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    Museo Puerto Ciencia: un lugar donde se juega para aprender

    El Museo Interactivo Puerto Ciencia está cumpliendo sus primeros 25 años. Este acontecimiento justificó que EL DIARIO contacte a dos referentes para repasar sus orígenes y desandar desafíos del presente y del futuro de este espacio educativo vecino a la Estación Ferroviaria, ubicado en calle Racedo.

     

    Mónica Borgogno / [email protected]

     

    Un colorido reloj solar, una réplica del alfabeto maya y los códigos de la lengua de señas son una suerte de antesala de los juegos didácticos e interactivos que se encuentran al interior del galpón -en el predio del ferrocarril, en Paraná- en el que funciona el Museo Puerto Ciencia.

    Una cartelería vistosa invita a descubrir el universo de las estrellas y mirar con lupa algún pequeño fenómeno de la vida cotidiana.

    No es un museo exclusivamente para los más chicos ni tiene la premisa de no tocar, sino todo lo contrario: la propuesta consiste en tocar con las propias manos, apretar botones, y observar, para sentir, hacerse preguntas, y al mismo tiempo sumergirse en diversas experiencias. En definitiva, se trata de un sitio que da la bienvenida a todo sujeto que se precie de curioso.

    Así, tornar popular y accesible el conocimiento científico y, simultáneamente, descubrir principios de la ciencia es la misión principal de esta institución que depende de la Universidad Nacional de Entre Ríos.

    El ingeniero César Osella estuvo al frente del Museo entre 2014 y 2018 aproximadamente. EL DIARIO fue en busca de su palabra para conocer cómo es que surgió esta iniciativa de divulgación y popularización de las ciencias. “Nace como inquietud de tres docentes del primer año de la carrera de Bioingeniería de la UNER -Agustín Carpio, Roberto Ronchi y Jacinto Corujo-, que observaban ciertas dificultades de los ingresantes para la comprensión de algunas asignaturas. Notaban diferencias entre habilidades cognitivas que debían tener para ingresar a la facultad y sus conocimientos reales, es decir que había una brecha entre las capacidades necesarias para desenvolverse en el ámbito universitario y en particular en Ingeniería”, prologó, antes de agregar que, “los tres creyeron que a partir de ciertas prácticas educativas se podía disminuir esa brecha, ya sea para estudiantes de la facultad o estudiantes en general. Con esa premisa, comenzaron a estudiar alternativas para mejorar la comprensión de distintos fenómenos. Hicieron mucho hincapié en que la enseñanza debía estar avalada por la experiencia, lo que significó poner en valor ciertas teorías cognitivas y el diseño de dispositivos para la enseñanza de algunas materias como Física o Matemática”, recordó Osella, antes de añadir que las propuestas han sido realizadas con materiales de bajo costo y elementos reciclados.

    No todos saben que en uno de los galpones del ferrocarril funciona el Museo interactivo Puerto Ciencia. FOTOS: Juliana Faggi.

    Aval

    Con el interés y apoyo del Conicet, que ayudó a financiar libros, organizar eventos y divulgar actividades que fueron haciendo estos tres pioneros, se dieron los primeros pasos. En efecto, hacia 1990 el museo se integró a la Red de Popularización de la Ciencia, un colectivo Latinoamericano promovido por la UNESCO, de grupos e instituciones que trabajan en Divulgación y Popularización. Luego, el ingeniero Agustín Carpio, director del Museo desde su creación, llevó adelante la idea de fundar la Asociación Argentina de Centros y Museos de Ciencias y Tecnología (AACeMuCyT), que cuenta con la participación de entidades de todo el país.

    Finalmente, en 1996 empezó a funcionar el Museo Interactivo con sus primeros módulos que, por ejemplo, sirvieron para conocer principios de la Física y la Química. Así, a partir de la interacción, la gente puede resolver problemas, dudar, y al mismo tiempo formularse nuevas preguntas. En suma, recorrer placenteramente las dimensiones del pensar.

    “Venía una persona y veía que había una pelota flotando el aire y se preguntaba por qué ocurría eso, o por qué un cuerpo se puede levantar más fácil con el uso de poleas que sin ellas”, graficó el entrevistado, antes de explicar que, “la propuesta consiste en recorrer cada uno de los módulos de manera autónoma o guiado”, y que, “Puerto Ciencia se diferencia de un museo tradicional porque aquí está prohibido no tocar. Sólo hay que administrar las propias ansiedades y necesidades”.

     

    Aprehender

    En los primeros años del museo, estudiantes universitarios de distintas materias hacían sus prácticas y contribuían en la elaboración de módulos didáctico-lúdicos.

    “El museo poco a poco se fue abriendo a la comunidad y a las escuelas. De este modo los alumnos podían entender de manera más realista lo que se explicaba en las aulas”, acotó Osella, al tiempo que aportó un ejemplo de las reacciones recurrentes de varios visitantes y su mirada acerca de los conceptos, las teorías y los experimentos. “Escuché muchas veces ‘si en la escuela me lo hubieran explicado de esta forma; lo hubiera entendido como me pasa ahora’, aplicado, por ejemplo, a la explicación del cuadrado de un binomio o el teorema de Pitágoras. Muchos conceptos, nociones y teoremas son difíciles de entender porque son abstractos y a veces las escuelas lo desarrollan así para precisamente ejercitar la capacidad de abstracción, pero es necesaria la experiencia práctica”, indicó.

    Al ser consultado sobre la enseñanza de las ciencias, Osella observó: “Percibo una dicotomía entre la teoría y la práctica y desde mi punto de vista son complementarias, no hay una competencia entre uno y otro método, ambas contribuyen a una mirada más profunda y sustentable en el tiempo. El problema es que, a veces, cuesta más conceptualizar, a causa de los avances tecnológicos, que hacen que la interacción entre personas e imágenes y computadoras sea muy intensa”, explicó, antes de insistir con que “ambas dimensiones son necesarias, si solamente nos quedáramos con la experiencia práctica todo nuestro acervo cognitivo sería a prueba y error y eso nos resultaría costoso en esfuerzo humano e intelectual”. Fue entonces cuando propuso que “hay que comenzar a comprender el fenómeno desde el punto de vista práctico para poder hacer una elaboración teórica”.

    Bratovich y Porte insistieron en la necesidad de que dialoguen la escuela con el museo para que el aprendizaje en ciencias sea más enriquecedor. FOTOS: Juliana Faggi.

    Sin fronteras

    El diálogo con Osella también sirvió para repasar aspectos referidos a su gestión. “La prioridad fue mejorar y aumentar el patrimonio humano del museo, así como abrir el espectro a otras actividades e involucrar e interactuar con toda la sociedad”, puntualizó. En otras palabras, “trascender las fronteras físicas del museo”.

    En efecto, bajo su impronta se hicieron numerosos proyectos que la pena repasar: se desarrollaron pasantías con estudiantes del último año de la secundaria; se construyeron módulos itinerantes, un remolque para llevar esos módulos a otros lugares de la provincia y del país; se hizo una fábrica de papel reciclado, y se montaron talleres para jardines de infantes con la idea de que los más pequeños pudieran conocer a las asclepias, (unas plantas que hospedan a las mariposas monarcas) y así ser testigos de su metamorfosis.

    En particular, los alumnos de secundaria podían pasar horas capacitándose como guías del museo o bien ideando y construyendo otros módulos. “El fin del museo es que las personas puedan pensar, dejar de lado el fanatismo y fe ciega en lo que está escrito; cuestionarse así qué otras formas hay, y chequear si lo que aprecio es real, analizar lo que me dicen y ponerlo en tensión porque, por caso, todos usamos un celular, pero poco sabemos del aparato. Muchas veces sabemos sólo lo que nos quieren decir y el que no comprende se siente perdido. Nosotros creemos que cualquier persona es capaz de entender, pero para eso es preciso tener una mente abierta, ser amigo de la tecnología y que comprenda que las verdades son construidas”, expuso el entrevistado.

    Otro sello de la gestión de Osella fue la incorporación de propuestas teatrales y su diálogo con las ciencias, acaso para romper con el imaginario social que liga el quehacer científico sólo a las ciencias exactas. “Nosotros creemos las ciencias son las duras y las blandas, las exactas y las ciencias sociales. Así que comenzamos a indagar en arte y ciencia para llevar varias iniciativas de teatro científico con compañías de teatro independiente. En 2013 tuvimos las primeras obras y para mi sorpresa, no volaba una mosca, estaban todos muy atentos y nos dimos cuenta que el teatro como actividad social no forma parte de la agenda de los chicos y adolescentes, por eso nos pareció un acierto esa propuesta”, rememoró el entrevistado, antes de contar que “recientemente se hizo Estudio sobre un cuerpo improbable, que tiene mucho de equilibrio acrobático y sirve para plantear dudas cósmicas, por ejemplo”.

     

    Conocer, también significa frustrarse

    Una marca de la época actual es la necesidad de la gratificación inmediata, aspecto que conspira contra el largo plazo y las diversas etapas que implica el aprender, el debatir, el equivocarse y volver a empezar de nuevo. Osella contó que algo de esto observaron en las nuevas generaciones. “Cuando empezamos a trabajar con los jóvenes que realizaban pasantías -sin importar si origen social- detectamos algunos patrones: que todo lo que hicieran tenía que ser ya y exitoso. Cuando construían los módulos, por ejemplo, si no les salían, inmediatamente perdían el entusiasmo. Entonces había que explicarles que las cosas que hoy son un éxito llegaron a serlo gracias a numerosos fracasos anteriores”.

     

    Desafíos del ahora

    Para hablar del presente y porvenir del Museo Puerto Ciencia, EL DIARIO fue hasta su sede, Boulevard Racedo 450, para conversar con la actual directora, la bioingeniera Celina Bratovich. La docente tiene ante sí el reto de continuar la obra de Osella y aggiornar el espacio a los tiempos que corren.

    Actualmente el salón cuenta con 32 juegos. Esos espacios de exploración y experimentación están referidos a la física, la óptica, el efecto de la presión, y los cambios en la densidad de los líquidos, entre otros.

    La razón de ser del predominio de esas disciplinas está asociada justamente con los orígenes institucionales. “La mayoría tienen que ver con la física porque el motor principal del museo han sido los problemas que los ingresantes tenían con el aprendizaje de estas materias. Además, son los más fáciles de representar, porque la física está presente tanto en los laboratorios como en nuestra vida cotidiana”, inidicó la directora, antes de asumir que “fue un desafío fuerte aceptar la propuesta de estar al frente de este museo, dada su trayectoria en Latinoamérica. No olvidemos que Puerto Ciencia fue miembro fundador de la Red Latinoamericana de Popularización de la Ciencia (Red Pop) y eso significa hacerse cargo de las expectativas de un número importante de personas e instituciones de valía dentro del campo”.

    En ese sentido, Bratovich expuso que, “como objetivo de trabajo figura el seguir el contacto con esta gente que está haciendo lo propio en otros puntos del continente, porque entendemos que de esta manera se potencia la tarea diaria”.

    Los distintos juegos invitan a hacer música, constatar la hora en el reloj solar del ingreso o experimentar con distintos líquidos y sus densidades. FOTOS: Juliana Faggi.

    Otra formación

    Durante la entrevista Bratovich contó que le interesa poner en diálogo la educación formal y no formal en el abordaje de las ciencias. En ese sentido, indicó que acaban que firmar un convenio con “el Centro Interactivo de Ciencia y Tecnología – CICyT- Abremate, de la Universidad Nacional de Lanús, con la intención de capacitar docentes- autoguías, que repliquen esas enseñanzas y estrategias a colegas de Paraná y zona, para que puedan aplicarlo en las aulas. Queremos retomar contacto con la educación pública como espacio pedagógico porque no debería haber diferencias entre la educación formal y no formal, no queremos que lo que se enseña de ciencias en las escuelas sea aburrido, como suelen decir los chicos”, especificó Bratovich.

    Por estas razones llevaron la propuesta al Consejo General de Educación, para llegar a todas las escuelas y niveles. La iniciativa tuvo buena acogida y sembró expectativas. “La idea es que a partir del año que viene se indague cuál es la demanda de los establecimientos educativos porque, en 2018, cuando coordiné el programa La ciencia va a la escuela, pude apreciar la existencia de necesidades e inquietudes”, señaló. Ante una consulta, agregó que “El programa La ciencia va a la escuela, consistía en convocar a investigadores que pudieran hacer sus experimentos en la escuela, con la idea de lograr transmitírselo a los docentes. Y así nos encontramos con muchas escuelas con laboratorios bajo llave, porque no los sabían usar y querían aprender a ocuparlos. Ese programa me marcó también que hay mucho por cubrir en materia de formación docente en ciencias y una modalidad práctica”, sostuvo.

    Qué es lo que la condujo al camino de la divulgación de las ciencias, se le preguntó. “El asombro de los chicos es lo que más me motiva a trabajar en esto, porque la curiosidad es lo que los mueve a ellos a conocer”, expresó.

    También se la consultó sobre la inmediatez de la vida moderna. “Eso conspira contra el quehacer científico. La constancia y el desarrollo de la paciencia son clave para hacer ciencia. De hecho, hay que decir que cuando se visita el museo no siempre se es consciente del trabajo que implica conformar los módulos, lo que involucra incluso la elección de los materiales, dado el uso intensivo que se hace de ellos. Tampoco suele verse con claridad el esfuerzo intelectual y físico para materializar una idea. Creemos que todos estos aportes ayudan a constituir la base que necesita todo futuro científico para desarrollarse”, explicó.

     

    Dejarse sorprender

    Exequiel Porte fue el primero en recibir a EL DIARIO. Desde 2013 trabaja en este lugar, como guía y como diseñador de diferentes módulos. Su actitud es la de un docente que quiere contagiar y transmitir, lo que justifica que más pronto que tarde haya guiado con amabilidad a esta cronista y la fotógrafa por algunos de los juegos. Una apretó un botón que al encender un quemador conectado con un globo aerostático hacía que el globo se infle y eleve y, al enfriarse el aire, descienda.

    Luego, de a dos, se jugó con unas pantallas de vidrio con ciertas particularidades, donde una persona enfrentada a la otra, debía encender alternadamente la luz de su lado, con lo cual se provocaba ópticamente la graciosa mezcla de ambos retratos, como el efecto de la aplicación Snapchat.

    Durante sus años de trabajo, Porte colaboró en la  construcción de módulos sobre palancas y poleas; y otros referidos a matemáticas. Actualmente tiene intención de hacer uno sobre el llamado Número de oro o la famosa espiral áurica.

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