7.5 C
Paraná
viernes, mayo 20, 2022
  • Cultura
  • Nosotros
Más

    Relatos perdurables de una Paraná que se fue

    Los inolvidables tranvías, los colectivos del ayer que se distinguían por el color de sus carrocerías, los juegos con agua del carnaval de antaño y los corsos que unían las plazas Alvear y 1 de Mayo a través de San Martín, son algunas de las excusas de las que Mario César se vale para proponer un regreso a una ciudad probablemente desdibujada.

     

    Mario Carlos César / [email protected]

    Estos son recuerdos que no me pertenecen exclusivamente. Somos muchos los que hemos pasado por estas vivencias y las llevamos en la memoria. De niño y adolescente, Paraná me llenó de alegrías y travesuras que se vivían sin riesgos, solo se disfrutaban.

    Y me quedan algunos recuerdos que los escribo porque la memoria se va nublando con el paso del tiempo. Seguro a pocos le interesan, o tal vez a algunos de mi edad, pero siento la necesidad de hacerlo.

    En lo que evoco de esos tiempos maravillosos no hay menciones políticas. Es una memoria inocente, que seguramente otra persona escribiría de distinta manera o desde una perspectiva diferente. Lo importante es la nobleza que anima la evocación.

    Puede haber un desorden en la cronología de las historias. Las escribo a medida que las recuerdo y trato de aunar temas.

    Como en los momentos en que cerramos los ojos y repasamos lo vivido, no hay cronologías sino melancolía.

    Procuro que las fotos sean de entonces, pues el tiempo y las refacciones las cambian: las hay muy antiguas, de mi época y actuales. Importa ver de qué se trata, supongo. Veamos.

    Andar la ciudad

    El transporte. Había tres líneas de ómnibus, que se conocían por su color y no por el número: el verde, el rojo, el plateado.

    El verde iba desde el Parque Urquiza hasta Parque Gazzano, creo. El rojo hacía un recorrido desde Puerto Nuevo hasta el Tiro Federal y el plateado desde el Parque Urquiza hasta la Base Aérea. Tal vez me equivoque en algún dato; pero es como ha quedado grabado en mi memoria.

    Los coches eran numerados y circulaban en ese orden; así que si nos enterábamos que agregaban uno, esperábamos que pasaran los anteriores y viajábamos en coche nuevo.

    Los tranvías eran tres también: el uno, desde el Puerto Nuevo al Cementerio; el cinco, desde el Puerto Nuevo hasta la estación de trenes; y el seis, desde el Parque Urquiza hasta la salida hacia el norte pasando las Cinco esquinas: llegaba hasta Los Corrales. Marchaban por las calles adoquinadas donde los rieles resaltaban.

    Para las fiestas de fin de año solíamos poner en las vías tapitas de cerveza con una mezcla de clorato de potasio y azufre, tapando la sustancia con la lámina de corcho interna extraída previamente. Cuando pasaba el tranvía estallaban con fuerte ruido para regocijo del grupo de chicos que motorizábamos la travesura.

    Otra aventura: nos subíamos a la parte trasera del tranvía y viajábamos “colados”, pero a veces el motorman se enojaba y nos hacía bajar.

    A los coches los guardaban en la Usina, que estaba en calle Corrientes al final. Las instalaciones tenían enormes motores que bramaban todo el día sin parar y daban electricidad a toda la ciudad. De noche se veían chispas salir de las chimeneas, seguramente hollín acumulado que se desprendía por las reacciones químicas que se producían.

    Detrás había un terreno con materiales y rieles que terminaba en una barranca que llegaba hasta la Costanera y lo usábamos para remontar barriletes que armábamos con cañas cortadas de algunos baldíos. Mediomundos, estrellas o simples tarascas cuadradas llenaban el cielo de la tarde mientras competíamos en altura y piruetas.

    Travesuras

    Ir al Parque Berduc era un paseo emocionante. Enorme. Lleno de juegos. Estaba el portón en calle Salta y San Lorenzo, como ahora. En la primaria solían llevarnos las maestras desde la Escuela Sarmiento en calle La Paz, y antes, en mi primer grado, desde la Escuela Moreno en calle Corrientes y Moreno.

    Se izaba la bandera y luego nos dispersábamos en busca de la enorme cantidad de juegos: hamacas, toboganes, calesitas, aparatos de gimnasia, etc. mientras las maestras cuidaban que no corriéramos peligro. Después de esta rutina, nos retirábamos recogiendo la bandera.

    Otras veces, por fuera de la escuela, íbamos a jugar y después nos bajábamos al salto, una vertiente de agua que corría detrás; seguíamos su curso por varias cuadras hasta llegar a calle Moreno y San Juan, donde terminaba, y se iba al río por cañerías.

    En Carnaval se hacía el corso desde la Plaza Alvear hasta la Plaza de Mayo, con ida y vuelta por calle San Martín. Abría la marcha la Banda de la Policía, seguida por una carroza con el Rey Momo. Después aparecían muñecos gigantes que se inclinaban y asustaban, supuestamente, a las chicas, y dos comparsas compuestas por muchas personas, con algunos músicos infaltables.

    Cómo olvidar a los indios con taparrabos, lanzas y plumas, pintado el rostro con corchos quemados; otros con caballitos de lona y el intercambio de serpentinas y papel picado desde autos descapotables.

    Los pomos con agua eran de plomo (un uso) hasta que salieron los pomos de goma que revolucionaron el carnaval. Mi padre, que trabajaba en la compañía de teléfonos en la calle San Martín, una vez salió y tiró agua con una pera de goma muy grande y lo corrió la policía, pero rápido se metió adentro y no pudieron aprehenderlo. Estaba prohibido usar ese elemento.

    En las calles el juego con agua era impresionante. Varones y mujeres de todas las edades tirando agua con baldes, globos, pomos, etc. Todo valía.

    La consigna era la siguiente: a las 14 sonaba una bomba para iniciar el juego con agua y a las 17 sonaba otra indicando el final.

     

     

     

    RESUMEN DEPORTIVO

    Lo más leído

    Agroclave