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miércoles, enero 26, 2022
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    Un barrio impregnado de ese inigualable olor a pan

    La zona de calles Ecuador/Victoria y San Martín ha cambiado mucho en los últimos años. Por eso, la evocación de una paranaense memoriosa nos ayuda a transportarnos hasta esa dimensión espacio-temporal que ha quedado inscripta en los pliegues de su sensibilidad: las familias residentes, los comercios y en particular el olor panadero de un olvidado horno a leña se recrean en su testimonio.

     

    Griselda De Paoli / [email protected]

     

    El relato memorioso de una vecina de Paraná nos propone un recorrido por el Colmenar y el Barrio del Tambor. Hilvana recuerdos de niñez, a partir de un recorrido minucioso por los espacios y cohabitantes esa zona; rescata personajes, formas, colores, aromas. Este testimonio. que compartimos parcialmente, corresponde a un Taller de Historia Oral, realizado en 1994. Es un archivo particular y su lectura casi debería ser acompañada con galletas de molde.

    “Por un raro privilegio, no me he movido del barrio en que nací. Mi barrio de hoy (1994) es el que en mi infancia llamaban del Colegio Nacional, quedaba lejos del centro en aquella época. Cuando mi padre vino a vivir a Paraná en 1906, se construyó la casa de mis abuelos, todavía se llamaba el barrio del Colmenar. Allí, en 1865 se habían instalado unos hermanos franceses, Durán Saboyat, con un establecimiento apícola.”

    “Volviendo a mi abuelo, en esa época, cuando se construía una casa se pensaba en el momento en que los hijos se casaran; por eso mi abuelo hizo dos chalets, en uno de los cuales nací yo. Lindante, vivía un francés, Don Luis Garzón, que era el dueño de una casona antigua con un gran portón al costado donde descargaban los carretones su mercadería. Es la esquina de San Martín y Ecuador. Garzón le había comprado una propiedad sobre calle Ecuador a don Julián López, perteneciente a una de esas antiguas familias de mulatos; era el barrio del Candombe, aunque mi barrio empieza en la esquina anterior, la de la plaza San Miguel y va hasta calle Malvinas.”

     

    Casas con fondo

    “Por la zona, todas las casas tenían mucho fondo, de hasta más de la mitad de la manzana y en muchos se hacía quinta y se vendían directamente las frutas o los dulces. Yo iba con mi madre a comprar dulces a estas casas. También había muchos baldíos.”

    “Me ubico en el comienzo de Gardel y San Martín. La esquina antigua tenía una ochava, formaba todo un negocio y cuando yo era muy joven, era un bar. En mi época estaba un italiano, Don Luiggi, que luego fue concesionario de la Casa de Italia. Este señor tenía ahí un bar, después pasó a ser utilizado o alquilado por los alemanes; un alemán que tuvo mucho tiempo una chopería. Sobre calle San Martín, una puerta de vivienda estaba anexa al negocio.”

    “Siguen los baldíos sobre San Martín y después el paredón de la subintendencia, como decíamos en esa época. En el treinta y tanto ya andaban camiones de gran porte que entraban cantidad de mercaderías, porque en ese momento era regional la importancia de la intendencia. Era prohibido ir sola por esa cuadra, por el peligro de la entrada y salida de los camiones. Y siguen dos casas, pero a esta altura se me escapan los apellidos. Seguía una casa con un gran jardín adelante, donde vivía el Gerente de la Compañía de Teléfonos, que es donde después se levantó el galpón de Predassi, para instalar la imprenta.”

    La vida y la muerte

    “En calle Ecuador, todo lo que abarca el edificio del Instituto del Seguro, de la mitad de cuadra hasta Buenos Aires estaba ocupado por la pompa fúnebre, con sus carruajes. Y, claro, tenían caballos y yo me acuerdo que a la noche se sentía un fuerte olor a desinfectante, los empleados eran muy responsables y todas las noches tenían que limpiar la cochera. Esa era una parte triste, vacía, justamente un sector muy amplio en que no vivían familias.”

    “En la vereda de enfrente, no puedo dejar de mencionar, antes de llegar a mitad de cuadra, que había un negocio que está muy ligado a todos los que vivíamos en ese barrio. Un antiguo y muy respetado negocio de panadería que hace más de 60 años que se instaló allí, la panadería El Abuelo Don Leopoldo, con una familia encantadora.”

    “La panadería tenía un enorme mostrador de cedro y una caja registradora que hacía mucho ruido, así lo recuerdo, por lo menos, yo era chiquita. Y me da nostalgia pero, el 28 de enero de 1994, me llama una de las nietas de Leopoldo, y me dice: ‘mirá, te vengo a avisar que mañana 29 es la última madrugada, la última mañana para percibir el olor a pan, porque se demuele el horno a leña e instalan uno a gas natural’. Claro, el horno típico era el que daba ese inconfundible olor a leña. Tenía más de 70 años.  Para todo el barrio tenía una carga afectiva enorme, sentí ese olor a pan todas las mañanas desde que nací, el de las galletas de molde que hacían los Charvey, inigualable; el de las especiales que eran increíble. Imposible de olvidar. Leopoldo hijo, era repartidor y tenía un carro y de vez en cuando, a mí me permitían subir al carro y dar una vuelta a la manzana. Era todo un acontecimiento.”

    “Ya en la esquina de Victoria y San Martín, vivía Doña Angela viuda de Felquer, la madre del profesor Francisco Felquer. Ella me esperaba cuando yo volvía de lo de Charvey y me daba golosinas. La encontraba ahí, en la puerta, canosa, con su rodete. A continuación, y casi hasta calle Corrientes, seguían baldíos enormes, cubiertos de cañaverales a los que teníamos prohibido entrar. Seguramente ya nada queda de estos enormes espacios.”

    Los Ibaquez

    La evocación recupera apellidos conocidos de la ciudad y, con ellos, oficios que ya no existen.

    “Avanzando por San Martín, hacia el Colegio, estaba la casa de los Ibaquez. La abuela Gabina era lavadora y planchadora profesional y le heredó el oficio a una de sus hijas Doña Carmen Ibaquez de Rodríguez. La vivienda tenía unos escalones enormes, muy altos, que me resultaban difíciles para entrar a su casa, que fue demolida para levantar una torre.”

    “Yo recuerdo a la abuela Gabina, mulata, que murió a los 91 años. La recuerdo con la ropa que se usaba entonces, vestido largo ancho, negro con un vuelo grande hasta abajo; ancho el vuelo; y ella entraba subiendo los escalones con una gigantesca cesta donde tenía la ropa que recolectaba de los domicilios y entraba a su casa para lavar y planchar. Yo terminé la Escuela Normal con los delantales de la época mía planchados por Doña Carmen, que era una institución. La hija de Gabina, trabajó en la intendencia muchos años.”

    AL MARGEN

    Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a[email protected][email protected] y/o[email protected]

     

     

     

     

     

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