lunes , 15 julio 2024
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Los múltiples usos del Puente de los Suspiros

El Puente de los Suspiros se erige en uno de los recodos del Parque Urquiza. Foto: Sergio Ruíz.

Los fines que la ciudad le impuso en distintas épocas al Puente de los Suspiros, nos permite reflexionar sobre lo nativo y lo extranjero, y de qué manera una y otra esencia se mixtura en la identidad de una cultura como la paranaense.

Ireí Berduc Fernández

Especial para EL DIARIO

La familiaridad que tenemos con algunos espacios muchas veces provoca que no reparemos en su historia. Hay rincones de la ciudad que recorremos una y otra vez y que, sin embargo, nunca nos dedicamos a mirarlos con detenimiento. Pensemos en las baldosas que pisamos sin saber de dónde vienen, quién las hizo, de qué materiales están hechas o quién las colocó. Incluso hay lugares que son y han sido transitados por un sinfín de personas, transformándolos, sin que alcancemos a dimensionar esas huellas. Además, hay monumentos de ladrillo a los que damos más importancia que a cualquier árbol. Uno de ellos, es el Puente de los Suspiros, ubicado en la parte alta del Parque Urquiza hacia el ocaso, que nos muestra lo que permanece camuflado, pero busca la luz.

El Parque dibuja recorridos laberínticos. Las barrancas moldean recovecos ocultos a simple vista. En uno de esos recodos se encuentra el Puente de los Suspiros, que se esconde entre las grandes copas de los árboles. Camino a calle Los Vascos, este lugar emblemático de la ciudad une viejas anécdotas.

Fue diseñado por el arquitecto, contador, diplomático y político Santos Quintín Domínguez y Benguria (1841-1905), quien también bosquejó el Palacio Municipal y el Puente Blanco.

El Puente de los Suspiros fue construido por albañiles municipales e inaugurado en 1896. El tranvía, que circulaba por las calles de Paraná desde 1880, pasaba por debajo, dibujando un recorrido con rieles desde el muelle del Puerto Viejo hasta la Iglesia San Miguel. Sin embargo, hoy quedan pocos rastros de ello; sólo lo ilustran las imágenes de aquel momento y el recuerdo de quienes conocen su historia.

Enlaces.

Este pasaje paranaense comparte su nombre con uno de los puentes más famosos de Venecia. La diferencia es que el de la ciudad italiana, que no tiene caminos sino canales, es una construcción barroca del Siglo XVll que tenía acceso a los calabozos del palacio. Por lo tanto, esta era la última postal de cielo y mar que veían las personas condenadas a muerte o a cadena perpetua, lo que justificaba sus suspiros de miedo, pena y arrepentimiento que ofrendaban a la construcción. Algunas personas pagaban para perderse allí, dejando sus monedas o joyas a cambio de aquel último paisaje. De esa costumbre proviene tirar monedas para que se cumplan los deseos.

Pese a su modestia, la construcción del Puente de los Suspiros de Paraná contiene significados que no son ingenuos: nos cuentan sobre las vidas, las intenciones y las aspiraciones de quienes fueron parte de los distintos episodios que atravesó la ciudad. Los árboles que conforman este sector también responden a esas formas de ver y actuar en la ciudad, es decir, a las estrategias que moldean los espacios, como propone el sociólogo e historiador Michel De Certeau (1925-1986) ¿Cómo llegaron? ¿Para qué? ¿Y para quiénes? Como tantos elementos extranjeros, también reconocimos esta flora que se incorporó a la identidad paranaense. ¿Quién no florece a la par de los lapachos o se molesta un poco cuando le cae encima la lluvia de las tipas?

“El Puente de los Suspiros cuenta sobre las vidas, las intenciones y las aspiraciones de quienes fueron parte de distintos episodios que atravesó la ciudad”.

Razones.

En ese sentido, debe decirse que el Puente de los Suspiros fue construido “para resolver una falla del suelo”, según Hugo Ugalde, bisnieto de Santos Domínguez y recopilador de historias de su antepasado. En efecto, para sortear el trayecto del tranvía y la “irregularidad del suelo”, se realizó esta obra de estilo románico. Pero, ¿qué pasaría si en lugar de pensar la anatomía lugareña como un error, la pensamos como una posibilidad para co-construir y potenciarnos?

El antropólogo Javier Taks dice que “la dicotomía naturaleza-cultura (ha sido) fuente de otros pares como cuerpo-mente, producción-apropiación, oralidad-escritura, etcétera, que han dominado la antropología y el pensamiento occidental en el último siglo”. Esto se ve reflejado en el caso del Puente de los Suspiros al percibir la flora circundante como un objeto implantado para ser aprovechado por las personas. Esta extranjerización entra en diálogo con la figura de Santos Domínguez, quien acunaba la fantasía de una ciudad encantada y con ese objetivo diseñó áreas emblemáticas de Paraná. Pero ¿quiénes tienen la autorización de ser parte de estas creaciones? ¿Qué voces entendemos como válidas para modificar nuestros territorios?

Esto no quiere decir que sólo las personas oriundas de un lugar podamos construir o que nos disolvamos en lo colectivo. Si nos damos la posibilidad de reconocernos y concebirnos como parte de la naturaleza, podremos caminar en comunidad y transformación constante, aceptando que el cambio es inherente a la vida. Además, puede ser enriquecedor co-construir desde la interculturalidad, entendida desde la perspectiva de la pedagoga Catherine Walsh, como un proceso social y político para construir sociedades, relaciones y condiciones de vida nuevas y diversas. De esta manera, se crearían intercambios culturales donde prevalezcan relaciones equitativas desde y entre las diferencias, dándole paso a espacios y procesos sanos y fortalecedores.

Pensar el ayer

“Mirando la ciudad” es una acción de extensión realizada por estudiantes y docentes de la Licenciatura en Comunicación Social y la Tecnicatura en Gestión Cultural de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER, y profesionales de EL DIARIO. Se trata de un espacio de encuentro entre instituciones y de aprendizajes para quienes la conformamos.

La propuesta es historizar la cultura local a partir de inquietudes del presente. Para ello se realizarán publicaciones mensuales con eje en la cultura y en la educación, focalizando en el trabajo con imágenes fotográficas pertenecientes al archivo de la Fototeca del Museo Histórico de Entre Ríos Martiniano Leguizamón. Se espera así incentivar la participación de la comunidad paranaense en la construcción y significación del patrimonio colectivo a través de usos y apropiaciones que reflexionen sobre la dimensión problemática de la cuestión patrimonial y su vínculo con la construcción de las identidades locales.

La invitación es sencilla: volver a mirar cada detalle que nos rodea, porque en el trajín cotidiano no nos damos el tiempo para observar, para pensar cómo estamos contribuyendo -o no- a ciertos modos de hacer ciudad, de imaginarla, a través de nuestras propias prácticas. Pero también, porque es importante saber cómo ha sido pensada, habitada y construida por las generaciones que nos antecedieron.

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