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jueves, diciembre 1, 2022
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    Atender a las señales puede evitar el suicidio adolescente

    Hay dos lugares comunes que deben desandarse para que la prevención del suicidio sea efectiva. Por un lado, estar atentos a indicios de que el adolescente puede estar en una situación de riesgo. Y, por el otro, no minimizar las señales, sino aprovecharlas para realizar consultas a especialistas. En todos los casos es fundamental el tipo de comunicación que suele existir entre adultos y jóvenes.

     

    Valeria Robin/ [email protected]

     

    El suicidio adolescente sigue siendo una de las problemáticas sobre las que se habla poco y nada, y generalmente no se aborda con la profundidad y la complejidad que demanda. Sobre ella confluyen múltiples aristas que la convierten tanto en un asunto de política pública como en una cuestión vital para las familias, los pares y las instituciones que se involucran con la persona en riesgo de suicidio.

    Si bien el planteo de fondo es que los adultos deben transformar el modo en que se comunican con los adolescentes a cargo, hay una serie de señales que el entorno pue-
    de advertir, aunque no sea experto en el tema.

    Dado el aumento sostenido de casos en adolescentes y jóvenes, EL DIARIO entrevistó al especialista en la problemática, Sergio Brodsky, referente de la ONG Lazos en Red, un grupo de voluntarios para la prevención del suicidio creada por la Asamblea de Salud Mental y Derechos Humanos de Concordia.

    –¿Cuál es la incidencia del suicidio adolescente?

    –A escala mundial es alarmantemente alta; de hecho, es una de las principales causas de muerte en la adolescencia y la juventud. Un cuadro similar se presenta en la tercera edad. Por esta razón es que insistimos en que todas las acciones y estrategias preventivas tienen que estar dirigidas especialmente a estos tres grupos etarios: adolescentes, jóvenes, y adultos mayores.

     

    CONFLUENCIAS

    –Suele afirmarse que son múltiples las causas que llevan al suicidio.

    –Efectivamente, es considerado un fenómeno policausal, por ser un hecho en el que intervienen múltiples factores. Hay que tener en cuenta que en cada historia singular se entraman diversas causas que se manifiestan de manera particularísima. Desde el psicoanálisis este aspecto se explica a través de las llamadas “series complementarias”,
    una definición con la que se hace alusión a la confluencia de factores internos y externos que pueden gestar la idea suicida en la persona. Esa serie de factores, tal como lo planteaba Sigmund Freud, se da en relación a sucesos constitutivos de la subjetividad.

    –¿Cómo es eso?

    –Tiene que ver con que la estructuración de la subjetividad es parte de un proceso dinámico en el que situaciones, probablemente de larga data, se van resignificando; y si no son abordadas a tiempo y con la seriedad que requieren, pueden constituir un escenario proclive al suicidio, aún en los casos en que nada del presente de esa persona pudiera alentar una expectativa semejante.

    En este punto es importante señalar que la comunicación que ejerce el entorno afectivo no está hecha sólo de palabras concretas, sino que los mayores con el solo hecho de vivir les transmiten a los más chicos una forma de afrontar las situaciones, una actitud frente a las dificultades, y también formas de resolver esos dilemas.

    Tengamos en cuenta que el niño es un sujeto que está haciéndose, que mientras crece adquiere un psiquismo que progresivamente se va complejizando y que los adultos más influyentes tienen en este período un papel destacado en la conformación del aparato psíquico. Eso se traduce a partir de cómo se asumen los logros, los fracasos, las conquistas, las renuncias, y las dificultades.

    Algunas de esas esencias pueden activarse con los años, y confluir en un escenario de un intento o un suicidio consumado. Estar atentos a estos indicios es clave. Y, si bien, dicho así parece una tarea compleja, se trata simplemente de escuchar a los niños y adolescentes y de acompañarlos, reconociéndolos como un sujeto singular.

     

    PROYECCIONES

    –¿Entonces el suicidio no es un acontecimiento repentino?

    –Por cierto, no. Justamente por eso, adquiere valor la comunicación que ejerce el entorno afectivo, sobre todo en los años infantiles, en los vínculos primarios como la familia, los padres, los hermanos, los abuelos, los tíos. Las características de esta construcción psíquica que va adquiriendo la persona es lo que permanentemente se resignifica en las experiencias posteriores.

    Esa serie complementaria de causas puede devenir en la producción de factores de riesgo de suicidio. Muchos de los traumas que sufrimos en esos primeros años de vida no son metabolizados, quedan encarnados en un sujeto sin posibilidad de tramitación.

    Ese estado puede generar un malestar que, al cristalizarse, provoca arrasamientos subjetivos que nos vuelven extremadamente vulnerables.

    En ese contexto el suicidio puede aparecer como una opción aliviadora frente al malestar reinante. Si bien es algo que se transmite, el suicidio no es del orden de lo genético, sino que lo que se lega son visiones del mundo y una forma de afrontar las situaciones.

    –¿Cómo se distingue cuándo uno está pasando un mal momento de cuando se está deprimido?

    –Corresponde la pregunta porque la depresión es el prólogo del suicidio y uno de los factores de riesgo más frecuentes. Conviene recordar que algunas de las características de la depresión son la profunda tristeza, la desesperanza sostenida, el pesimismo persistente, un acentuado desinterés por el entorno, un desgano manifiesto, y un notorio dolor psíquico. A diferencia de los síntomas que se pueden presentar mientras se realiza un duelo por una pérdida (que son las formas esperables en que ocurra), la depresión tiene su
    particularidad. En la depresión aparece una disminución pronunciada del amor propio: siempre está en juego un sentimiento de desvalorización, de pérdida de la autoestima, de sentirse inútil, despreciable, sin valor.

    Esa disminución del amor propio es típica de la depresión, además de una autocrítica y una autoexigencia exacerbada. Ahora, también las adicciones o conductas adictivas en la adolescencia pueden estar relacionadas con la depresión. A esta edad las personas pueden verse tentadas a suprimir con sustancias tóxicas el dolor y la tristeza que provocan al-
    gunas situaciones.

    Para prevenir el suicidio adolescente, se precisa una comunicación sincera en la que los adultos no prejuzguen.

    ALERTAS

    –¿Entonces qué es la depresión?

    -La depresión es estar viviendo una pesadilla sin pausa, estando despierto. De modo que uno se convierte en su peor conspirador, porque es una enfermedad mental que domina a la persona. Así, los miedos, las vergüenzas, las inseguridades, y lo negativo se potencia y las virtudes se soslayan, en una especie del remanso del que es difícil salir.

    Uno puede estar triste o desganado, como sin interés; el problema es cuando esa situación se torna un estado permanente. No hay que minimizar esas manifestaciones en los jóvenes. Hay que mejorar la calidad de la comunicación para no dar por sentado que la persona está apesadumbrada porque es así, o porque quiere ir contra la corriente.

    –¿Calidad de la comunicación?

    –Me refiero a que el diálogo tiene que ser franco; motivado por un sincero interés en comprender la situación del otro y acompañarlo. Es muy importante escuchar sin juzgar.

    Muchas veces el adulto olvida que fue un adolescente. Todos en esa etapa hemos experimentado desasosiegos, cambios de estado de ánimos, hemos tenido que afrontar situaciones de duelo, burlas, desamores, angustias; sin embargo, muchos referentes mayores se olvidan de eso cuando se vinculan con niños, adolescentes y jóvenes, a los que les obligan a comportarse como adultos.

     

    ACOMPAÑAMIENTO

    –También es fundamental el grupo de pares…

    –Sí, es importante en los dos sentidos, porque a veces pueden contener y advertir situaciones de riesgo de suicidio y otras veces pueden dar rienda suelta al bullying, al acoso, a la humillación, a la burla. Hay que tener en cuenta que entre los 12 y los 15 años estas situaciones son frecuentes y pueden desencadenar conductas depresivas y suicidas. Por eso es tan importante trabajar en las escuelas este tipo de problemáticas, donde se agrede de manera sistemática a alguna persona. Ese ejercicio de la violencia puede devenir en situaciones de riesgo de suicidio, sobre todo si la autoestima de la victima es frágil.
    Corresponde añadir que si se analiza en profundidad el bullying se advertirá que en general refleja problemáticas del mundo adulto, es decir, los adultos transmitieron esos prejuicios que se materializan en el menoscabo de un adolescente o jóven por parte de otros, de manera que es responsabilidad de los más grandes hacerse cargo de este tipo de actitudes inhumanas. Es un tema que hay que abordar seriamente como forma de prevención del suicidio en toda la comunidad educativa, entre padres, docentes, y alumnos, y no sólo pen-
    sar -como habitualemnte sucedeque es un problema entre chicos.

    –¿Cuáles son las actitudes suicidas más frecuentes?

    –Quisiera insistir acá en que es vital un tipo de comunicación sincera entre los adultos responsables y el adolescente. Eso significa no sólo evitar manejarse con ideas pre-
    concebidas respecto de los jóvenes y la gravedad de sus problemas, sino no minimizar algunas manifestaciones de malestar que, aunque no lleguen a ser un indicador de riesgo de suicidio, pueden provocar angustia, depresión, tristeza, desasosiego.
    Dentro de este cuadro general hay indicadores particularmente inquietantes, porque están dando cuenta de una intención suicida, por ejemplo, manifestar el deseo o amenazar con quitarse la vida, sea de forma verbal, mediante notas o cartas, y también a través
    de posteos en las redes sociales.
    Un indicio a tener en cuenta es que la persona que está planeando suicidarse suele regalar posesiones valiosas, sin ninguna razón aparente. También puede volverse agresiva; estar desconcentrada al realizar las tareas diarias; no cuidar el aspecto físico y la higiene; sentir culpa por no satisfacer las expectativas paternas; evitar la comunicación con personas del entorno, aislándose, y hablar del suicidio como si fuera un acto heroico. Mucho más
    si encima la persona es rechazada por sus pares, o abusa de sustancias legales e ilegales, como el alcohol y las drogas. Del mismo modo puede llegar a presentarse tanto el insomnio como la hipersomnia, la compulsión alimentaria o la pérdida del apetito.

     

    Poner en foco

    –¿Cuáles son los factores de riesgo a los que hay que prestar atención?

    –Como acabamos de ver, una de las alarmas principales es la depresión, considerada el primer factor de riesgo de suicidio en todas las edades. Hay, no obstante, una amplia tipología de depresiones, lo que da una pauta de la diversidad de cuadros que pueden presentarse.
    Los trastornos alimentarios como la bulimia y la anorexia son otros factores de riesgo que suelen presentarse en la adolescencia. En muchas ocasiones, cuando la joven anoréxica se siente frustra- da o desbordada porque sube de peso pueden aparecer conductas
    suicidas, que suelen darse cuando se pierde el control de la situación.
    Corresponde subrayar en este momento que los intentos de suicidio son también factores de riesgo en la adolescencia y por lo tanto no pueden minimizarse o considerarse que son eventos aislados y que por lo tanto no volverá a ocurrir. El peor error del entorno es considerar que un intento de suicidio es un mero llamado de atención, cuando en verdad es un pedido extremo de auxilio.

    –¿La historia familiar influye?

    –La historia familiar de suicidio suele ser también un factor de riesgo en la adolescencia. En estos casos no hay que pensar sólo en la hipotética influencia de suicidados en la familia, sino ser conscientes que en la convivencia familiar los adultos transmiten- muchas ve-
    ces sin saberlo-recetas sobre qué hacer ante una dificultad o problema. Claramente también son agravantes los abusos sexuales en la infancia; la violencia de género, la
    discriminación, la intolerancia, y la hostilidad hacia los adolescentes homosexuales, que muchas veces son rechazados en la escuela, en los clubes, en las instituciones religiosas, en los distintos espacios de sociabilidad.

     

    Factores protectores

    La experiencia indica que el suicidio se puede prevenir. Es necesario insistir en esta sentencia porque en el sentido común está instalado que absolutamente todos los casos son irremediables.
    Ante una consulta de EL DIARIO, el especialista, Sergio Brodsky, explicó que” la prevención del suicidio tiene tres niveles”, antes de pasar a desarrollarlos. “El primario, secundario y
    la llamada posvención”, introdujo. “El primario es la promoción de la salud mental y la prevención dirigida de la manera general e inespecífica a toda la población; tiene como objetivo generar factores protectores del suicidio”, señaló, antes de agregar que “un ejemplo concreto es cuando vamos a las escuelas: allí trabajamos con los docentes respecto a los modos en que ellos pueden fomentar la autoestima de los chicos e incentivar a que el diálogo sea una sana costumbre, para que cuando tengan un problema se animen a compartirlo, que puedan aprender a pedir ayuda cuando tienen una situación problemática o angustiante; en definitiva, se busca brindar herramientas que se constituyen en factores protectores del suicidio”.
    Acto seguido, subrayó que “este es el nivel primario de la prevención, es generalista aunque atiende fundamentalmente a los grupos que tienen más propensión estadística
    al suicidio: los adolescentes y las personas de la tercera edad”.
    Luego, explicó que “a la prevención secundaria están orientadas una serie de acciones que
    apuntan a la detección precoz o la identificación temprana de las situaciones de riesgo de suicidio”, antes de desarrollar que, “este nivel preventivo está más enfocado a grupos o poblaciones en situación de riesgo de suicidio”. Concurren tres conceptos básicos que permiten identificar las situaciones de riesgo: Indicadores de riesgo, los factores de riesgo y las situaciones desencadenantes.

    “El tercer nivel es muy importante. Se llama posvención, y sobreviene cuando un suicidio ya se concreta, por ende se da cuando han fracasado los niveles anteriores”, explicó. Ante una pregunta concreta, el entrevistado aportó que “consiste en trabajar en la prevención con el entorno afectado por el suicidio: una interacción eficaz con el entorno social de la persona que se quitó la vida puede prevenir nuevos suicidios”.

    La recomendación es estar atentos a indicios de que el adolescente puede estar en una situación de riesgo de suicidio.

    Un presente esquivo

    –Vivimos una época en la que además la noción de futuro parece esfumarse. 

    –Es cierto. Pienso en los adolescentes o jóvenes nini, es decir, aquellos que no estudian ni trabajan y que, por lo tanto, no pueden elaborar un proyecto de vida, lo que es fundamental para la construcción del deseo de vivir.
    Entonces, la imposibilidad de imaginarse dentro de un plan personal, es en sí mismo un factor de riesgo de suicidio, tanto como cuando se produce un abandono emocional
    por parte de la familia o se presentan disfunciones familiares graves como la violencia, el maltrato, el desprecio, el descuido de las necesidades básicas (emocionales y materiales), y el abuso sexual intrafamiliar.
    En ese sentido, suele ser también un factor de riesgo la situación de adolescentes aislados, solitarios, ensimismados, sin confidentes, excluidos, y rechazados por el grupo de pares.

    Tengamos en cuenta que la adolescencia es una etapa crítica de búsqueda de la identidad. En ese proceso el grupo de pares es la referencia más fuerte. Al mismo tiempo, no pertenecer a un grupo de pares -que contenga a sus integrantes-, estar solo y aislado, impide al adolescente resolver los problemas, los duelos y las ansiedades típicas del
    adolescente ante lo nuevo, como la sexualidad, las nuevas relaciones con los amigos, los conflictos con los padres.

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