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miércoles, octubre 20, 2021
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    Don Estrugo, ese hacedor de zapatos extraordinarios

    La Escuela Normal, las calles Urquiza y San Martín, los sueños inmigrantes de una época y los desafíos de los descendientes se entrecruzan en este relato de un paranaense, sobre aquello que a ciudad supo ser.

     

     

    Griselda De Paoli | [email protected]

     

    De cuando en cuando, el relato unipersonal hace que remontemos el hilo de otras etapas, de otros momentos, de dinámicas que jalonan la historia de nuestra ciudad y leemos, a través de ello, cambios que unas veces nos parecen avances y otras, retrocesos, particularmente en lo que hace a las relaciones entre vecinos parcelados, hoy en una secuencia de pequeños locales con dinámico cambio de ocupantes, o en edificios en torre.

    Esa historia familiar, menuda, no escrita, se puede transformar en un testimonio en el que encontramos cosas que recordamos o de las que escuchamos algo alguna vez, o de las que nos anoticiamos. En ese sentido, la entrevista a don Alejandro José Estrugo, realizada en 2013, se transforma en un punto de encuentro, de confluencia de la historia colectiva.

    “Nací en calle Pellegrini casi Urquiza, a media cuadra del Banco de Italia. Mi padre me sugirió que estudiara algo para que fuera doctor o ingeniero o cualquier profesión importante. Pero yo le dije ‘no papá, me gustaría ser maestro; y, además, de la Escuela Normal’, que quedaba cerca. Hice allí el jardín de Infantes que fue lo más lindo, con las mejores maestras jardineras que existieron en el mundo: Virginia Arengo, la Señorita Hortencia Wiber y Sara. Hice dos años en el Jardín de Infantes y a los 7 entré al primer grado. En ese tiempo había maestras eminentes en todo. Hubo en segundo grado una docente muy enérgica y a mí me tuvo penando, yo lloraba y no quería ir más a la escuela, la Sra. Goncebat; a lo mejor ella tenía razón, a mí me parecía que yo era la víctima y ella quería enderezarme”.

     

    Referentes

    “Yo tuve profesores sobresalientes en aquella época, en el año 40. En la secundaria, tuve que dar clases. Yo tengo un hermano de cinco años menos y me tocaba darle clases a él cuando practicábamos”.

    “Mi padre tenía un negocio, una zapatería; y mamá atendía con él. Mamá cocinaba y cuando venía gente papá le decía: ‘Sara, vení que hay gente’. Y ella salía corriendo a atender. La zapatería estaba en Pellegrini; era un local alquilado a Vicente Cabella”.

    “Ahí vivimos años pagando alquiler y cuando salió la foto en EL DIARIO, mamá y papá tuvieron mucha clientela porque eran gente muy simpática y el que iba una vez volvía siempre”.

    “Papá hacía zapatos, porque estudió en Turquía cuando vivía allá. Luego se llegó a Paraná y acá no había zapaterías en 1910; entonces la gente se compraba alpargatas o espores pampero y otros se iban a Buenos Aires a comprar. Pero el Dr. Borgoño vino un día al taller de mi viejo y le dijo: ‘Estrugo, haceme unos zapatos’. Y le hizo unos extraordinarios. Lo recomendó a todos sus amigos. Mi viejo tenía las manos llenas de callos, la espalda encorvada y mamá le dijo: ‘mirá vamos a comprar zapatos, así dejás de hacerlo’; y probaron el Buenos Aires y le fue bien. Los callos desaparecieron y la espalda se enderezó”.

    “Cuando papá se vino de Turquía tenía 18 años y mamá tenía 16; eran novios. Mi papá llegó primero, puso esto porque tenía un amigo que estaba en Paraná y empezó a trabajar y le fue bien y entonces le mandó dinero a la novia, a la mamá y a una hermana. Eran de Esmirna, mi viejo hablaba griego como si fuera griego, se entendía mejor con los griegos que con los turcos y hablaban ladino, cantaban en ladino”.

    “El Profesor Serrano, venía cada tanto y charlaba horas con papá y yo siempre le preguntaba ‘qué quiere este señor’; y me decía: ‘me pide que le explique palabras del ladino’; y yo pensaba: qué raro que a la gente le interese algo tan pasado de moda”.

     

    Reuniones

    “Según me contó, al principio los amigos hacían una tertulia en el taller en calle Corrientes y Victoria, que era de los Segón; lo alquiló y se puso a hacer composturas y después zapatos a pedido. En esas reuniones se juntaban los hermanos Lanata, Raspini, Uzin, los hermanos Borgoño -Domingo y Pedro- que tenía un gran almacén”.

    “Ya instalado, papá la trajo a mamá. Cuando ella llegó, le dijo a los amigos: ‘miren, yo mañana no abro; me voy al puerto porque llega mi futura esposa, mi novia; y fueron todos a recibirla. Arribó al puerto en un barco que hacía el trayecto Buenos Aires-Paraguay; más tarde, yo conocí el servicio que se prestaba: de noche se bailaba, se cantaba, era espectacular”.

    “Esa barra de amigos iba al Teatro 3 de Febrero y a ver fútbol a Salta y Victoria; mi padre siempre fue belgranense”.

     

    Trabajos

    “Me recibo justo cuando nombran presidente del Consejo de Educación a mi profesor Filiberto Reula; y entonces le digo a papá: me voy al Consejo para ver si me dan un puesto’. Pedí una audiencia y estuve una hora en espera. Cuando aparece Reula le cuento y me dice que estaba todo cubierto, que iba a tener que esperar uno o dos años para ser docente. Volví a casa y conté lo sucedido. Papá dijo: ‘mejor, porque yo estoy enfermo, no puedo seguir con la zapatería; si querés, seguila vos y cuando te nombren como maestro’. Pero la verdad es que nunca me llegó el nombramiento”.

    “Me fue muy bien con la zapatería, mis padres hicieron amistades de medio Paraná; ellos me enseñaron unos días y después me fueron dejando y me quedé yo con un cadete, hasta que me casé y mi señora modernizó todo; ahí empezó a marchar mucho mejor”.

    “Mis padres ya no trabajaban más. Pero vino un comisionista diciéndoles por qué no se cambian al centro que hay una casa que está en oferta. A cuánto, pregunto papá; y le contesta 40.000 pesos. No, dice Papá, no, yo no puedo. ¿Cómo imposible?, le dice mamá, cuánto tenés. Tengo catorce o quince. Y bueno dice mamá, lo demás lo vamos a pagar trabajando. No, yo no puedo dormir si debo, dice Papá. Pero Mamá ganó la discusión y se metió y en un año se pagó. Compraron en calle Urquiza, al lado del bar Japón”.

     

    Herencias

    “La zapatería estuvo 45 años con mi padre y 45 años conmigo. Ahí, en calle Pellegrini, también funcionó la talabartería de Etchemendigaray, pegado a la zapatería. Tenía en la vidriera un caballo de tamaño natural, hecho en cuero; y estaba el almacén donde fue después la Caja de Ahorro, era una despensa grande. Estaba la tabaquería Toer en donde está EL DIARIO. Y mi abuelita, que es la que trajo papá de Turquía, fumaba, y me decía andá comprame tabaco y papel, y ella lo armaba con paciencia”.

    “Una cuadra más abajo me acuerdo que estaba la hojalatería Risso, en la cuadra del Cine Ideal y estaba la pizzería Balsarini, que es de las primeras que hizo pizza en Paraná”.

    “Ya en calle Urquiza estaba la empresa La Cumbre, la juguetería Varela y después Davoli, la talabartería de Rosquin que era muy importante, que ahora es un bar y panadería. El Guipur y Gath & Chaves trabajaban con cuentas pero en el tema zapatería no eran competencia, eran clientes diferentes. Antes de la peatonalización de San Martín, los comerciantes de Urquiza éramos los hermanitos pobres del centro, los locales eran más baratos allí”.

     

    AL MARGEN

    Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected], [email protected] y/o [email protected]

     

     

     

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