sábado , 24 febrero 2024
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Mujeres pioneras en el cine argentino

El cine filmado por mujeres incorpora miradas y temáticas que enriquece al cine argentino.

Un puñado de realizadoras desafiantes en circunstancias adversas, fueron los mojones que al fin de la década de los ‘80 y fundamentalmente con la irrupción del Nuevo Cine Argentino, posibilitaron que las mujeres formaran parte de la mejor historia de nuestro cine.

Gustavo Labriola

Especial para EL DIARIO

Hasta que el Nuevo Cine Argentino generara la irrupción de numerosas mujeres en el ámbito cinematográfico local, la presencia de ellas era absolutamente escasa y marginal. En el primer centenario transcurrido desde la primera filmación nacional en 1897, las mujeres que estuvieron detrás de cámara fueron muy pocas.

Así, Eva Landeck con Gente de Buenos Aires obtuvo el Premio especial de la Muestra Internacional de Cine de Autor de San Remo en 1969, pero además de ese film solo realizó un par más; Clara Zapettini incursionó más en televisión; en 1993, se estrenó Un muro de silencio, de Lita Stantic, productora de numerosos filmes, como Un oso rojo, La ciénaga, La niña santa; y los de la directora María Luisa Bemberg.

Justamente, María Luisa Bemberg, sostenida por su carácter y fortuna, fue la cineasta que sobresalió en ese período, gracias a Momentos (1981), Señora de nadie (1982), Camila (1984), Miss Mary (1986), Yo, la peor de todas (1990) y De eso no se habla (1993).

Pero hubo otras mujeres que permanecieron ocultas en todos esos años, y merecen ser rescatadas por haber podido concretar en condiciones absolutamente adversas sus proyectos y, algunas de ellas, tener una trayectoria que fue deliberadamente disimulada.

Según cuenta Lucio Mafud en un trabajo para la Asociación Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual, en 1915 Angélica García de García Mansilla dirige Un romance argentino, que fuera financiada por la Comisión de Damas del Hospital San Fernando. Por otra parte, Josefina Emilia Saleny, con 20 años de edad, en 1917, dirige Paseo trágico y La niña del bosque. Y dos años después El pañuelo de Clarita.

En 1919, Blanco y negro fue dirigida por Sansisena de Elizalde, financiada por la rama femenina de la Liga Patriótica Argentina, grupo de extrema derecha que en la década del ‘20 cometió asesinatos y actos violentos antisemitas y actuó en la Patagonia Trágica. En esa película, basada en la obra El ladrón, del francés Henri Bernstein, actuó Victoria Ocampo, junto con otras damas de apellidos de alcurnia como Anchorena, Tornquist, Bengolea y Madero.

Para los más chicos

La caperucita blanca, en 1917, fue un filme infantil dirigido por Antoneta Capurro de Renauld, en un intento de acercar el cine a los niños, con una rémora moral y educativa, de forma tal que luego de las proyecciones, dictaba una conferencia titulada La cinematografía instructiva y sus alcances.

Por su parte, María Bistoni de Celestini, que había arribado con la inmigración italiana a Buenos Aires, en 1920, estrena Mi derecho, sobre la maternidad y la patria potestad.

Debieron pasar muchos años para que otra mujer estuviera detrás de cámara. En opinión de Mafud “la irrupción de la cinematografía sonora caracterizada por sus altos costos y por la paulatina consolidación de un cine de estudios de tipo industrial y profesional clausuró la posibilidad de que las mujeres pudieran dirigir películas. Dentro de esta estructura de producción más estandarizada se les impuso ciertos roles específicos como por ejemplo el de vestuaristas, cortadoras de negativo o el de continuista”.

Vasta Giulia Lah Rocchi, había nacido en 1913 en Pola, provincia de Trieste (en ese entonces perteneciente a Austria-Hungría). En 1938, llegó a la Argentina conjuntamente con su esposo, Catrano Catrani, quien desarrolló una carrera cinematográfica para los Estudios San Miguel. Lah, se había formado en la escuela de cine de la Accademia Nazionale di Santa Cecilia en Italia, fue asistente de dirección y guionista en películas dirigidas por su esposo y en otras de Leopoldo Torre Nilsson, Luis Saslavsky y de Hugo del Carril. En la década del ‘50 y hasta el golpe de Estado de 1955, dirigió la Escuela Superior de Arte Cinematográfico dependiente de la Unidad Básica Eva Perón.

En 1960, a partir de la adaptación de la obra teatral de Enrique Suárez de Deza, filma Las furias, la primera película sonora dirigida por una mujer en Argentina, veintisiete años después de Tango, que fuera la primera película sonora filmada en nuestro país.

Las furias es la historia de cuatro mujeres (Mecha Ortíz, Elsa Daniel, Aída Luz y Alba Mujica) que conviven en una casona que se encuentra en estado de deterioro. Esas mujeres, esposa, madre, hija y hermana mantienen una tensa relación enmarcada por la dependencia económica respecto de la única figura masculina, el hijo (Guillermo Bredeston), que a su vez es esposo, padre y hermano. El ambiente es avasallante y de permanente discrepancia y enfrentamientos.

Se suma al conflicto la existencia de una amante (Olga Zubarry) que es la única mujer independiente y autónoma y que, en cierta medida, no consigue vulnerar la situación absorbente que el hombre soporta en la casa. No deja de ser el reflejo de una realidad de esa época, de una estructura social inalterable que deriva en alienación y sometimiento, donde no era frecuente la independencia económica en la mujer. La película tiene la música de Astor Piazzolla.

Prolífica

Dos años después, Vlasta Lah dirige la que sería su segunda y última película, Las modelos, centrada nuevamente en el universo femenino. Una cita de Charles Baudelaire abre el filme: “Qué poeta se atrevería, ante el placer de la aparición de una belleza, separar a la mujer de su traje”. Es la relación entre dos modelos; una provinciana, y otra de clase media que aspira a encontrar la felicidad gracias a un matrimonio con un millonario. El modelaje es utilizado por las protagonistas para acceder a un círculo social que las considera un adorno, pero en el que esperan obtener un ascenso en el plano económico y de relaciones.    

Por la falta de mantenimiento, cuidado y protección del material fílmico, ambos largometrajes están perdidos, se conservan solo copias digitales, merced al esfuerzo y empeño de Fernando Martín Peña. En el caso de Vlasta Lah es meritorio el trabajo de Candela Vey tanto en su documental “Vlasta, el recuerdo no es eterno” como en el libro que escribió, conjuntamente con Martín Pereira, titulado Por ser mujer, la biografía de Vlasta Lah.

Cabe señalar que recientemente se ha revalorizado la labor de Narcisa Hirsch con un reconocimiento en el Centro Cultural Kirchner en la ciudad de Buenos Aires. Narcisa Heuser, hija de Heinrich Heuser, un pintor expresionista adoptó el apellido Hirsch al contraer matrimonio con Paul Hirsch. Había nacido en Berlín, en 1928, y a inicios de la década del ‘30 llegó con su familia a la Argentina, no pudiendo regresar a su país natal al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Se inició como pintora y dibujante e incursionó en el espacio público realizando instalaciones perfomances, happenings en la década del ´60 con la impronta del Di Tella.

A partir de 1966 incursiona en el cine experimental con numerosos cortometrajes, En principio, intentaba dejar un registro fílmico de sus performances. Una de sus primeras obras fue “La Marabunta”, en 1967.

El amor, la muerte, los interrogantes sobre la existencia forman parte central de sus obras, junto con el cuerpo, principalmente, el masculino que lo toma desde el punto de vista de la mujer, según aprecia Dolores Muttis, curadora de la muestra en el Centro Cultural Kirchner. Narcisa Hirsch, hoy nonagenaria, continúa creando. Incluso en este año ha presentado Materia oscura.

Es así que Jeannine Meerapfel, Mercedes Frutos, Ana Poliak, María Victoria Menis y Carmen Guarini, primero; Lucrecia Martel, Julia Solomonoff, Lucía Puenzo, Inés de Oliveira César, Albertina Carri, Celina Murga después; Tamae Garateguy, Sabrina Farji y Clarisa Navas, más tarde; son algunas de las herederas de aquellas precursoras que le dan voz, presencia y valor al cine argentino en todo el mundo.

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