó accidentalmente.

    La historia de esa mujer que se atrevía a enfrentar su insatisfacción perenne, que no tenía miedo de buscar más allá del mandato de vivir una vida normada desde la cuna hasta la tumba, no podía provocar más que escándalo e indignación. Y su autor fue llevado a los tribunales para ser juzgado por inmoralidad. «El arte que no observa las reglas deja de ser arte; es como una mujer que se desnuda completamente”, fue una de las frases del fiscal Ernest Pinard, quien llevó adelante la acusación (más adelante se descubrió que Pinard escribía versos de contenido pornográfico y los publicaba con seudónimo). Flaubert (¿o Madame Bovary?) fue llevado a juicio y se pedía que se le aplicara “las penas más severas” por la inmoralidad de su obra. En los debates, se planteaba que Madame Bovary ni siquiera había sentido remordimiento luego de engañar a su esposo: «¿Hay en esta adultera algo de la fe arrepentida de una Magdalena? No, no; ella siempre es la misma mujer apasionada, en pos de ilusiones, buscándolas hasta entre las cosas más augustas y sacras», denuncia Pinard. A quien se juzgaba era a ella, su comportamiento, sus sentimientos, su vida.

    Finalmente, lo que la salvó de la condena (y que absolvió a su autor) fue que en el final del libro (¡alerta spoiler!) Madame Bovary recibe su merecido: abandonada por sus amantes, torturada por la soledad y el desengaño, perseguida por sus acreedores y en la quiebra, se suicida. Ese fue el eficaz argumento de la defensa para la absolución.

    Flaubert (y Madame Bovary) pudieron evitar el castigo y la condena.

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