27.5 C
Paraná
lunes, diciembre 6, 2021
  • Sociedad
  • Nosotros
Más

    El médico de pueblo que sigue vivo en el recuerdo

    Un señor de vida sencilla, se mantiene fresco en la memoria de muchos en un pueblito rural de Entre Ríos. Médico, filántropo, por haber sido un ser humano excepcional 1º de Mayo honra a Víctor Monzalvo, nombrándolo en una calle y un centro de salud. Al destacar su afabilidad, su disposición y sus campechanos métodos de cura, va un saludo a tantos como él que han dejado una huella imborrable por haber sido buena gente.

     

     

    Rubén I. Bourlot | [email protected]

     

    Los médicos rurales, de pueblos chicos, son protagonistas centrales de la vida comunitaria, tanto como el jefe de la comisaría, antiguamente el jefe de la estación del ferrocarril que ya no quedan, la directora o director de la escuela, el cura, el almacenero.

    El día del médico rural que se recuerda el 4 de julio es precisamente un reconocimiento al notable médico Esteban Laureano Maradona, nacido en esa fecha de 1895, que prefirió internarse en los montes del noreste argentino para llevar su ciencia de curar antes que gozar de los mimos y honores de los cenáculos científicos.

    En nuestra provincia el 26 de octubre de 1981 fallecía un médico del pueblo como lo fue Maradona, Víctor Monzalvo, que ejerció la profesión a lo largo de 44 años en la localidad de Primero de Mayo, departamento Uruguay, donde hoy una calle lo recuerda en muestra de gratitud de sus vecinos y pacientes de toda la vida, una calle que se abraza con otra que lleva el nombre del médico que lo reemplazó a mediados de los ‘70: Pedro Golovko Ballán.

    Desde principios de la década de 1930, más precisamente el 17de noviembre de 1932, Monzalvo se instaló con su consultorio en la pequeña localidad que era estación del ramal ferroviario de Caseros a San Salvador. Por sus manos pasaron pacientes de la localidad y todas las colonias vecinas. Se integró plenamente a su comunidad, fue miembro de la comisión pro “capilla” en 1923, de las primeras comisiones de la junta de gobierno local en la década del ’60, y participó de los equipos de fútbol pioneros de Primero de Mayo como fue el club San Isidro.

    El que vino del campo

    Víctor Monzalvo había nacido en Concordia el 3 de marzo de 1897. Fue bautizado por el padre Benito Trejo en la Parroquia de San Antonio de Padua. Alrededor de 1915 la familia se trasladó a un campo de la estancia El Pantanoso en lo que luego sería la colonia Tres de Febrero, no muy lejos de Primero de Mayo.

    El maestro Francisco Horacio Francou, en su libro el faro de la cuchilla, recuerda a la familia. Casimiro Monzalvo, el padre de Víctor era un “ganadero muy estimado y respetado entre los pobladores de la zona (…). Casado con doña Zelmira Domínguez, de su matrimonio nacieron: Fructuoso, Víctor, Mateo, Eugenio, María Zelmira y Antonia (…).”

    Los hermanos Monzalvo concurrían a la escuela en Villa Elisa, “montados en briosos, bien mantenidos y espléndidamente ensillados caballitos criollos, llegaban al galope tendido por la avenida Gral. Mitre, desde el lado del cementerio (…)”, rememora Francou.

    Cursó el nivel secundario en el histórico Colegio del Uruguay y sus estudios de Medicina en Buenos Aires, donde conoció a quien años después sería su esposa, Elvira Brandolín, nacida en 1889 en el Imperio Austro Húngaro, actualmente el noroeste de Italia. El médico del pueblo falleció en 1981 y su esposa en 1997.

     

    El testimonio de sus pacientes

    Jorge Manuel Brun, hijo de la localidad, lo recuerda: “Ejerció su profesión con esmerada responsabilidad en Primero de Mayo, entre los años 1932 y 1975. Fue un filántropo, sencillamente humanista, y dedicó su vida a la profesión y a la atención de sus pacientes. Estos llegaban a cualquier hora a su domicilio. Podía ser tarde en la noche o por la madrugada. Nunca eran desatendidos, todo lo contrario. A veces por las noches venían a buscarlo pues el enfermo se había agravado y no podía desplazarse. Él iba a su casa de campo a prestar su atención y llevar el aliento que tanto espera el enfermo. En otras oportunidades, cuando la lluvia convertía el pueblo y sus caminos de tierra en un lodazal, la atención podía ser de asistencia a caballo. No había barreras para su humanidad y el deber de su juramento hipocrático. “

    “Pero lo que mejor lo destacaba era el ejercicio de la clínica, o sea de esa mezcla de intuición y sabiduría que lo orientaba hacia el diagnóstico certero, y hacia la derivación pertinente si la solución no estaba a su alcance.”

    “La comunidad supo reconocer su enorme trabajo y honró varias veces en vida y posteriormente. Un Centro de Salud y una calle principal de su pueblo llevan su nombre (…)”.

    Y otra vecina, Ofelia Edith de Elia de Bertolyotti que como tantos fue su paciente, evoca la labor de ese “médico por vocación, médico estudioso e intuitivo, médico sin laboratorios, casi sin radiografías, sin muchos medicamentos, sin gran prosperidad económica, sin ‘status’, sin casa lujosa.” Y continúa la descripción de las limitaciones para ejercer tan digna profesión en “un pueblito con lentas comunicaciones, con distancias largas, sin clínicas ni sanatorios, sin hospitales ni especialistas, casi sin remedios, sin antibióticos, contando muchos años, según sus propias palabras, con las ‘preparaciones magistrales’ del boticario, el siempre recordado don Alfredo Vauthay.”

    Mario Ramírez, nacido en la localidad recuerda los métodos sencillos con los que diagnosticaba: “Cuando tenía unos 8 ó 9 años estaba con fuerte dolor de oído y mis padres me llevaron al consultorio del Dr. Monzalvo. Con un martillito de goma, me golpeó la zona de los oídos para concluir que tenía una infección de oído. Una vez que terminó de revisarme me dijo ‘sentate al borde de la camilla con los pies en el aire…’. Con el mismo martillito de goma me golpeó en la zona de la rodilla y mi pie se movía involuntariamente. Después de repetir varias veces la acción con el mismo resultado, me explicó que eso se utilizaba para probar los reflejos… Hasta el día de hoy, cuando se habla de reflejos, recuerdo la enseñanza del Dr. Víctor Monzalvo.”

     

     

    Para seguir leyendo

    – Bertolyotti, Ofelia Edith de Elia de, (2007), Historia de Primero de mayo, Colón, Birkat Elohym.

    – Francou, Francisco Horacio, (1942), El faro de la cuchilla, Bs. As.

    – Guiffre, Carlos M., Vila Elisa: segunda gesta colonizadora regional, Birkat Elohyn, Colón.

    – Testimonios de Mario Ramírez y Jorge Manuel Brun.

    – Más contenidos sobre nuestra región en la revista digital Ramos Generales disponible en lasolapaentrerriana.blogspot.com

     

     

     

     

     

    RESUMEN DEPORTIVO

    Lo más leído

    Agroclave