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viernes, diciembre 3, 2021
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    El temperamento del río en la identidad de una comunidad

    Con sus ciclos tan distintos a los de la existencia humana, el río modela en su lento peregrinar no sólo el paisaje sino el carácter mismo de las comunidades que se despliegan desde sus orillas. Del fenómeno somos más conscientes en situaciones extremas, tanto de inundaciones como de sequías.

     

    Griselda De Paoli / [email protected]

    Los ríos han sido ejes esenciales de los asentamientos humanos. Tempranamente ha sido clara la potencialidad para la subsistencia, la movilidad, el contacto con otros pueblos. Agua para el consumo, vía navegable, con agregados técnicos más tarde, potenciados con viaductos, puentes, puertos.

    Pero, aunque nos abren todas esas perspectivas, los ríos tienen su temperamento, pueden reacomodar sus cursos, o crecer tremendamente en tiempo de lluvias o pasar a otro extremo y amenazar con desaparecer, con dejarnos. Su presencia exagerada nos asusta por las consecuencias que han generado siempre las crecientes, pero su minimización, su casi ausencia es impensable, nos aterra, no solo por sus implicancias, también porque apunta a nuestra esencia de paranaenses.

    Aquí, junto al río nació el caserío que se transformó en villa de la Bajada y floreció como ciudad, tomando el nombre del río. Este es el mismo río por el que con una gran dinámica circularon los ribereños plásticos, los guaraníes, por el que cruzaron con ejércitos Belgrano, Ramírez, Urquiza; junto a este río, se puso en funcionamiento la República, aquí, junto a este río se formaron los maestros que contribuyeron, siempre y en todo lugar, a formar ciudadanos argentinos.

    De espaldas

    Pero, el crecimiento urbano fue alejando y desconectando a la gente, de su río y el crecimiento de industrias aportó a su contaminación, aún desde lejos.  Lo que es más, el potencial de transporte que ofreció y ofrece, ha sido desestimado frente al asfalto y aquella infraestructura que formó parte de un río altamente transitado va desapareciendo, no queda ningún muelle de madera en nuestro puerto, no ha sido preservado y, los edificios del puerto aún en pie, tienen destino incierto. Por qué no un Museo del Puerto, hay mucho para preservar y para mostrar en Paraná.

    Volver a pensar el río como una parte más que importante de la planificación urbana, potenciando en su entorno -siempre preservando el espacio público-  usos deportivos, culturales y gastronómicos convocantes y que impulsen a la gente a integrarlo a su vida diaria, es promisorio. Ya hay algo de esto en movimiento. Tal vez contribuya también, a pensar en cuidarlo, sanearlo y protegerlo como una parte central de nuestro patrimonio común, aquella que nos provee nada más y nada menos que del agua que tomamos diariamente y que nos mantiene vivos.

    En ese temperamento, crecientes y bajantes han logrado conmocionar a la ciudad a lo largo de su historia, como tratando de lograr su atención.

    Mientras hoy, el Paraná está lejos de sus niveles normales, la marca de aguas bajas, afecta la vida ambiental y social, pone en riesgo humedales y lagunas y en consecuencia a los peces, y al ganado que pasta en las islas y demanda modificaciones técnicas para garantizar la provisión de agua a la ciudad. Es la bajante más importante del que se tenga registro y más preocupante aún su larga duración.

    La inundación de 1905, según el maestro y aficionado a la fotografía Cirilo Amancay Pinto. Gentileza: Museo Histórico.

    En los medios

    Sin embargo, han sido más frecuentes las crecidas del río, aunque, dicen los que saben, que se trata de cuestiones cíclicas. El tema es que en 1878 los diarios El Demócrata y El Argentino, por un lado, anunciaban que, ante la afluencia de paseantes, la Empresa del Tramway presentaba la banda de música “La Paranaense”, que, ubicada en el muelle, amenizaría con escogidas piezas las tardes estivales a partir del 29 de setiembre, todos los domingos de tres y media a seis de la tarde”.

    Pero también hablaban de la creciente de ese año, “una de las más altas de que se tenga memoria”. Ocurrió entre los meses de marzo a julio y se elevó en esa parte de la costa “a treinta y un pies ingleses, siendo su estado regular de doce a dieciséis pies”, señala Ofelia Sors.

    Los perjuicios ocasionados fueron muy grandes y graves. Por ejemplo, destruyó una parte del muro de piedra que defendía el camino del tramway mencionado, entre el edificio de la Aduana y el muelle, provocando alteraciones del camino y el derrumbe de paredes de algunas de las casas que quedaron bajo el agua con más de dos varas y ranchos totalmente destruidos.

    Nos relata también Sors, que la Corporación Municipal, años antes, había intentado una nueva construcción del puente de acceso al Puerto Viejo pero, ayer como hoy, la falta de presupuesto impidió que la obra se concretara según lo planificado y solo pudieron llevarse adelante, con escasos fondos, acciones de mantenimiento.

    El puente fue reforzado con durmientes de hierro, piso y barandas de madera dura, completado su resguardo con terraplenes a los costados y en las cabeceras. Pero a poco de ser habilitado al uso, con el pago de un derecho de peaje, fuertes temporales y una gran creciente lo destruyeron totalmente, obstaculizando la única vía de comunicación de la ciudad con el Puerto, vía de la que hemos hablado cuando consideramos el circuito del tranvía a caballos.

    Otra creciente extraordinaria fue la de 1905 que llegó a los 6,95 metros y que ocasionó cuantiosos daños. Esta vez, el “Puerto Viejo quedó totalmente bajo las aguas llegando la inundación hasta la cancha cerrada de Onaindia.  Cerca del Parque Urquiza, cuenta Ofelia Sors, el agua ascendía hasta el pie de la barranca, y el tramway sólo se aproximaba al arroyo Antoñico, sin poder continuar su camino por la calle del puerto, dados los impedimentos señalados”.

    Hasta las vías

    Hubo otros daños relevantes. En Bajada Grande, la inundación afectó cereales acopiados y el tren que llegaba normalmente hasta allí, al cubrir el agua las vías, debió inhabilitar sus viajes diarios. “También las obras comenzadas en el Puerto Nuevo, quedaron paralizadas entonces debido a que el agua había penetrado en las excavaciones y mucho del material de construcción reunido allí habíase perdido”, decía El Entre Ríos.

    Más avanzado el tiempo, muchos recordarán la creciente de 1983, que también alcanzó niveles increíbles. El agua superaba la costanera lamiendo la vereda y solo se veían los techos de las instalaciones de los clubes sobre la costa. Localidades aisladas, personas evacuadas, viviendas de la costa cubiertas por el agua, desmoronamiento de barrancas. “Lo de 1983 fue excepcional. Picos muy pronunciados de distintas oscilaciones ocurrieron al mismo tiempo y se sumaron para formar la mayor crecida del siglo XX”, señala el especialista Antico.

    Pero volvamos al comienzo, hasta hace muy pocas semanas, de manera angustiante veíamos aparecer el fondo del río, una boya y viejas embarcaciones hundidas hace tiempo, la dársena en seco con pasto creciendo. Algo impensado, se podía cruzar a la isla a pie porque esta vez es el río el que se alejó de la ciudad, nos puso en jaque con el agua, con la pesca, con la navegación, con los deportes.

    Como vemos, el río y la ciudad son términos de una misma ecuación. No se puede pensar a Paraná sin el río, ni al río sin Paraná. Necesitamos sostener esa ecuación y proteger la relación que implica de manera responsable, todos los días, con cada cosa que hacemos. Es nuestra esencia paranaense.

    AL MARGEN

    Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected], [email protected] y/o [email protected].

    Las pulsaciones del río no pasan desapercibidas para los que se asoman a sus orillas para contemplar lo pasado y lo por venir. FOTO: Juliana Faggi.

     

     

     

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