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lunes, julio 4, 2022
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    Las malas palabras que se empecinan en nombrarnos

    Un par de publicaciones que se asomaron hace unas décadas al universo lector iluminan esa zona de la cultura que algunos sectores caracterizan como escandalosa. Se trata de Las boludas y de Las malas palabras.

     

    Angelina Uzín Olleros / [email protected]

     

    Dos libros nos incorporan a resonancias que provienen de la moral de personas supuestamente bien educadas y políticamente correctas.

    El argumento de Las boludas, de Dalmiro Sáenz, editado por Torres Agüero en 1988, se centra en la vida de tres mujeres que quieren demostrar a sus maridos: un policía, un cazador de desertores y un ex torturador, el error de subestimarlas. Las boludas y las prostitutas son el objetivo de quienes las insultan, pero en el desarrollo de la trama esto se deconstruye.

    Sáenz se esforzó en aquel momento en dirigir la atención sobre su libro aclarando el contenido del mensaje: “En la obra, el poder pertenece a los hombres. Las mujeres, las boludas sometidas, representan a las clases explotadas. La derecha, bajo mil disfraces, ejerce en el mundo su poder. Pero al mismo tiempo es acosada por su propia obra. Entre los débiles explotados, existen vigorosas debilidades con nuevas y astutas armas nacidas de la lucha.” Gran actualidad tiene este texto que Sáenz escribió cuando todavía no hablábamos de femicidios y violencia de género, ni como una preocupación declarativa sino con tremenda fuerza de ley como en el presente.

    Años más tarde el libro se transformó en una obra de teatro y se llevó al cine. Sin embargo, el film -dirigido por Víctor Dinenzon- fue criticado por un contenido de imágenes machistas que, en el argumento general, el autor quiso criticar negativamente.

     

    Impudicia

    En la época en que publicaron Las boludas, otro libro -de Ariel Arango- también tuvo repercusión: Las malas palabras, se llamó, editado por Sudamericana en 1983. La tesis desarrollada es que las palabras no son buenas ni malas: el tabú cae sobre ellas para clasificarlas moralmente, porque la mayoría de las palabras “malas” refieren a lo genital.

    Arango sostiene que: “La mala palabra o palabra obscena es así la que viola las reglas de la escena social, la que se sale del libreto consagrado y dice y muestra lo que no debe verse ni escucharse. Por ello, obscenidad y pornografía son palabras que van, a menudo, de la mano. Son voces afines. Pornografía proviene del griego pornographos, que significa literalmente escribir sobre las rameras. O sea, la descripción de la vida de las prostitutas. Y la obscenidad, la sexualidad impúdica, es precisamente el métier de estas mujeres. La obscenidad es por lo tanto el género, y la pornografía una de sus especies. Y este conocimiento, sin duda, es fecundo para nuestra inquisición. Sabemos ahora que las malas palabras son malas porque son obscenas. Y son obscenas porque nombran sin hipocresía, ni eufemismos, o pudor, lo que no debe mencionarse nunca en público: la sexualidad lujuriosa y veraz.”

     

    Destinatarios

    Veamos otro detalle. En el insulto LPQTP la palabra puta es la que más resuena pero, paradojalmente, no quiere insultar a la madre sino al hijo, es por eso que desde sectores que se expresan básicamente por redes sociales (no en la calle o en las marchas o en las canchas de fútbol, o en los teatros) el verdadero insulto a la madre del “hijo de puta” si se trata de un político o un empresario rico, es decir que ella es una parte de la oligarquía argentina que desde antaño gobierna para los poderosos y a los pobres los observa con piadosa caridad. La obscenidad es política, económica, una pornografía cultural de despojo ancestral e injusticia social.

    Si el insulto LPQTP es dirigido a un pobre tiene la connotación de la escena del despojo social; en otros tiempos ser un hijo natural, extramatrimonial, era el peor de los insultos; busquemos en la extensa filmografía de Hollywood cuántas veces aparece la ofensa al “maldito bastardo”. Pero en los últimos años la ley obliga a reconocer a todos los hijos incluso con el auxilio de la ciencia y el banco de datos genéticos. Hilando fino el padre que se niega a reconocer a su hijo la mayoría de las veces argumenta que no sabe si es hijo de él, por esa razón la madre es puta y el insulto cobra fuerza.

    Raíces

    Arango se explaya. “Sabemos ahora de la antigüedad de las putas y de su extensión en todos los pueblos; sabemos también que han soportado a menudo los reglamentos y gabelas que les imponía un fisco voraz, al que, no obstante, supieron ofrecerle generosas donaciones; que muchas llevaban una vida miserable y atendían a sus clientes en chozas tenebrosas pero que otras disfrutaban en la opulencia y los hospedaban en espléndidas mansiones; que frecuentaban desde lo seres más viles hasta los hombres más ilustres; que ofrecieron sus cuerpos como modelos a los más grandes artistas y su ingenio como estímulo a los más destacados pensadores; que influyeron a veces en la marcha de los gobiernos a través de los políticos que cobijaban en su cama; como sabemos, además, que estas impúdicas mujeres, ¡tuvieron y tienen hijos!, a los que llamamos, con toda propiedad: hijos de puta.”

    En la historia de las mujeres y en la historia de las ideas la metáfora del parto marca un antes y un después, hay una historia de progreso moral y una historia de inmoralidad; las mujeres han parido hijos como la historia revoluciones, pero también las mujeres y la historia parieron hijos de puta. Sin embargo, podemos invertir el sentido y convertirlo en palabra de amor, por ejemplo, una canción, una movilización, un festejo puede ser “de puta madre”, como dicen los españoles. La puta madre invierte el insulto y lo transforma en elogio. Otra paradoja del lenguaje y de la realidad.

     

    En primera persona

    Dalmiro Sáenz (1926-2016) a los 30 años, luego de viajar en buque por la Patagonia se instaló a vivir escribiendo sus primeros libros de cuentos. Con Setenta veces siete ganó el prestigioso Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un best-seller. Gran parte de su escritura se dedicó a una descripción detallada del universo femenino, con una visión sorprendente y original, que se transformó velozmente en best-seller con el título de Carta Abierta a mi futura ex-mujer publicada por la Editorial Emecé en 1968. Durante la dictadura militar Sáenz recibió amenazas de muerte y debió abandonar el país, hacia el exilio.

    Ariel Arango (1951) es psicoanalista, investigador y docente, ampliamente reconocido en Argentina y en el extranjero. Fue Decano de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario y Profesor de Psicoanálisis de la UNR y la Universidad de Belgrano. Ha publicado entre otros libros Los genitales y el destino y La madre voluptuosa. No obstante, Arango recomienda a todas aquellas personas que desean conocer su obra, comenzar leyendo en primer lugar el libro Las malas palabras, ya que además de someter el lenguaje obsceno a la mirada escrutadora del psicoanálisis y descubrir su último secreto, establece el estilo y lenguaje que el autor emplea en todos los otros libros que constituyen su obra.

    Armar valijas

    El ejercicio fue imaginar que en un futuro impreciso sea descubierta una cápsula en el predelta entrerriano. En su interior los jóvenes exploradores podrían hallar libros, objetos singulares, del ayer, en medio de un mundo evanescente y audiovisual. Qué libros expresarían al menos una parte de las memorias, los relatos aquellos que en alguna medida nos toca actualizar, los versos y estrofas del desencanto y la maravilla de estar vivos. Qué materiales no podrían faltar, entonces, si la idea fuera que ayuden a interpretar el cosmos, el mundo y los dilemas de esta época.

     

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