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domingo, mayo 22, 2022
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    Una novela del campo entrerriano

    Con gran presteza narrativa, Sebastián González cuenta sobre cinco trabajadores rurales quedan aislados, lejos de cualquier población.

     

    Fabián Reato / [email protected]

     

    En El señor de las moscas, novela del Premio Nobel William Golding, un grupo de niños de entre 6 y 12 años son los únicos sobrevivientes de un accidente aéreo. Los chicos alcanzan a llegar a una isla perdida en el océano, lejos de las rutas marítimas. Además, está en curso la Segunda Guerra Mundial, por lo que los adultos están ocupados en otros menesteres como para iniciar una búsqueda. Lo cierto es que los niños deben convivir en ese paraíso natural durante meses. A medida que pasa el tiempo, los niños, que provienen de la clase alta y de exclusivos colegios privados, van perdiendo todo rastro de civilización y va ganando la ley de la selva por sobre la norma de la convivencia. Lo curioso es que, perdidos y aislados, lejos de la mirada de otros (de la autoridad, del deber ser), cada uno vive y actúa como es o como le gustaría. ¿Brota el verdadero ser en la naturaleza?

    Alambradores es la novela de Sebastián González, ganadora del Premio Fray Mocho Novela 2019. En ella, cinco hombres, que se dedican al duro oficio de la intemperie que es el de alambrar, quedan varados “en el medio del campo”, a más de 100 kilómetros de cualquier centro poblado. El patrón debía pasarlos a buscar para llevarlos a casa por el fin de semana, pero nunca llega (al final se devela por qué). Cada día que pasa aumenta la incertidumbre y la esperanza de ser rescatados decrece. La desesperación y el desasosiego encienden la discordia, el conflicto y también otras pasiones.

    Lejos en el tiempo, los lugares y (fundamentalmente) en la lengua, algo me emparentó a esos dos textos.

    Habla

    Dos particularidades presenta Alambradores que hacen que sea una lectura atrapante: el manejo de los diálogos y la estructura de la narración.

    Los personajes de la novela de González hablan en entrerriano, es decir usan palabras, modismos y construcciones propias de los habitantes de nuestros campos y pueblos. Al leer las frases, uno puede escuchar la cadencia y la tonada. Lo mismo hace el narrador externo a la historia que mantiene el mismo tono. Todo esto nos traslada al monte y se escuchan los benteveos, las calandrias, se saborea el mate y el olor de la tierra mojada. Como lectores podemos estar ahí y compartir esa vida rústica, en la precaria casilla de chapa.

    En cuanto a la estructura, hay dos niveles de narración diferenciados gráficamente por la bastardilla en la letra. En el primero, el narrador cuenta toda la acción de los cinco personajes, identificándolos claramente. En el segundo, hay dos personajes de los que no sabemos sus nombres y que comienzan a tener encuentros clandestinos y a vivir una historia que va creciendo en intensidad. Como en las novelas de enigma, el autor juega con el misterio y la curiosidad del lector y deliberadamente oculta algún dato que pueda identificarlos. ¿Quiénes, de entre los cincos, son los que protagonizan esa historia paralela?

    La pregunta sostendrá el interés del lector hasta el último párrafo (literalmente).

    Un textual

    (Fragmento de Alambradores, de Sebastián González)

    “El Mono hundió el cuchillo en el vientre de la tarucha, justo donde empieza la cola, y lo deslizó hacia arriba, hasta el medio de las agallas. Luego metió las manos en el tajito que sanbraba apenas e hizo fuerza para separar los huesos: ¡crac! El espinazo se partió. Con los dedos sacó el triperío y lo fue dejando a un costado, sobre el pasto. Metió la tarucha al agua y la enjuagó para sacarle la sangre y el olor a catinga, luego metió en un balde con agua y volvió a sentarse, con una mano ahuyentó los moscardones verdosos que se habían agrupado sobre las tripas, agarró el corazón y volvió a encarnar el anzuelo, tomó la tanza, trazó unos círculos en el aire, como quien va a arrojar un lazo, y a volvió a tirar al arroyo”.

    RESUMEN DEPORTIVO

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