domingo , 14 julio 2024
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Los otros héroes olvidados

Soldado fortinero en la Conquista del Desierto. Fuente: AGN.
En un solo año de la larga lucha por la afirmación de la Soberanía Nacional sobre el territorio argentino, los indios ocasionaron a las tropas nacionales cerca de 642 muertos en tres grandes combates. Los caídos en Malvinas fueron 649. Unos son recordados; los otros, ignorados.

Wendel Gietz | Especial para EL DIARIO

Entre mayo y octubre de 1855, al sur, en la interminable llanura bonaerense, se producía una seguidilla de derrotas catastróficas de las tropas de línea argentinas ante las lanzas del temible cacique chileno Calfucurá (Piedra Azul en mapuche).

A mediados de los años ‘30 del siglo XIX este jefe araucano había atravesado la cordillera para instalarse definitivamente en territorio argentino a instancias del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

Rápidamente y mediante una serie de audaces golpes de mano, Cafulcurá descabezó los liderazgos indios preexistentes en la región y los sometió, erigiéndose como líder indiscutido de una confederación de tribus pehuenches, ranqueles, tehuelches mapuchizados y manzaneros, cuyos dominios ocupaban vastos territorios del centro y sur del país, haciendo, con intervalos, la guerra abierta y declarada contra el Estado Argentino.

Calfucurá era originario de Chile y de hecho se autoproclamaba de esa nacionalidad  

Salvo Sierra Chica, los lugares exactos de los enfrentamientos a los que nos referiremos, no están debidamente identificados, ni señalizados, tampoco las tumbas, como si las almas de los cientos de pobres diablos que murieron en esas jornadas despiadadamente trágicas, no mereciesen ser recordadas, o, peor, deliberadamente ocultadas, tachadas, borradas de un plumazo de la historia argentina.

Veamos los hechos. Luego de la derrota de Rosas en Caseros en 1852, el frágil equilibrio de la frontera se cayó a pedazos y volvieron los sangrientos malones, siempre atentos a los vaivenes políticos.

La dictadura rosista había mantenido una relativa tranquilidad a base de una política de prebendas y sobornos para con los indios, una suerte de “Mapu-geld”, (el equivalente al “Danegeld”: el tributo en metálico que los reyes sajones pagaban a los Vikingos para evitar sus mortíferos ataques y saqueos a las costas de Inglaterra).

Léxico

Rosas le llamaba “negocios pacíficos con los indios”, cuando en realidad se trataba de “tratados” deshonrosos que aseguraban la entrega a las tribus pampas y chilenas, año a año, de abundantes mercancías, como forma de mantenerlos tranquilos. Vituallas, por otro lado, de las que adolecían los pobres gauchos que integraban los regimientos de línea y las guardias nacionales encargadas de enfrentar a los malones. 

1855 fue un Annus horribilis en la guerra contra los mapuches de Cafulcurá, quienes en febrero de ese año al mando de 6.000 lanzas arrasaron el partido de Azul, asesinando a 300 pobladores, llevándose secuestradas y apropiadas a más de 350 mujeres y niños, y un arreo de más de 70.000 animales.

La respuesta del gobierno de Buenos Aires fue enviar a campaña al propio Ministro de Guerra, el coronel Bartolomé Mitre, al frente de 1.100 hombres divididos en dos columnas.

Para desgracia de los soldados puestos a las órdenes de Mitre, todo salió mal. Con el correr de los años, este ganaría una pésima reputación como conductor militar, no solo por su legendaria impericia táctica y estratégica, sino por su escasa preocupación por la vida de los hombres bajo su mando, como quedaría demostrado tristemente años después en los sangrientos campos de batalla de la guerra del Paraguay.

Los astutos jefes indios adivinaron las intenciones de Mitre y arremetieron contra las columnas por todos lados, los rodearon de a grupos y los fueron lanceando y boleando en permanente movimiento con sus magníficos corceles. Mitre ordenó desmontar y se quedó automáticamente sin caballos, debiendo replegarse a una sierra cercana. En el campo de batalla quedaron 250 muertos, además de la caballada, armas pesadas, equipos y bagajes. 

Mitre hizo todo lo posible para disimular su derrota, omitiendo detalles en su parte de batalla al gobernador Pastor Obligado, agregando eso sí, a modo de lamento, que el desierto era inconquistable: “el problema del indio se solucionará en 300 años…”.

El segundo jalón trágico ocurrió en septiembre de 1855 en la estancia San Antonio de Iraola, actual Partido de Benito Juárez.

Tuvo como protagonistas a “José María Bulnes” Yanquetruz (famoso por escribir sus cartas con sangre humana y cuyo nombre exime de aclaraciones sobre su procedencia chilena), un temible cacique aliado circunstancial de Calfucurá, y al teniente coronel Nicanor Otamendi y una tropa de 125 hombres, a quien habían ordenado que marchase en auxilio de las poblaciones y establecimientos atacados.

El combate fue de una violencia inusitada, aun para aquella guerra brutal de lanzas, espadas y boleadoras. Superado en una proporción de 20 a 1, Otamendi, decidió encerrarse en un corral de palo a pique y esperar allí la embestida de la indiada.   

Al cabo de dos horas de combate cuerpo a cuerpo, sin dar ni pedir piedad, yacían los cuerpos de 124 soldados, así como los de más de 300 indios. 

Elegir el terreno

Finalmente, el tercer episodio tuvo lugar un mes después, en octubre de 1855, y el encargado de poner el pecho a la derrota fue el general Manuel Hornos, nacido en Entre Ríos. Salió de Azul al frente del “Ejército de Operaciones del Sur” integrado por 3.000 soldados y 12 piezas de artillería.

Hornos también sucumbió a la astucia táctica y mayor conocimiento del terreno de Cafulcurá, quien logró atraer a las tropas nacionales a una zona pantanosa (“tembladeral”, refiere el parte de batalla) entre el arroyo de San Jacinto y las Sierras de Tapalqué, donde los inmovilizó y sus veloces jinetes, acostumbrados a galopar en esos suelos laguneros, los acuchillaron a mansalva durante horas.

Fue una verdadera carnicería que conmocionó a la opinión pública  del país. Hornos pudo escapar a duras penas del campo de batalla, dejando muertos 18 jefes y oficiales y 250 soldados de tropa, además de 280 heridos.

En total, solo en estos tres enfrentamientos que referimos, las tropas de línea y los Guardias Nacionales, sufrieron 642 muertos, poco menos que los emblemáticos 649 caídos en Malvinas más de un siglo después, en otra gesta igual de heroica por la defensa y consolidación del territorio nacional argentino.

El paralelismo es inevitable. Esos hombres no eligieron estar ahí, fueron reclutados de todas las provincias entre las capas más humildes de la sociedad; aun así, cumplieron con su deber de defender el territorio nacional argentino y se batieron con bravura frente a un enemigo implacable; lucharon en notorias condiciones de inferioridad: escaso número, hacinamiento en precarias posiciones, desconocimiento del terreno, pobre instrucción y equipamiento –caballos―; y, en muchos casos, padecieron pésimas conducciones de sus superiores.

Sin embargo, unos quedaron olvidados en el fondo de la historia o bien, solo evocados para el vituperio del revisionismo indigenista mapuche; a pesar de que sin su sacrificio muy distinta sería la conformación geográfica actual de la República Argentina; otros, por suerte, son debidamente reconocidos y honrados por una nación que valora su epopeya en la firme defensa de la soberanía nacional sobre el territorio.

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