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miércoles, agosto 10, 2022
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    La semilla de progreso del INTA en los clubes rurales

    Para doblegar la resistencia de la cultura rural a la incorporación de nuevas técnicas, el INTA sostuvo a lo largo de dos décadas una experiencia de extensión recordada, desde la creación de clubes juveniles. Estos espacios, reunidos en torno a ejes como la acción, la amistad, la ayuda y el adiestramiento, fueron la versión local de una iniciativa estadounidense y tuvieron un fuerte impacto.

     

    Rubén I. Bourlot / [email protected]

     

    El 4 de diciembre de 1956 se creó el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) mediante un decreto del gobierno de facto denominado pomposamente “Revolución Libertadora”. Los artículos y fundamentos de su creación remarcaban la importancia de “impulsar, vigorizar y coordinar el desarrollo de la investigación y extensión agropecuaria y acelerar con los beneficios de estas funciones fundamentales la tecnificación y el mejoramiento de la empresa agraria y de la vida rural”. Años después, al calor de la institución y apuntando a los más jóvenes, comenzaban a organizarse con clubes juveniles 4A.

    En esos tiempos los gobiernos que sucedieron al derrocado presidente constitucional Juan Domingo Perón ponían énfasis en desmontar el sistema de planificación económica diseñado durante los gobiernos peronistas y en “modernizar” el sistema productivo amparados en la ola desarrollista que soplaba en América Latina propiciado por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) y luego la Alianza para el Progreso impulsada desde Washington.

     

    Apuntar a la juventud

    La modernización de la producción agropecuaria se iba a desarrollar a través de la incorporación de los híbridos tanto en la agricultura como en la producción avícola que eran procesos de selección genética realizadas por compañías norteamericanas que ahora irían a ser promovidas por los asesores del INTA y otros organismos. También preveía ayuda técnica para promover el desarrollo tecnológico, la elevación de la producción y la productividad agrícola. Pero esto no era suficiente para lograr que el productor abandonara sus prácticas tradicionales.

    “Los agricultores adultos, sin embargo, no aceptaban fácilmente las nuevas enseñanzas propuestas por los técnicos de los servicios de extensión y prefe­rían continuar trabajando con los conocimientos y tecnologías de sus esferas de acción. Las alternativas para solucionar ese problema fueron la ampliación de la enseñanza agrícola y la creación de clubes de jóvenes para formar a los futuros agricultores”, escribe un autor.

    Para lograrlo apuntaron a los hijos e hijas de los productores. Así se trajo aquí también un modelo de organización de la juventud rural que funcionaba en EEUU, los clubes 4H. Estos se constituían en espacios de sociabilidad, como nicho para com­partir conocimientos, de perfeccionamiento de las habilidades de liderazgo, de aprendizaje de las técnicas de organización social, de planeación y con­ducción de reuniones, así como de organización de los pensamientos y de las formas adecuadas de expresarlos. Y eran verdaderas instituciones de aprendizaje continuo de la juventud que por aquella época no asistían al sistema de la enseñanza formal.

     

    Los clubes 4A y Hogar rural

    En la Argentina, a fines de la década de 1960 los clubes 4A (Acción, Amistad, Ayuda y Adiestramiento) comenzaron a organizarse en la órbita del INTA a través de sus respectivas agencias de extensión. Los mismos estaban a cargo de extensionistas y asesores que iban por los pueblos y colonias incentivando la formación de grupos. Su funcionamiento se sostenía a partir de reuniones periódicas, generalmente quincenales que convocaban a los jóvenes en alguna escuela, club y otro sitio público. Un extensionista recuerda que “los capacitábamos en materia agronómica y los estimulábamos a elaborar proyectos.

    Debíamos elevar las capacidades económicas, culturales y educacionales de la población juvenil rural en sus lugares de pertenencia (…)” pero “no sólo hacíamos un trabajo técnico. También incorporábamos actividades sociales: teatro, baile, cine, excursiones. Había que motivar esa mirada. El primer paso era generar confianza. Utilizábamos su lenguaje, términos conocidos, y los hacíamos sentir importante en lo que hacían.” (Herman Zorzin, extensionista de Venado Tuerto, Santa Fe).

    En Entre Ríos los clubes se desarrollaron alrededor de las agencias de extensión de las tres Estaciones Experimentales del INTA (Concordia, Paraná y Concepción del Uruguay). Como lo manifiesta el citado Zorzin en las reuniones se brindaban charlas técnicas, proyección de filmes para mostrar el desarrollo de cultivos, técnicas de laboreo y funcionamiento de la maquinaria. También se distribuía material informativo, revistas especializadas y la publicación oficial 4A Noticias.

    En ese tiempo la llegada al campo de los medios de comunicación era escasa. La radio era el predominante y algunos periódicos que se enviaban por correo. Internet era como una fábula de Julio Verne. También se asesoraba a la juventud que pretendía emprender alguna actividad distinta a la de sus padres como la producción hortícola o la apicultura. No se dejaba de lado, como se menciona más arriba, la función recreativa. Cada tanto se organizaban proyecciones de cine, encuentros deportivos, encuentros familiares con juegos y demostraciones.

    Pero no todo quedaba en los clubes 4A que estaban orientados a los varones, aunque no estaba vedado el ingreso de jóvenes mujeres. Para ello también funcionaban de manera paralela los clubes Hogar Rural con actividades que se consideraban “femeninas” como el aprendizaje de elaboración de dulces y conservas, mejoramiento de las viviendas y todo lo que tuviera relación con la vida hogareña.

    Las condiciones de la vida rural

    Un autor nos ilustra sobre el tema. “Los Clubes del Hogar Rural participaron activamente para la difusión de mejoras en las condiciones de vida en el agro. Se destacaron las consignas que apuntaban al mejoramiento del hogar, con indicaciones sencillas acompañadas por imágenes y textos que explicaban cómo acondicionar dormitorios y cocinas; qué tipo de productos consumir y en qué época del año eran aconsejables para seguir una alimentación saludable. Consejos de costura, primeros auxilios, puericultura, administración del hogar y servicios sanitarios, eran algunos de los temas sobre los cuales versaban los fascículos.” (Maximiliano Ivickas Magallán, El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (1956-1966).

    En la agencia de extensión del INTA Concepción del Uruguay durante muchos años los asesores César Seró e Inés Martinetti recorrían los polvorientos caminos de su jurisdicción para asesorar a los jóvenes de los clubes en una de las características Estancieras IKA.

    Sin haber agotado su valiosa función de fomentar la radicación de la juventud en las zonas rurales, otro gobierno de facto en 1976 resolvió que ya no servían a sus propósitos iniciales y dejó caer el proyecto a la par que vació las agencias de extensión expulsando de su seno a un importante número de técnicos. Los jóvenes rurales entraron en un proceso de orfandad, muchos emigraron a las ciudades, y el INTA poco a poco dejó de “ir al campo”. Se transformó en un organismo de transferencia de tecnologías para unos pocos. A partir de 1983 es otra historia.

    Para seguir leyendo

    Ivickas Magallán, Maximiliano, El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (1956-1966), en Realidad Económica 310 / 16 de agosto al 30 de septiembre de 2017 / Págs. 87 a 114.

    Bevilaqua Marin, Joel Orlando, Juventud rural: una invención del capitalismo industrial en  https://inta.gob.ar/noticias/reconocimiento-a-un-extensionista-de-pura-cepa

     

     

     

     

     

     

     

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