Amanda Mayor, la luchadora de la sonrisa inconfundible

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Amanda Mayor, curiosa, dedicada, artífice de memoria.

El talento, la pasión y el dolor profundo por las cicatrices de la historia transformaron a Amanda Mayor en una militante que desde las artes plásticas pronunció un manifiesto maravilloso a favor de la vida. Sus esculturas y murales construyen memoria en espacios públicos de la entrerriana Paraná, la chaqueña Resistencia y las suizas Nax y Bramois, en el lejano cantón de Valais.

 

Angelina Uzín Olleros | [email protected]

 

Theodor Adorno se preguntó si era posible escribir poesía después de Auschwitz. La respuesta fue que pronto los y las sobrevivientes de ese campo de exterminio comenzaron a derramar en sus libros testimonios sobrecogedores del horror que habían conocido. Anna Frank, Primo Levi, Elie Wiesel, Jean Améry, Imre Kertész, son algunos de las y los testigos que dejaron rastros de esa memoria del holocausto y la shoá.

En Argentina, la lucha de las víctimas y familiares de la dictadura cívico-militar se expresó a través de la poesía, la música, la pintura, la escultura, el teatro, el cine. Se trató de la construcción de una memoria engendrada en un profundo dolor personal que lentamente se transformó en experiencia colectiva.

En esta tradición se inscribe la huella de Amanda Mayor. Su lucha por los derechos humanos comenzó tras el asesinato de su hijo, Fernando Piérola, en la Masacre de Margarita Belén el 13 de diciembre de 1976 en la provincia de Chaco.

 

Su propio árbol

Amanda era hija de Luis Felipe Mayor descendiente de suizos y de Amanda Gazzano, de la colectividad italiana. Vale la referencia para entender otras asociaciones, como que la infancia de Amanda Mayor transcurrió en el Parque Gazzano que tenía su abuelo José. Solía repetir Amanda que José fue uno de los precursores de la ecología.

Así, desde pequeña cultivó un tipo de amor por la naturaleza, y un especial respeto hacia ella. De hecho, aprendió a defenderla como también a los edificios antiguos, la arquitectura y la cultura de su pueblo. En su juventud también valoraba la poesía y por su romanticismo se enamoró de un profesor de literatura que le leía poemas en ese mismo parque.

Héctor Piérola era diez años mayor que ella. Cuando se casaron Amanda tenía veinte años. Formaron juntos una familia muy unida; tuvieron seis hijos: Álvaro, Fernando, Gustavo, María Luz, Cristela y Emilce, que educaron con todas las características de una familia de clase media. Sus hijos e hijas recuerdan cuando su padre enseñaba en escuelas y ella era profesora de inglés, dando clases particulares en su casa. Llegó a tener hasta setenta alumnos.

En el año 1974, Amanda se separó de Héctor, lo que significó la crítica punzante de la gente allegada: no era usual ver en esa época parejas que se divorciaran. Ella empezó a estudiar en la Escuela de Arte y se recibió de profesora de cerámica y pintura. También aprendió el idioma italiano, obtuvo el título de profesora, ganó una beca y viajó a Italia. Este viaje no era el primero, ya que había estado en Europa con su esposo. Le interesaba conocer otras sociedades y ampliar aún más su capital cultural e intelectual. De hecho, fue varias veces a Europa, a Estados Unidos, Brasil, Centro América, a Perú, Venezuela y Colombia, a Cuba, a Grecia, y a Turquía.

 

Escenarios

Los vientos tormentosos de la política argentina dejaron su marca. Como madre padeció el tremendo sufrimiento de perder a su hijo por la desaparición forzada de personas llevada a cabo en la dictadura, sufrió el exilio de otro de sus hijos y la vida en la clandestinidad de otros más. Sus manos esculpieron y pintaron en tantas figuras los trazos de la memoria, la búsqueda de la verdad y la necesidad de justicia. Amanda fue una gran luchadora, una mujer ejemplar, que pudo como tantas otras madres tener la entereza para seguir adelante y no privarse, a pesar de todo el dolor, de darnos una sonrisa. En Paraná cada 24 de marzo su escultura en la Plaza Sáenz Peña espera a los y las que se congregan para marchar.

En ese carácter, Amanda fue cofundadora de la Asociación de Familiares y Amigos de Desaparecidos Entrerrianos y en Entre Ríos (AFADER) creada en 1995. Se publicó póstumamente un libro, Amanda, Dolor y Esperanza, con sus textos, poemas y cartas, la mayoría relacionados con su hijo Fernando desaparecido en 1976  y con su lucha por justicia en ese lugar. Ese material fue compilado y ordenado por su familia.

 

Querer y poder

En un escrito suyo, de notable actualidad que nos interpela para siempre, Amanda plantea: “si yo pudiera insuflar la fuerza necesaria para cambiar el rumbo de pobreza y de entrega que consume a los desamparados. Si yo pudiera prender la llama interior de cada uno para que destierre el lamento y nazca a la fuerza de una lucha solidaria y generosa. Si yo pudiera cubrirlos con el sol que abriga mi soledad, sentirlos como a verdaderos hermanos, percibir la dicha de hacer, de construir, Si yo pudiera perdonar y también pedir perdón. Si yo pudiera dar un poco más, sin pensar que ello me dejaría vacía, sino enriquecida. Si yo pudiera cortar de raíz, con energía, la mala hierba del jardín de nuestras vidas, y dejar crecer el árbol de la fe, del amor, de la esperanza y de la justicia por la paz y el equilibrio del hombre. Si yo pudiera acariciar los restos de mi hijo antes de morir. Si yo pudiera agradecer a cada uno el amor que me brinda y a Dios por las pruebas que puso en mi camino para superarme y aprender a ser mejor, sin odios ni venganzas. Si yo pudiera borrar la palabra odio, escrita con dolor sobre la tierra y provocar la lluvia de la liberación que lo lave por siempre. Si pudiéramos lograr que la impunidad sea un lamentable recuerdo y viéramos a los asesinos juzgados y en las cárceles. Si yo pudiera… pero sólo soy una pequeña partícula de papel que el viento mueve a su antojo y que quizá nadie quiera leer. Aun así lo intentaré. ¡Tantas cosas se logran antes de llegar a la vejez!  ¡Hay tiempo, sólo tengo setenta y seis años!  Debo seguir buscando a nuestros hijos. Si encuentro uno, ese será el hijo pródigo que vuelve al regazo de todas las madres, para acunarlo con la ternura acumulada en el silencio y podremos enterrar nuestras manos en su tumba húmeda de llanto agradecido por el reencuentro. ¡Tengo que ganarle a mi propia muerte! ¡Así será!”.

 

Amanda Mayor (1929-2005)

 

El 7 de marzo de 1929, en Paraná, nació Amanda Mayor. Estudió en la Escuela Provincial de Artes Visuales Profesor López Carnelli y se desempeñó como muralista, pintora, escultora y escritora. También obtuvo los títulos de Maestra Normal Nacional en la Escuela Normal José María Torres, de Paraná, Maestra de Inglés en la Asociación Cultural Inglesa de Paraná y profesora de Italiano en la Escuela Dante Alighieri de Paraná. Realizó estudios de Historia del Arte en Roma becada por la Escuela Dante Alighieri y de Orientación Didáctica en Madrid, becada por el Instituto de Cultura Hispánica. Obtuvo a lo largo de su carrera de artista plástica numerosas becas en el extranjero, que le sirvieron para conocer la historia, las técnicas y materiales del arte en Roma, y para cursar estudios sobre Orientación Didáctica en Madrid, realizó viajes de estudios a talleres y museos de Europa, Estados Unidos, Brasil, México, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Guatemala y provincias argentinas.

Fue destinataria de numerosas distinciones entre las que se pueden mencionar el pergamino y plaqueta en Reconocimiento a los valores humanos y la convicción de luchadora incansable en pos de la verdad y la justicia en la senda de la liberación nacional y social; también el pergamino por su labor en beneficio de la comunidad de Valle María; por el Monumento a la Memoria y la reproducción de la Venus saliendo del baño, obras declaradas “Patrimonio de la Ciudad” por decreto del DEM. Falleció el  7 de junio de 2005.