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miércoles, octubre 20, 2021
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    Arquitectura de vanguardia para la atesorada historia provincial

    El Museo Histórico Provincial Martiniano Leguizamón, es el único cuyo edificio fue construido específicamente para que funcione un museo. Sus líneas arquitectónicas dejan ver la influencia de las vanguardias artísticas de principios del siglo XX pero con un fuerte sello local en el uso de materiales que lo conforman.

    Mariana Melhem / [email protected]

    Los museos provinciales encuentran un tronco común en la entidad creada durante la gobernación de Eduardo Racedo que llevaba el nombre de Museo Provincial y cuyo primer donante y director fue Pedro Scalabrini. Fruto de las corrientes intelectuales de la época (fundamentalmente el positivismo y el evolucionismo darwiniano) y con un acervo constituido mayoritariamente por restos fósiles hallados en las barrancas del Paraná, estudiado y difundido por investigadores de la talla de Florentino Ameghino, Juan Bautista Ambrosetti (jefe de la “Sección Zoológica”), Toribio Ortíz (jefe de la “Sección Paleontológica”), su orientación principal fue la Historia Natural.

    El Museo está ubicado en la esquina sureste de Laprida y Buenos Aires.

    En 1904 las colecciones del Museo son transferidas a la Escuela Normal de Paraná y más tarde al Instituto del Profesorado, contribuyendo a la formación de un Museo de Geología y Paleontología y a la organización de un Museo de Arqueología.

    En 1935, recibió las colecciones históricas, folklóricas y numismáticas junto a la biblioteca, archivo y muebles que habían pertenecido al doctor Martiniano Leguizamón. La donación fue aceptada mediante la Ley provincial N° 3.050 dando origen al Instituto Martiniano Leguizamón que se inauguró el 5 de julio de 1936.

    Las salas están dispuestas en función de un recorrido que ordena la visita.

    El Instituto funcionó bajo la jurisdicción del Museo de Entre Ríos hasta 1948, año en el que se crea el primer Museo Histórico de la Provincia, recibiendo como legado la denominación Martiniano Leguizamón y las colecciones de aquel Centro de Investigación.

    Construcción de la sede
    Luego de funcionar en diferentes lugares se decide la construcción de un edificio propio. Así lo anunciaba el Gobernador Raúl Uranga en el Mensaje a la Honorable Asamblea Legislativa al inaugurarse el 97° Período Ordinario de Sesiones de 1961.

    Una característica del Museo es la luminosidad natural de sus ambientes.

    “Museo Histórico: Se licitó y contrató su construcción, la cual ya ha comenzado. Se trata de un edificio de tres plantas, ubicado en las calles Laprida y Buenos Aires de Paraná, que constituirá la sede del Museo Histórico y del Archivo Histórico de la Provincia. El monto del contrato es de $ 21.652.202,00 y tendrá una superficie cubierta de 2.272 m2. (…). Este Museo, que a breve plazo contará con las instalaciones funcionales que le corresponden por su jerarquía en el edificio en construcción, cumple los veinticinco primeros años de su vida.

    La Dirección del mismo, tiene programados una serie de festejos que conmemorarán brillantemente el feliz acontecimiento. Prestarán el concurso de su presencia, los descendientes y familiares de Don Martiniano Leguizamón. Y será dable destacar la eficaz tarea, el elevado cometido, de este Centro de Investigaciones que atesora y condensa nuestro pasado histórico.”


    Dentro de su patrimonio se hallan muebles, armas, objetos decorativos, platería criolla y una importante biblioteca iniciada con los fondos particulares del propio Leguizamón y de los historiadores Benigno Teijeiro Martínez, Aníbal Vázquez y el Dr. Pedro E. Martínez. Fue su primer director el reconocido investigador Antonio Serrano.

    De vanguardia
    El proyecto fue realizado por el arquitecto Luis Iribarren con una concepción del espacio que muestra el conocimiento de las corrientes arquitectónicas racionalistas nacidas en la Europa de entreguerras.

    El Histórico integra un rica espacio museológico, en el centro de Paraná.

    Agrupadas bajo la denominación “Movimiento Moderno”, estas corrientes se constituyeron en torno a las enseñanzas de la escuela alemana Bauhaus, el arquitecto Le Corbusier (suizo–francés), De Stijl de Holanda, Suprematismo y Constructivismo ruso, entre otras. Tenían en común el rechazo a la idea de “estilo” -tan habitual en las arquitecturas historicistas decimonónicas- proponiendo, en cambio, un diseño para la vida cotidiana que se ocupara de los objetos de uso diario, la arquitectura y la ciudad para todas las clases sociales.

    Las frases “menos es más” (Mies Van der Rohe) o la “máquina de habitar” dan cuenta de ese pensamiento que promovía una estética basada en la ética donde los materiales se mostrasen tal cual eran, sin necesidad de ornamentos y la arquitectura expresaba la función para la que había sido concebida.


    Iribarren, retoma los conceptos de la vanguardia y los reinterpreta haciendo uso de la tecnología disponible en una provincia aislada que solo contaba con el proyecto de conexión terrestre.

    Así la obra se resuelve diferenciando áreas por nivel: en el subsuelo ubica biblioteca y reserva; en planta baja resuelve el hall de acceso con la escalera exenta, un salón sobre calle Laprida y dependencias administrativas y de servicio hacia calle Buenos Aires y el patio interior.

    En el primer piso se distinguen tres espacios delimitados por tabiques revestidos en granito donde se monta la exposición de las colecciones y en el tercer piso, al que se accede por calle Buenos Aires, se desarrolla el Archivo.

    Integrados
    La idea general es la de “fluencia espacial”, sin delimitaciones fijas, por eso cobran relevancia los planos (tabiques) revestidos en grandes piezas de granito, trabajados (¿quizás?) emulando los planos diseñados por el Arq. Mies van der Rohe para el pabellón alemán de Barcelona (1929).

    Separa claramente la estructura de la envolvente -como lo propuso Le Corbusier–, permitiendo que se identifiquen las columnas tanto en el frente (arquitectura sobre pilotis – LC) como en el interior y utiliza un sistema de parasoles que además sirve como seguridad para los paños vidriados de los ventanales superiores.

    Para resolver las fachadas, ajusta la pronunciada diferencia de nivel construyendo un sócalo corrido a través del cual el edificio se “despega” del plano de piso. Sobre el sócalo revestido en granito y perforado por las ventanas del sótano, se levanta una hilera de columnas que sostiene el prisma blanco donde se disponen dos grandes rectángulos calados por los parasoles.

    La cubierta de techos es plana. La planta libre se propone a través de la utilización del muro de ladrillo que, como plano oscuro, genera idea de profundidad. Los accesos se resuelven mediante sendos espacios intermedios, sobreelevados con respecto a la vereda, cuyos muros están revestidos en piedra gris.


    La obra presenta detalles particulares que tuvieron que ser producidos artesanalmente como: la construcción de los planos de granito sobre los tabiques con un dibujo de empalme basado en la geometría, las luminarias dentro de un plafón cuadrado, los pisos que simulan ser de grandes piezas a través del uso de marcos de bronce y la escalera que aparece como suspendida en el espacio e iluminada desde el patio.

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