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lunes, octubre 3, 2022
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    Lo normalizado y lo anómalo, desde “La naranja mecánica”

    El psicólogo Sergio Brodsky aprovecha el contenido de la película “La naranja mecánica”, de Stanley Kubrick, para reflexionar sobre los modos de socializar, enfocado sobre todo en cierta perspectiva que estigmatiza a los niños. El texto fue inicialmente publicado en Diario Junio.

     

    El protagonista de “La naranja mecánica” es Alex, un adolescente que goza de producir sufrimiento en los otros. Con su grupo de amigos, cometen permanentes actos de crueldad: roban, golpean, matan, violan.

    Por una serie fortuita de acontecimientos, Alex pasa a ser el conejillo de indias de un experimento social (remedo del conductismo pavloviano) por el que rechaza toda forma de violencia tal como la que ejercía antes del tratamiento.

    Reintegrado a la sociedad se reencuentra con algunas de sus antiguas víctimas que se ensañan en vengarse. Además, sus amigos se han convertido en policías y le dan proverbiales palizas. El mundo sigue siendo tan malvado como lo era cuando él estaba del otro lado del mostrador.

    Esta maravillosa obra de arte dio lugar a mares de tinta de discusiones. Y paradojas. Para “socializar” a una persona hay que “deshumanizarla”, convertirla en máquina. Es una de las tantas interpretaciones psicosociológicas que ponen en cuestión el concepto de adaptación, pues supone un orden social normal, moral, perfecto, “bueno”, al que habría que integrar al “desviado”, “anormal”, amoral y “malo”. Esta simple escisión deja de lado la violencia del sistema, que solo es “moral” en apariencia. La escuela lo “vomita”, su “cuidador” lo abusa, su familia no le brinda afecto ni contención, finalmente lo expulsa, la policía lo tortura, la cárcel lo veja y lo reduce a un número, la religión lo somete a su discurso. Finalmente, la “ciencia” lo avasalla, lo doblega con saña en función de sus “elevados objetivos”. El orden al que debe adaptarse, sólo se diferencia de su inmoralidad, en las apariencias.

     

    ACTUALES DESADAPTADOS

    “La naranja mecánica” abre un debate acerca del rol de la “ciencia” en el sistema. En esta obra importa adaptar a Alex, despojándolo de su subjetividad. No se plantea las causas de su perversidad. Parte de considerarlas individuales. No cuestiona el “orden social”. No cuestiona el poder. No interroga el lugar que esa sociedad tiene en las conductas sádicas de Alex.

    Refleja ciertas prácticas no ya solo en el terreno de la criminología, sino también en el de la salud mental. La definición de lo normal y lo anormal. Del orden social y sus desvíos. De la adaptación y la desadaptación a las normas sociales y del modo de tratarlo. Del lugar que la ciencia, repetimos, tiene en ese delicado proceso.

    Las prácticas a las que nos referimos, tienen que ver con “teorías” basadas en el DSM, de gran incidencia en nuestro medio. El DSM es el manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales. Es una publicación realizada por la Asociación Americana de Psiquiatría que sirve de referencia/guía para gran parte de los profesionales sanitarios en el diagnóstico de trastornos mentales. Hasta 1971, por ejemplo, mantuvo a la homosexualidad en su lista de trastornos mentales. Quiero decir que no solo define los trastornos, sino lógicamente las pautas de normalidad y los criterios de adaptación social.

    También ha elaborado los criterios para definir, por ejemplo, el déficit de la atención con o sin hiperactividad. En determinado momento, en todo el mundo, comenzaron a aparecer, como una epidemia, niños definidos por este “desorden”.

    Se invitaba incluso a los docentes y padres a colaborar en su diagnóstico a través de la respuesta a cuestionarios. Todo niño que tenía “dificultades” en la atención con o sin hiperactividad, era “tachado” con este diagnóstico. El sistema impuso, para “tratar” este “desorden”, terapias conductuales y sobre todo administración de “psicofármacos” para el control de la actividad “desordenada”. Los niños debían adaptarse, funcionar.

    Los impulsores de estas prácticas “científicas” no se preocuparon por interrogarse nada. La duda, como dijo una vez un represor, es “la jactancia de los intelectuales”. No se preguntaron por ejemplo a qué “orden” respondía este “desorden”. Ni por las características histórico-sociales y culturales que dieron lugar a este tipo de problemática. Mucho menos a interrogar sus causas. Parecieran haber respondido al imperativo ilustrado por la “naranja mecánica”, “la ciencia es eficacia adaptativa, no ética”.

    De un modo uniforme y basado en supuestas causas biológicas en el origen del “desorden”, causas siempre individuales, han “diagnosticado” a niños como ADD O ADHD (Desorden de la atención con o sin hiperactividad), borrando su subjetividad. Pequeños sujetos, que denunciaban a través de una conducta “inadaptada” profundos sufrimientos, eran diagnosticados por su conducta como trastornos. De inmediato se derivan terapias adaptativas y psicofármacos para el logro de su “ajuste” al “orden social”. No se interrogaba las causas subjetivas. Simplemente se lo etiquetaba en un diagnóstico. Cuando, por el contrario, la conducta se interpreta como síntoma de situaciones penosas que el niño denuncia con su comportamiento, encontramos una pluralidad de causas: maltratos o abusos sexuales, abandonos emocionales por parte de las familias, procesos de elaboración de duelos etc., etc. Y vemos allí que el “problema” excede largamente al niño e involucra a su familia, a la escuela, a la sociedad.

     

    Un caso

    Lucy corre por el consultorio. Parece agitada. Tiene seis años. Fue diagnosticada como ADHD y medicada por un Psiquiatra. La escuela colaboró con el informe pedido por el especialista a través de cuestionarios. El sistema exige que Lucy se ajuste a las normas de comportamiento escolar. Que no corra “como loca”, que no se “escape”. Que se quede sentada y atienda lo que le enseña su señorita. Nada se pregunta acerca de la depresión de la madre, que no puede hacerse cargo emocionalmente de ella. Ni si su conducta es una forma de “despertarla”, de convocar su afecto. Menos aún cuestiona si los métodos pedagógicos desfasados, tienen algo que ver con lo que le sucede. Si exigir que escuche la palabra del docente durante una hora no entra en conflicto con una cultura del “zapping” de respuestas a estímulos rápidos y variables, de imágenes, propios de la era tecnológica, y si esta cuestión, meramente histórica y cultural tiene incidencia en su conducta etc.

    Atribuir las causas del “desorden” al individuo y su responsabilidad en su “reajuste”, es también más cómodo. Más cómodo pero también injusto. Las familias, las instituciones y la sociedad, se desentienden. Solo el niño carga con el estigma y su “curación”. Solo él debe cambiar y adaptarse.

    Por último, y como ejemplo de aquellas discusiones que aun suscita esta notable obra, “La Naranja Mecánica” consideremos otro “trastorno” definido por el DSM. El trastorno oposicionista desafiante. Este se caracteriza, según el DSM V por un patrón recurrente e inapropiado de conductas negativistas, desafiantes, desobedientes y comportamiento hostil hacia las figuras de autoridad. Cuál es el límite a partir del que las “figuras de autoridad” suponen obediencia, ni en qué momento la rebeldía es considerada “enfermedad” por el Manual, no es algo que parezca importante definir por estos “especialistas”. De ese modo, la ideología adaptativa pretende mostrarse como “ciencia pura”.

    Hace unos años, un joven estudiante secundario que se negó a juntar bichitos en un frasco para su clase de biología, recibió este diagnóstico. Que su actitud respondiera a sus convicciones, era una sutileza de la que la ciencia adaptacionista, no está dispuesta a hacerse cargo.

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