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miércoles, octubre 20, 2021
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    Gutiérrez se proyecta desde una pertenencia suburbana

    Junto a Galán y Alvarado, Gutiérrez es una arteria clave para la circulación transversal, más allá del centro sur de la ciudad, cerca del Ejército. Pese al intenso tráfico, mantiene el carácter de antaño, ayudado por un perfil en el que el peatón parece más protegido.

     

    Víctor Fleitas

    [email protected]

     

    No ha nacido orillera, Gutiérrez. Ella lo sabe. Tampoco le inquieta, por cierto, que la ciudad no la haya engalanado con los privilegios de quienes se abren paso desde céntricos alcázares. Serena, apacible, aún hoy la anima una mansedumbre vecinal, pese a que por momentos el ajetreo automotor no deja escuchar el cuchicheo pajarero que, sin embargo, insiste en mezclar las cartas graves y agudas de una sonoridad volátil.

    Paralela a Alvarado -amurallada avenida castrense-, Gutiérrez forma, junto a Galán, un subsistema que vincula Selva de Montiel con Avenida Ejército, en viajes de ida y vuelta. Emergente de una época con otras pretensiones, Gutiérrez aún conserva la nostalgia del hormigón armado original, que las distintas vicisitudes han ido mezclando con materiales más económicos, aunque también menos durables.

    Recorrerla sin prisa, es una aventura inquietante. Cada tanto, hay indicios de un pasaje penumbroso que lleva a otra urbanidad, a un tiempo menos urgente. Y, de pronto, las veredas amplias se llenan de ausencias significativas que sonríen, aconsejan o sencillamente acompañan. Pero no son más que entidades vaporosas cuyos aromas se desvanecen, como si fueran una ilusión que otros soñaron.

    Es curioso pero hace unas décadas no había ciudad más allá de esta retícula impar en la que San Agustín y Cuarteles se dan la mano. De hecho, quienes residían por esta zona eran conscientes de que luego de las vías de Ituzaingó una esencia citadina se deshacía mientras se desplomaba, silencioso, el muro invisible del casco céntrico. Lentamente, un loteo por vez, la hiedra residencial ha ido ocupando los espacios libres por el este, por el sur, por el oeste y ha dejado encapsulada la antipática severidad del predio militar, en torno al cual esta microgalaxia urbana orbitó en algún momento de la historia.

    De todos modos, Gutiérrez no tuvo problemas en extender sus raíces de camalote más allá de Selva de Montiel y de la Avenida Ejército. Así, ha terminado conformando un segmento suburbano tradicional en cuyos extremos se despliegan núcleos en los que la suerte del proletario hace equilibrio en altura, sin red de protección.

    Cerca del subterráneo Antoñico, Gutiérrez es una calle de asfalto flexible. FOTOS: Gustavo Cabral.

    Los primos pobres

    Desde occidente, Gutiérrez nace en el cruce con Los Talas, en una placita triangular, desprovista de toda coquetería, que algunos residentes mantienen a salvo del descuido de la ciudad y la desaprensión de los vecinos. El espacio verde condensa, como puede, una serie de metáforas esperanzadoras que se traducen en el pasto corto, donde los perros se huelen hasta que un alboroto morderor los abruma; unos bancos de cemento amontonados sobre uno de los ángulos, a la espera de dialogantes; un rincón de toboganes, subibajas y hamacas que probablemente hayan cumplido más de un ciclo en distintos puntos del mapa citadino; un perímetro de árboles a los que le empezó a brotar el cambio de estación, para alegría de los que los riegan y protegen de los embates hormigueros; y un espacio libre para que la gurisada corretee, detrás de una pelota desinflada.

    Las personas van a vienen, desde casitas precarias, elementales, remendadas y ampliadas como producto de rachas changarinas. Acompañados por chiquilines chuecos y vivaces, jóvenes y adultos de distintas edades caminan por la calle de suelo natural con mejorado, cuyas piedritas les arrebata la lluvia copiosa. Suben la cuesta no asfaltada de Gutiérrez hasta que Selva de Montiel se convierte en una realidad palpable, en un ir y venir de gente apurada que se moviliza en vehículos de los más variados modelos y estados de conservación.

    Ciertamente, Gutiérrez es, por momentos, un hormiguero puntual, en el que cada pieza desempeña el papel previsto; y, desde esa tenue convicción, la gente saluda al porvenir que los aguarda en la cima de la sacrificada pendiente, se deja vencer por un presente pendenciero o se abandona a un aislamiento que la consume por dentro.

    Para el doble sentido de circulación que ostenta, el ancho de Gutiérrez es insuficiente. FOTOS: Gustavo Cabral.

    Entubados

    En el otro extremo, al oriente de la Avenida Ejército, Gutiérrez hunde sus pies en un pasado de arroyo y basural, que ahora ya no está a la vista, pero que vive intacto en el recuerdo de los que no han aprendido a olvidar. Allí, Gutiérrez son esas dos cuadras a las que le germinan calles y cortadas de manera caprichosa, hasta que se zambulle en un final de rotonda, sobre una avenida cuyo nombre habla a las claras de los procesos que tuvieron lugar en los últimos años y que transformaron de manera radical el aspecto general del sector.

    Entre medio, desde Selva de Montiel hasta Avenida Ejército, se despliega el tramo más tradicional de Gutiérrez. Es verdad que a ese segmento las pinceladas del recambio generacional le van modificando suavemente el semblante. De todos modos, siguen imponiendo condiciones las veredas con predominio de la gramilla, la arboleda desdentada pero tupida, las garitas de colectivo oxidadas, y las casas burguesas de una y dos plantas en las que a veces parece mejor cuidada la robustez que la estética, aunque cada tanto marcan presencia viviendas primorosas, que empujan a cierta forma de contemplación.

    Muchos de los residentes hace años que lo son y han ayudado a montar modestos bosques en las aceras, tal vez para disfrutar del mate al atardecer o evitarle una insolación al auto.

    Los jardines delanteros lucen cuidados pero no son refinados, acaso porque Gutiérrez es una calle de mucha circulación peatonal, lo que suele representar un riesgo para plantines o arbustos delicados.

    Si no, que lo diga la señora que, con maestría, sin detener el paso, acaba de dar un golpe seco, preciso, sobre uno de los gajos para quedarse con el rosado pálido de un malvón esplendoroso, erigido detrás de la artesanal reja. Lo llevará en una mano, temerosa de haber sido vista, hasta que después de cruzar la calle lo guarde dentro de la bolsa de mandados. Mientras piensa en la mejor ubicación para el tesoro vegetal recién obtenido, un bocinazo la devolverá a la realidad: es que ni siquiera a ella Gutiérrez le permitirá interrumpir la alocada procesión vehicular de los días hábiles.

    Viñeta urbana: Racedo-Ituzaingó, un paseo atado a un designio orillero

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