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    El pueblo de uno

    El 1 de diciembre de 2009, Larroque cumplió cien años. Ahora comprendo la verdad de tus silencios, la madreselva de tu olvido y el encantamiento de tus calles de tierra.

     

    Roberto Romani
    [email protected]

    El 1 de diciembre de 2009, Larroque cumplió cien años. Con la lluvia de primavera que nos invitó a una celebración íntima, todos creímos advertir los brazos gigantes de la historia tirando el pesado carro de “Tico” Cabrera, mientras Faustino Suárez, corazón sembrador de abecedarios, saludaba el feliz recuerdo de Claro La Cruz, Pedro Oliva, “Goyo” Videla, Fortunato Toloza y las hermanas Casimira.

    Desde el Barrio del Tartagal, “Doña Marucha” insistía con inaugurar el corso detrás de “los Palito”, con su musiquita entrañable.

    El doctor Bugnar comentaba con entusiasmo las acuarelas pueblerinas en torno a “la 25 de Mayo” que, como arteria principal, fue testigo del abrazo conciliador de Surraco y Beracochea; del repetido paseo de María Esther en su bicicleta rosa, y de las manos festivas saludando el triunfo de “Pirincho” Lonardi en la prolongación de un domingo tuerca.

    El padre Paoli reía desde la última fila por las ocurrencias de sus actores al cierre de las patronales; “Cochengo” Virué insistía con la nómina de los primeros egresados del Colegio Nacional;  “El Charra” aparecía con el milagro de sus rosas en el centro de la Plaza San Martín, y “Pancho” Rodríguez, arriero fiel de las tempestades, desafiaba leguas de silencio rumbo a la Cañada de Sánchez, para recuperar la aurora que se hundió en las profundidades del invierno con la sombra de su hijo tropero.

    La bolsa de nostalgias que trajo “El Tola” desde el arroyo nos devolvió la esperanzada postal de las Franciscanas de Gante, los tangos maduros de la Orquesta 9 de Julio, la alegría interminable de Roberto González y el “Flaco” Cicgliutti por el fútbol de Central, y la guitarra de “Piringo”, ayudándonos a entender los misterios sonoros de la emoción, cuando todos los gurises, envueltos en agazapadas ternuras, nos asomábamos a su amistad de arpegios; a su aljibe bullicioso de sentires buenos.

    Pueblo mío: ahora comprendo la verdad de tus silencios, la madreselva de tu olvido y el encantamiento de tus calles de tierra.

    No volvieron aquellos trenes risueños que despertaban tu madrugada y se llevaban tus hijos. Pero en la vieja estación, una señal de distancia todavía advierte al viajero de las horas sobre una locomotora de vida; mientras el abuelo Juan Pedro se divierte con el caballo blanco, buscando la frescura de la noria del tiempo.

    Quienes todavía cantamos, sabemos que se apagan los viejos queridos; sabemos que es poca la luz antes de la angustia.

    Por eso gritamos toda la alegría desde el mismo aliento del monte cercano; toda la confianza de sentirnos hermanos, más allá de los límites de la tolerancia, más allá de los triunfos y grises fulgores.

    Los duendes azules de la infancia saben que siempre estaremos despertando zorzales, apresando crepúsculos, despidiendo amigos, inventando sociales; muriendo un poco cada domingo.

    Saben que en el momento del adiós, alzaremos la dicha; en la postal perdurable de la comarca del alma.

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