domingo , 3 marzo 2024
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Barrio La puñalada: una zona que la integración urbana dejó en el recuerdo

Esta imagen de Paraná, tomada entre 1860 y 1870 del siglo XIX permite apreciar el perfil de una calle que conducía a la entonces periferia de la ciudad.

Hace cien años, Paraná vivió un período de importante crecimiento. Las vivencias que aporta un vecino entrevistado en 1996, permiten conocer la vida en el barrio La Puñalada, una zona de la ciudad  a comienzos de la década del ´30, a la cual el progreso comenzaba a llegar integrándola al desarrollo y modificando sustancialmente su perfil edilicio y social.

Griselda De Paoli
Especial para EL DIARIO

En las etapas inciales de su historia, las calles de La Baxada del Paraná fueron delineándose  teniendo en cuenta la necesidad de salvar los accidentes naturales del terreno, es decir se trazaban cuadras para trepar grandes subidas y salvar obstáculos naturales como cursos de agua. Algunas de estas determinaciones se reflejan en la cara actual de Paraná: cuadras desiguales, cortadas, quiebres. Un ejemplo claro es calle San Juan. al borde de la hondonada que forman Salta y La Rioja, que demoraron la expansión en su dirección. Desde San Juan el agua se dirigía a lo que antiguamente se denominaba Tajamar de Berduc, hacia el este. Y hacia el oeste por Uruguay-Cervantes, desaguaba en la Laguna de Reyes.  En aquel entonces el caserío estaba rodeado de bajos y anegadizos y cruzado por  numerosos arroyos.


Poco a Poco fueron desapareciendo los precarios cercos de rama y fueron dando paso a los muros en  barrios que se iban conformando más allá del núcleo central, con calles de tierra, oscuros, a los que tardó en llegar algún progreso.
A tono con el modelo racionalista de diseño y planificación urbano, un cambio importante fue la apertura de calles y bulevares. Moreno, Alsina (hoy Ramírez que dividía la zona urbana de la de quintas) e Independencia (hoy Racedo), obras que se concretaron durante la intendencia de Enrique Berduc. Los zanjones y arroyos que cruzaban terrenos inmediatos a las calles más centrales, demandaron la construcción de puentes y de alcantarillas que requirieron además desmontes y construcción de terraplenes, pensando en las prolongaciones de las calles existentes y la necesidad de apertura de otras. La transformación de la zona céntrica a fines del siglo XIX tuvo su salto cualitativo con el adoquinado y la iluminación, primero a querosene y luego a gas. Aunque los cambios se dieron, durante muchos años, dentro de bulevares.


Una sucesión de puentes facilitaron la circulación en la ciudad: sobre los arroyos Antoñico, Las Tunas, Colorado primero,  y en la gestión siguiente, Jaime Baucis la expansión quebró la limitación del bulevar con la parcelación de quintas y venta de lotes y una verdadera  “fiebre de edificación” , como señala Ofelia Sors.

HACE UN SIGLO

En las primeras décadas del siglo XX hay una renovación en el quehacer urbano y las diferentes gestiones municipales toman decisiones que marcarán la modernización de su aspecto edilicio y de su dinámica.  Según el censo de 1895.  Paraná tenía entonces 24.261 habitantes que se distribuían 19.228 en la planta urbana, 2.789 en la zona de quintas y 2.234 en chacras. En ese momento la traza urbana de la ciudad estaba integrada por 277 manzanas.
El nuevo siglo trajo a la ciudad la luz eléctrica y obras de salubridad: drenajes, cloacas y mejoras en la provisión de agua potable; la construcción del Puerto Nuevo, instalación de nuevas fábricas, clubes, institutos musicales, cine, teléfono, automóviles,  entre otros.  
De acuerdo con las estadísticas de fines de la década del treinta Paraná contaba ya con una población de 75.000 habitantes. “Su progreso evidenciado en los distintos órdenes que configuran a una ciudad, la convierten en una de las más modernas, limpias y de vital desarrollo del país”. (Sors)  Asombra saber que entre 1935 y 1937 -solo dos años- se pavimentaron 179 cuadras.

TESTIMONIO REVELADOR

La descripción mencionada, realizada a partir de consulta de documentación de archivo ayuda a reconstruir  procesos generales y rescatar datos puntuales desde lo administrativo. Sin duda esto constituye el marco general en el que se encuadra la vida del vecino de la ciudad, pero no llega a representarla porque no registra las vivencias de ese proceso. Es en ese punto donde la memoria colectiva y la memoria individual aportan calor humano al dato.  Hoy esa mirada particular de la vivencia la aporta un vecino entrevistado en 1996, que puso con su relato calor y color  a la vida en un barrio de Paraná al que el progreso empezaba a llegar,  a comienzos de la década del 30.


“Nosotros vivíamos en calle La Paz y Misiones, cerca de Urquiza, Colón y el Boulevard Alsina, como entonces se llamaba la actual Avenida Ramírez. Por San Luis o  La Rioja y hasta el Bulevar era el barrio de “La Puñalada”. Bravísimo. Los otros eran barrios, digamos, de tierra y, del otro lado los Podestá, los Terrones, estaba Don Bosco.  Nosotros íbamos a cazar con la honda, por ejemplo, al primer puente, al segundo puente o al tercero – los llamábamos así-. Me acuerdo que había quintas, de Randisi o algo así, de Londero. Y a veces íbamos a robar duraznos. Nos corrían con la escopeta y teníamos que salir volando. El primero, segundo y tercer puente estaban lejísimo. Era territorio de los Antillas, los Podestá. Y nosotros íbamos allá, a la quinta de ellos a buscar choclos. Hoy esos lugares parecen ahí nomás, pero antes era lejísimo. Una vez se murió un chico bañándose bajo uno de los puentes, un tal López. Era un barrio tremendo, un barrio bohemio y todos eran músicos. Se ponían filosos los domingos y bailaban entre ellos. Tocaban la guitarra, la mandolina. Todos sabían música y tocar un instrumento. No sé de dónde sabían, no sé de qué país habían venido”.


El relato continúa: “Estaba Caferata, que hacía ollas de bronce, las soldaba. Había una anécdota, que venía el cura y le decía: -¿Y, don Caferata? ¿Y el tacho? Resulta que Caferata la había vendido por una copa de vino y le contestaba: -Ya va ir, padre, ya va ir. Entonces un día el cura le repite la pregunta: -¿Y el tacho Caferata? Tu vida está perdida, Caferata. Y Caferata le contestó : -Ma…¡Tu tacho está perdido¡.”
Otros vecinos aparecen en el relato: “Me acuerdo también que  estaba la “Vieja” Martínez – que era hermano de una profesora, creo que de la escuela Centenario -. Ese hombre que vivía en un rancho, hacía música y su mujer era lavandera y siempre me decía a mí, que era chico: -Me robaron ´El Entrerriano´. Él se fue a Santa Fe, y con una botella de vino, le robaron la música de El Entrerriano, un tango histórico que hoy aparece escrito  por un tal Usandizaga. En realidad era de la “Vieja” Martínez”.
En un punto aparece la remembranza: “Cómo ha crecido Paraná, que yo en los años 30 caminaba por el Tiro Federal y era extraordinario, porque era puro campo, lo mismo que Almafuerte”.


Estos recuerdos personales, volcados como borbotones, enriquecen nuestra mirada, reforzando la consideración de la ciudad como una construcción colectiva a través del tiempo, agregando detalles a los procesos generales e impersonales y notas de color que podemos incorporar a lo que vemos cuando recorremos, en nuestros trayectos cotidianos, las onduladas calles de Paraná.  

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