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viernes, mayo 20, 2022
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    La cultura barrial en la construcción de recuerdos

    Es fácil de observar que algo del barrio del ayer se ha ido perdiendo. No se trata de aspectos formales, ni siquiera urbanísticos: hay una cultura del ensimismamiento residencial que hoy por hoy resquebraja ciertos vínculos del que los mayores obtuvieron tanta riqueza vivencial cuando eran chicos. Al ser recordadas, aquellas anécdotas y situaciones resuenan como algo mágico, ilusorio, atractivo.

     

    Griselda De Paoli / [email protected]

     

    La proliferación de torres plantea una dinámica particular de recambio de ocupantes, que dificulta la afirmación de identidades barriales y de vinculaciones humanas que, precisamente, se construyen por y con el paso del tiempo, por el desarrollo cercano de la vida cotidiana de quienes habitan en un espacio, lo transitan y se identifican con él. El barrio es una síntesis de determinado contexto social y producto de quienes lo construyen y utilizan cada día.

    Pero, no son solo los edificios en torre; es la dinámica de vida que nos ha ensimismado, que ha hecho que no nos interese saber quiénes viven a nuestro alrededor, e ignorar que se ha trasformado casi en una acción en defensa propia. Mejor no complicarse la vida.

    El barrio, teóricamente, es una fracción de ciudad que acoge y contiene a una comunidad que se relaciona por lazos e intereses de convivencia vecina, en la que se mezclan en el mejor de los casos visitas recíprocas, vínculos afectivos, confianza y seguridad, reuniones y a veces expectativas comunes que cimentan e imprimen continuidad a las relaciones entre vecinos, fortaleciendo la vida del conjunto y constituyéndose en referencia vital ineludible.

     

    Todo cambia

    El barrio de hoy está muy lejos de aquel de la puerta de calle siempre abierta y la cancel sin llave, de la silla en la vereda para tomar fresco y de la charla con el vecino al que llamábamos por su nombre. El barrio es hoy un sector de la ciudad, una sección electoral, parte de una unidad municipal, es el nombre que figura en un listado o ¿es un ámbito con identidad construida y sostenida? No podría sostenerlo, aunque abrigo la esperanza de que sí lo sea.

    La imagen del barrio, y el vínculo con los vecinos deja marcas en nuestra memoria y son tan fuertes que cuando, por algún motivo, volvemos a verlo nos cuesta reconocerlo, pero de inmediato identificamos las huellas que hemos registrado y vuelve a aparecer frente a nosotros, con toda su carga vivencial.

    Y me acuerdo, por ejemplo, de la casa de mi abuela, parecida a la de otros vecinos, y de lo altas que me parecían aquellas puertas de madera maciza, con algún adorno de bronce, que guardaban la intimidad familiar con un trayecto intermedio que era el del zaguán, que terminaba en la “puerta cancel” para entrar a una amplia galería, repleta de macetas con helechos, amarantos y galateas y algo más atrás, al costado del comedor diario, una parra que era el espacio para el juego a la siesta, con las “gurisas del barrio”.

     

    Jardines domésticos

    Con verdadero vuelo poético, Don José María Díaz, a lo largo de su libro “Jardín de Infancia” rescata, con frecuencia, retazos de su barrio en torno a distintas historias construidas con sus recuerdos, como la que comparto a continuación: “La Casa de Silunga”. ¿Construirán estos recuerdos nuestros nietos?

    “La casa de la señora de al lado era un parque para mí. Modesta y llena de plantas, me inició en el amor de los perfumes, en el asombro por la forma y gracia de las flores. Además, estaban Silunga y Angelita, adolescentes que bajaban desde sus años para jugar conmigo.”

    “Tenían voz de terciopelo y ejercían gran poder sobre mí. Tanto que sentado en silla pajiza, me embobaba largo rato oyendo los primeros cuentos de mi infancia.”

    “Un día Angelita decidió enseñarme a leer. Trajo una gran cartilla de cartulina ilustrada, llamada ‘Cartilla del gato’. En la tapa un gatazo renegrido, con ojos dorados, me fascinaba. En su interior, cada vocal y consonante estaba ilustrada. Y esa fue la puerta que me abrieron aquellas adolescentes para mi ingreso a las letras.”

    “Cada paso en la lectura era aprobado con una golosina, clasificación original y valiosa. A veces se extendía a una invitación para almorzar. Entonces, sí, yo estaba como en fiesta.”

    “Doña Sila tenía una mano sabrosa. Condimentaba platos distintos a mi comida diaria; y sobre todo la mesa se servía bajo un dosel de parras, con cortinados de madreselvas.”

    “Viví inmerso en esa transparencia; y a hora temprana me pasaba a esa casa, a través del hueco del alambre tejido.”

    “En aquella época no había parques infantiles, pero yo tenía mi parque propio en la casa de Silunga. Me hicieron gustar las plantas y me mostraron el mundo de los pájaros en el arbolado del fondo. Y tenía el encargo de ubicar restos de comida y agua para ellos; y me hacían callar para escuchar a las tacuaritas y a las calandrias.”

    Proporciones

    Díaz, a lo largo de sus cuentos, va rescatando imágenes de su barrio. “En aquellos tiempos allá en las ‘Cinco Esquinas’, había un tartagal inmenso, tupido, espeso. De noche ponía miedo, y las lamparillas callejeras apenas repechaban la luz de las luciérnagas”. Luego describe el edificio del Cristo Redentor. “Fue una gran mole blanca en la parte más alta de la ciudad, la que me llenó el alma de anchura; y me enseñó a mirar las nubes, allá en mi infancia. Además en las últimas y en las primeras horas del día, venía desde su torre una campana balando en el aire”. Seguramente, debió volver a sonar en sus oídos el chaff chaff chaff del tanque elevador de agua. “A cualquier hora aquel estruendo subía el agua a un tanque inmenso, de base rectangular. Mi madre decía que estaba a una altura de cincuenta metros; ese depósito proveía de agua a la ciudad. A la vuelta de la esquina y rodeado de huertas, estaba el campito, nuestro reino, una superficie llana de una hectárea. Sobre aquella calle casi de aldea, el centenario ombú señalaba el ámbito de sombra y juego.”

     

    AL MARGEN

    Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes.

    Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected], [email protected] y/o [email protected].

     

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