La convivencia cotidiana como espacio para repensar el vínculo entre especies

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En “Kaidú”, novela que acaba de publicarse, la escritora Paula Pérez Alonso propone repensar el vínculo entre distintas especies. Al considerar la relación entre humanos y animales, la historia abre interrogantes sobre el amor y la pasión planteados en un plano de libertad absoluta que lleva a despojarse de los límites construidos a partir de un enfoque antropocéntrico.

 

CARLOS MARIN

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¿Qué hilo invisible pero potente vincula la presencia de los carpinchos en Nordelta y el revuelo que generaron en los habitantes de esas exclusivas urbanizaciones; el abrazo en plena selva congoleña entre la etóloga británica Jane Goodall y un chimpancé –registrado en una imagen de 1999-; y Kaidú, novela escrita por Paula Pérez Alonso que acaba de publicarse?

Una articulación posible es considerar que las imágenes y la historia de Pérez Alonso se conectan por la idea de contacto con la otredad; con ese otro radicalmente inascible por su origen y a la vez próximo por ser un organismo viviente con el que se comparte un plano de espacio/tiempo. Se trata de un planteo que ha originado ficciones inolvidables, sea por lo inquietante de la relación, o por la magia que se genera en el encuentro.

En la perspectiva del establecimiento de un vínculo de este tenor planteada desde lo literario pueden citarse “Platero y yo”, del Nobel español Juan Ramón Jiménez, o “Tobermory”, relato del ingles Héctor Hugh Munro (Saki) –por citar sólo dos antecedentes-. En esa cadena puede engarzarse ahora “Kaidú”, publicada por Tusquets, en su colección Andanzas.

Lejos de los relatos de literatura fantástica que exploran la hipótesis del contacto con civilizaciones extraterrestres, la historia narrada por Pérez Alonso se enfoca en un encuentro cercano –y a la vez complejo- de una humana con una presencia que habita el cotidiano de millones de personas en el mundo contemporáneo: una mascota. En este caso Kaidú, un perro callejero.

Escrita con solvencia técnica y con delicada precisión de orfebre, la novela acerca diversas dimensiones de lectura, con profundas derivaciones que plantea reverberaciones por los interrogantes que genera.

El núcleo de la novela es simple y su quintaesencia está contenida en la primera oración del primer párrafo de la novela. Ese contundente comienzo es la puerta de un dispositivo textual que se abre ante el lector para desplegar paulatinamente–en 115 páginas-  un panorama atrapante por sus derivaciones y consecuencias a partir de lo que experimenta el trío de protagonistas.

Escrita con cuidado extremo en la construcción, la historia es relatada por Aína, con un registro que se aproxima al tono intimista de un diario.  El trío de personajes principales se completa con Juan –su pareja- y kaidú – perro callejero que Juan rescata y lleva a convivir con él-.

 

COMPARTIR SIN JERARQUÍAS

Con conocimiento del oficio de escritor, Pérez Alonso apela a refinados recursos para dar forma a una ficción que, desde un plano de aparente simplicidad –como la superficie quieta de un lago-, permite sumergirse en las honduras de una temática intensa. Sin apelar a un tono prescriptivo, la autora no se deja atrapar por un registro moral y posibilita, en ciertos momentos de la historia, regresar a aquel instante de la mirada infantil, colmada de ingenuidad e inocencia. Esa mirada que, sin barreras planteadas por los prejuicios, remite a momentos inefables donde el tiempo como entidad se disuelve para tornar la existencia en un intenso ejercicio de habitar el presente con plenitud total y absoluta.

“Kaidú” permite además repensar –entre otros- conceptos como amor, pasión, deseo, poder, otredad/ajenidad, identidad y subjetividad. Y a la vez plantear una perspectiva en relación a un paradigma planetario que ya no se insinúa, sino que adviene.

En una entrevista con EL DIARIO, la periodista y escritora repasó puntos claves de su trabajo que ha puesto recientemente a consideración del público lector hispanoamericano.

Detrás de una intrigante historia de amor de a tres, Kaidú se planta por fuera de los límites de un universo jerárquicamente ordenado. “Es posible compartir el amor, como pasión, deseo y energía que circula entre tres personajes en un vínculo que en la historia, tal como se narra, está más allá de cualquier registro moral”, dice la autora de “No sé si casarme o comprarme un perro”. Desde este enfoque resuelve en este nuevo trabajo el interrogante de aquella novela al explorar, con la sutileza que ya es su marca de estilo, las formas inesperadas que pueden alcanzar las relaciones entre diferentes especies.

 

NUEVAS PERSPECTIVAS

“kaidú –explica Pérez Alonso a EL DIARIO- representa una revolución en la vida de la protagonista. Y genera un movimiento tan grande que todo eso que ella, Aína, tenía por estar formateada por las convenciones  -la educación, la cultura que todos hemos aprendido y con lo que crecimos- de pronto se ve conmovido. Aína siente que ese animal le provoca muchos interrogantes y al mismo tiempo es una invitación para encontrar lo que ella quiere verdaderamente hacer. De ese modo, Kaidú comienza a liberarla de formas y convenciones que la oprimen. Y de allí que, movida por ese deseo, comienza a faltar a su trabajo, miente… se transforma en alguien que está dispuesta a luchar por lo que quiere a cualquier costo”.

-El tema instala la novela en un registro contemporáneo, si se considera el fenómeno del vínculo que en los espacios urbanos establecen los humanos con otros organismos vivientes -plantas, animales- con los cuales eligen convivir y a los que atribuyen características antropomórficas. Esa dimensión es clave en la historia.

-Ese es el giro en la novela: que la protagonista, que ha sido educada de una manera, también intenta comprender a un perro con las coordenadas con las cuales tratamos de hacerlo con los humanos. Descifrarlo, interpretar. Pero hay un punto de inflexión, en el cual Aína se libera de todo esto y se deja vivir. Allí se da cuenta que hay una posibilidad de un mundo más amplio si dejamos de estar ordenados por las coordenadas de la razón, de lo inteligible, de lo intelectual. Es decir de todo aquello que intenta explicar, definir y clasificar un mundo que se nos escabulle por múltiples lados. Kaidú viene a decir, sin querer hacerlo, que el mundo es mucho más amplio y ajeno. Y que ese afán de querer apresarlo en todas esas clasificaciones y etiquetas, es imposible. Cuando Aína lo percibe, cae también en la cuenta que hay un mundo mejor si ella se abandona a esa animalidad, si se vuelve un poco como Kaidú, viviendo en un puro presente. Y se deja vivir así. Allí se produce un momento de gozo muy grande y de deseo que circula sin ningún tipo de barrera o de represión entre los tres protagonistas. En este sentido hay consonancias de algún planteo de Nietzche, que también retoman los franceses Deleuze y Derridá, en cuanto a la posibilidad del humano de devenir animal.  Aquí también me acerco a la bióloga e historiadora Donna Haraway, a quien leí luego de terminar la novela. Ella plantea la necesidad de corrernos –como especie- de ese lugar de centralidad y de creernos dueños del mundo; y darnos cuenta que somos un elemento más en el universo, estableciendo a la vez relaciones de parentesco con todo. Esto nos conduciría a no intentar dominar, o explotar, o extraer todas las riquezas de la naturaleza, sino a convivir con ellas.

-Surge en este punto una de las tantas preguntas posibles ¿Es posible ser infiel a una persona por el amor a un animal? ¿Y sentir culpa por ello?

-En esta historia, como he señalado, en un momento dado, la protagonista siente una enorme libertad. Es atravesada por sus pasiones y ese triángulo amoroso que conforma junto a Kaidú y Juan, su pareja, se asume con naturalidad sin someterse al control de nadie. Entiendo que son libertades a la que todos y cada uno puede acceder. Y este es uno de los puntos que hace que el libro esté gustando tanto a los lectores: la posibilidad de salir de esas prisiones en las cuales todos nos vamos encerrando. Creo que es importante liberarse de esa búsqueda de comprenderlo todo, de definir y de saber qué va a pasar. Más aún en este tiempo de pandemia, en el cual nos cuesta tanto vivir con la incertidumbre; aunque no se trate de algo novedoso para nuestra especie. En este sentido, en la vida, los humanos siempre hemos andado un poco en tinieblas. Y puede suceder –como lo planteo en la novela- que caigamos en la cuenta que todas las construcciones que nos tranquilizan y las estructuras que se arman en la vida para ordenan y tranquilizar, son construcciones que se nos imponen. Convenciones que si uno derriba o desmonta, permiten que surja un mundo posible más liberado y más feliz. Este, entiendo, es también un gran descubrimiento. Y cuando señalo que ésta es una novela del descubrimiento, creo que ese punto es el más importante. Porque indaga en la relación de pasión que la protagonista establece con un animal callejero en un plano de absoluta libertad lo cual, a la vez le posibilita incluir también en la relación a Juan, su pareja. Y aquí señalo algo: esta historia, que tal vez suena un poco provocadora no tiene en absoluto esa intención, sino que está contada con un tono muy delicado.

 

ESBOZO BIOGRÁFICO

Paula Pérez Alonso

Buenos Aires, 1958) estudió periodismo y letras en Buenos Aires y Londres. Es editora de ficción y no ficción en Editorial Planeta Argentina. Participó del volumen colectivo El mundo de la edición de libros (2002) y de la antología de cuentos Terror (2013). Es autora de las novelas No sé si casarme o comprarme un perro (1995, 2016), El agua en el agua (2001), Frágil (2008) y El gran plan (2016).