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viernes, diciembre 3, 2021
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    San Martín, salvoconducto hacia las galaxias del sur

    Desde Gualeguaychú/Bavio al sur, San Martín mezcla aromas, perfiles, colores y texturas que oscilan entre lo barrial y lo suburbano. La calle, que tiene un sector peatonal y otro de distinción constructiva cercano al parque, encuentra en estas últimas cuadras un perfil cambiante por grados, lo que constituye una peculiaridad.

     

    Víctor Fleitas

    [email protected]

     

    Una desembocadura de cuadras tan barriales y hasta periféricas le impide vislumbrar a San Martín sus orígenes de alcurnia. De hecho, aquellas ramas sureñas en las que el ladrillo y el cemento dan por perdida la batalla y ceden ante la tierra baldía, provienen de un tronco comercial formidable que -aguas arriba- atraviesa el casco central y le da sentido de orientación. Pese a las vicisitudes presentes, esa zona en la que los peatones son amos y señores del espacio público ha escrito los capítulos de mayor progreso en la historia misma de la ciudad.

    En efecto, entre Gualeguaychú/Bavio y Colón/Gardel, la calle San Martín es un espejo embaldosado ante el cual residentes de todas las edades y condiciones se acomodan el pelo mientras lamen sus desolaciones cotidianas.

    Más allá de lo que indique la estética asceta de sus locales comerciales, el segmento medio de San Martín no es mucho más que un mercado persa. Es un punto de encuentro, sí, pero no para lo mismo: las clases influyentes lo visitan de paso, para buscar aquello que precisan y que disfrutan en otra escenografía; para los grupos subalternos el placer es empilcharse para recorrer las marquesinas y flotar en esa atmósfera de consumo que, si los abarca puntualmente, será gracias a políticas de financiamiento. A ambos colectivos los miran de reojo los que se preguntan cuál es el secreto para adquirir capacidad de compra y los que temen caer al precipicio buscavidas desde donde hay que acostumbrarse a mirar sin tocar, a imaginar sin poder adquirir.

     

    Distinguida

    Más allá de Colón/Gardel, en la profundidad de su traza circunspecta, las raíces de San Martín se abren paso subterráneo en un paraje de casas coquetas, ampulosas, atractivas, y no cesan hasta que logran desgarrar las entrañas de gramilla del aterrasado parque, junto al río acechante.

    Unas veces como mera salida del atiborrado microcentro y otras como enlace metafórico por donde los desvelos proletarios van al encuentro imaginario de los sueños que la ciudad real les niega, San Martín sur tiene también una personalidad múltiple. Es cambiante, pese a su brevedad: los pliegues de su carácter son bien marcados, notorios. De hecho, sobre todo la primera cuadra mantiene un perfil comercial y de servicios, típico de la peatonal.

    No obstante, emerge allí con mayor claridad el destino residencial de algunos edificios, generalmente de una planta, con fondos que se presumen de generosa extensión.

    Por cierto, mientras un hormiguero de personas va y viene por las veredas angostas, con baldosas hasta el cordón, la mirada encuentra excusas para extasiarse en las entradas de mármol, que prologan el zaguán; los frentes revocados con molduras delicadas, en adecuadas combinaciones de las partes y el todo; las espigadas aberturas de madera o metal; los balconcitos con distinguidas rejas; y los capiteles que no sostienen ninguna columna.

    Desde el cruce con Carbó/Paraguay, San Martín entra en un declive que también refiere a la calidad constructiva de las casas. Para compensar, desde Feliciano la calle incorpora el tesoro de un arbolado amable, que a veces ondula las veredas.

    Luego de Feliciano, los árboles ganan presencia en el espacio público. Fotos: Gustavo Cabral.

    Conversadores

    Hasta Ituzaingó, debajo del pavimento flexible luce su firmeza el antiguo empedrado. Correspondientemente, los cordones son de granito: cada metro reserva historias y relatos que vecinos de distintas generaciones han ido compartiendo, muchas veces en tono de confidencia.

    Una primera impresión es que algo en estas cuadras hace que las personas se comuniquen: los caminantes conversan animadamente sobre la salud de sus hijos o el trabajo que se retacea; los propietarios se encuentran en la acera y comparten secretos para combatir las hormigas negras; los vendedores ambulantes discurren sobre la marcha de la economía con amas de casa de delantal.

    Mientras el pajarerío alborota las ramas y cables, San Martín sur es un aquelarre de clases sociales, que se intensifica a partir de las vías del ferrocarril, con el complejo de viviendas. El detalle se nota en los rodados que se olfatean en las bocacalles: un auto desvencijado y gruñón, la camioneta lustrosa, el modelo con la suspensión intervenida que le saca chispas al asfalto, el vehículo viejo con llantas extravagantes, el coche importado de origen chino o europeo y el carro cargado de cartón.

    Más allá del complejo de calle Ituzaingó, San Martín se convierte en una madeja vial. Fotos: Gustavo Cabral.

    Nudos

    Más adelante, sobreviene una ensortijada madeja vial, que pone a prueba la capacidad de repentización de los conductores. En ese punto, San Martín es un claro en la selva edilicia. Se trata no obstante de un peligroso cruce, heredero del entubamiento del arroyo Antoñico, constituido por San Martín y por la doble calzada con amplio cantero central de Pronunciamiento.

    La trama vial conforma allí una curiosa rotonda que está lejos de ser circular, en cuyo centro geométrico, una diminuta escultura de San Juan Bautista hace equilibrio sobre un monolito gigante. Para dejar en evidencia la desproporción, un pájaro barrigón se posa sobre la cabeza del homenajeado y ante el chirrido de una frenada brusca emprende vuelo.

    En fin, en la memoria de la travesía, el presente y el pasado se yuxtaponen: la vecina del complejo habitacional que se queja porque no podan las tipas, el señor de jogging que espera en la esquina que lo pasen a buscar, los fresnos que desbordan los cuadraditos de tierra en la vereda, la atosigada peatonal, la galería de casas presumidas que llega hasta Mitre. Todas son postales de una misma calle, aunque en su extremo sur San Martín no sea enteramente consciente de ello.

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