domingo , 3 marzo 2024
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La obra de Ozon se asoma a los misterios humanos

Se ha dicho que, filmando, Ozón es un antropólogo, por el enfoque de sus historias.

Las películas de François Ozon suelen caracterizarse por un humor ingenioso y satírico y un peculiar punto de vista sobre la sexualidad humana. Tiene un estilo muy particular y han llegado a llamarle el Almodóvar francés, el Varda masculino, y el Chaplin de la no-comedia.

Gustavo Labriola

Especial para EL DIARIO

Nacido en París, 15 de noviembre de 1967, François Ozon es un director de cine y guionista que ha cimentado su carrera cinematográfica a través de películas que recorrieron géneros, enfoques y desarrollos sentimentales. Ha construido un espacio distintivo y particular que lo ha posicionado genuina y personalmente en el cine europeo.

La impostura de una sociedad europea que no termina de adoptarse como hipócrita; el acercamiento a seres marginados por tabúes y una moral tan artificial como pertinaz, son los temas que componen mayormente sus argumentos, en los cuales participa, frecuentemente, como guionista.

Desde Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), su primera película reconocida por la crítica especializada -un explícito homenaje al director alemán Rainer Werner Fassbinder- Ozon ha mantenido un cuidado y permanente vínculo con su público que a su vez ha valorado su trayectoria concretada con una frecuencia de estrenar un filme casi todos los años.

En la película mencionada, una adaptación de una obra teatral y película, a su vez, de Fassbinder, se encarga de relaciones amorosas bajo un manto indisimulado de dominación y perversión entre un hombre de edad mediana, un joven y la novia de éste, incorporándose a esa relación un amante transexual.

En ese mismo año, estrenó Bajo la arena, sobre un guion propio, escrito a partir de un caso real que había conocido siendo un niño. Charlotte Rampling, en una extraordinaria actuación, es una profesora que junto a su marido gozan de unas vacaciones en una playa de Landes, al sudoeste de Francia, en la región de Nueva Aquitania. El marido desaparece sin explicación, la mujer no acepta su ausencia y le cuesta asumir el duelo.

En una apretada síntesis de una filmografía interesante, se ve que Ozon, sucesivamente alternó la comedia y el drama. Un ejemplo del primero de los géneros aludidos es Ocho mujeres (2002), brillante y singular película sobre un asesinato ocurrido en una casa aislada por una nevada en las que las damas aludidas en el título se encuentran impedidas de salir, con dosis de humor, sarcasmo y pasos musicales y un elenco compuesto por grandes divas del cine francés como Catherine Deneuve, Fanny Ardant, Isabelle Huppert, Danielle Darrieux, Virgine Ledoyen y Emmanuel Béart.  Otro ejemplo puede ser Potiche, mujeres al poder (2010), sobre una mujer que debe ponerse al frente de una fábrica cuando su marido, un tiránico y déspota empresario, es secuestrado, mostrando una fortaleza inesperada. Puede hacerse un tercer aporte. Se trata de Mi crimen es mío (2023), su último filme exhibido: una comedia alegre, sobre una obra de teatro de Georges Berr y Louis Verneuil, de 1934, en el cual una joven aspirante de actriz, es acusada de asesinar a su productor. Junto a una amiga, se aprovechan de la ingenuidad y simpleza de los hombres que las rodean y Ozon, con clima de vodevil, satiriza una trama que ajusta a los tiempos actuales.

Al hueso

En cuanto al género dramático, puede mencionarse La piscina (2003). Allí, una escritora en su casa de retiro, dispuesta a escribir un nuevo libro, se ve entorpecida en su trabajo por la llegada de la hija de su editor. O “5×2” (2004), con un desarrollo temático infrecuente, comenzando con el final de una relación de pareja y sucesivamente retrocediendo en el tiempo.

En El tiempo que queda (2005) aborda la actitud de un joven que resuelve esperar su final derivado de una enfermedad incurable transitando las etapas de ira, negación y aceptación. Con En la casa (2012), basada en la obra de teatro de Juan Mayorga El chico de la última fila, aborda la relación entre un profesor y un alumno que le acerca escritos sobre alguien que se introduce en la casa de un amigo y se interesa por la vida de la familia de éste.

Joven y bella (2013) es la historia de una adolescente que descubre el magnetismo que su cuerpo provoca en los hombres, se prostituye a escondidas de sus padres, ganando mucho dinero, pero la muerte de un cliente la involucra en situaciones desagradables.

Con Frantz (2016) y El amante doble (2017) se acerca a las identidades esfumadas. En el primer caso, se ubica luego de la Primera Guerra Mundial, cuando un joven francés se acerca a la novia del alemán que asesinó en el conflicto; y, en el segundo caso, un psicólogo le oculta su personalidad a su paciente, que deviene luego en amante.

La vida real

Sin embargo, con Gracias a Dios (2018), logra tal vez su más formidable filme. Cuenta una historia real de abuso sexual de menores por parte de un sacerdote que transcurre en Lyon y cuyos hechos han sido ocultados durante largos años. El protagonista comprueba que el abusador de entonces sigue a cargo de chicos y emprende una plausible cruzada en pos de desnudar tales aberraciones encontrándose con que el tiempo y la religión influyen de distinta manera en las personas.

Es el caso real del sacerdote Bernard Preynat que desde la década del ´70 y hasta 1991 cometió decenas de abusos en una parroquia de Lyon. Era un sacerdote convocante, simpático, afable. Alexandre, interpretado por Malvin Poupard, un extraordinario actor que intervino en varias películas de Ozon, fue víctima de Preynat cuando era un niño y participaba de un grupo de boy scouts en esa parroquia. Retorna en 2014 a Lyon con su familia y se entera que Preynat sigue estando en contacto con chicos. Habla con otros abusados y, fiel al compromiso con la Iglesia que mantenía por su fe, a pesar de lo ocurrido, efectúa inicialmente el planteo ante las autoridades eclesiásticas y luego, ante la indiferencia de ellos, en la justicia.

La complicidad de los máximos referentes del catolicismo en Francia, fue evidente. El cardenal Philippe Barbarin llegó a expresar desafortunada y aviesamente en una conferencia de prensa, en el año 2016, cuando ya había tomado estado público la situación: “¡gracias a Dios los crímenes de Preynat habían prescripto!”.

Ozon, con notable patetismo, transmite el recorrido que Alexandre realiza auscultando sus propios recuerdos, contactando a otras víctimas que, en algunos casos, se encuentran presas de temores reverenciales. Consigue crear una asociación “La Palabra liberada” con algunos de ellos. Se enfrenta a controversias familiares, tanto con su esposa e hijos como con su madre quien mantiene una posición increíblemente prescindente y hasta concomitante con las autoridades eclesiásticas.

El filme muestra esos avatares dejando una sensación de amarga impotencia, porque llega hasta el 2018 y enuncia, en el final, una larga lista de sacerdotes pedófilos, incluyendo a Justo Ilarraz.

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