De Hernandarias a Paraná, por una costa inolvidable

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Los actos patrios tienen componentes imperecederos, que trascienden las épocas.

Las memorias individuales producen un doble movimiento interior: conectan a las personas desde dimensiones de lo afectivo pero además empujan a los interlocutores al ejercicio de recordar, para confirmar o disentir. Algo de eso entra en juego en la siguiente evocación.

 

Carlos Fradkin / [email protected]

 

A esta altura de la vida, uno puede comprobar la importancia de poder, de alguna manera, impulsar el intento de reflejar en un escrito los recuerdos, en ese mundo de maravillas y misterio que alberga, entre otras cosas y por suerte, la memoria en el cerebro del humano.

Mis padres, oriundos de la Ucrania rusa a principios del siglo veinte, todavía parte del imperio de los zares, una tierra primordialmente de campesinos y cosacos, hoy envuelta en guerra interna con fuerte intervención extranjera. Pues bien, cada cual por su lado, casi al mismo tiempo, emprendieron un viaje de aventuras, recalando en estas tierras argentinas que le dieron cobijo.

El destino unió sus vidas, y estando en Aranguren nació el autor de este relato. Poco después, ya en Hernandarias, en 1939, llegó mi hermana menor, Lilia Perla, recitadora clásica.

 

Entornos

Se vivía por entonces el raro clima de una Segunda Guerra Mundial distante, pero que los medios de difusión masiva de entonces (la prensa y la radio) hacían llegar a los poblados del interior, y los siempre existentes seres marginales, por su situación de pobreza, no tenían acceso a un aparato de radio y tampoco a un periódico que permitiera a la mayoría de la población estar informados de las noticias en nuestro país, y del mundo.

Pero por cierto se sabía que divisiones armadas poderosas del ejército alemán que respondían a las huestes de Adolfo Hitler y sus secuaces, estaban invadiendo Polonia, rumbo a esa Rusia que llegaría a sufrir la pérdida de más de 13 millones de sus habitantes, entre civiles y militares, número que representaba la población de Argentina en esos años. La referencia sirve para tener una idea de las bajas enormes de vidas humanas en esa contienda que terminó con la derrota de los nazi-fascistas. Se estima en total una pérdida de 50 millones de seres en el mundo.

Mientras, en una villa ubicada al margen del río Paraná, llamada Hernandarias, sus tranquilos pacíficos ciudadanos, proseguían con sus vidas, sus ocupaciones y preocupaciones cotidianas. No puedo dejar de mencionar un camino a la vera del río, de singular belleza, que unía Hernandarias con otros pequeños poblados, hasta llegar a Puerto Algarrobo.

Tendría que animarme a recorrer hoy esos senderos -valga el desafío-, testigos implacables de un tiempo que suele ocultar los encantos naturales.

 

Caminos perdidos

El asfalto tardaría sus años en cambiar sustancialmente las vidas, pero por entonces los caminos de tierra resaltaban aun las huellas de los carruajes y cabalgaduras, el comercio utilizaba el transporte fluvial para el intercambio comercial ganadero y agrícola, con los galpones prestos a la descarga desde los puertos a los barcos. También tuvieron su impronta las lanchas de pasajeros, para quienes utilizaban este medio de puerto a puerto, de pueblo a pueblo: Paraná, Brugo, Algarrobo, Hernandarias, Santa Elena, La Paz. Y, más hacia el norte, llegaba el vapor de la carrera con su travesía Buenos Aires-Asunción del Paraguay y viceversa, por la misma vía, por el mismo río Paraná, creado para dar sustento al hombre, desde el Amazonas al Río de la Plata.

Los colectivos comenzaron a intentar sus recorridos, pero si la lluvia aparecía inclusive podía ser oportuna para las cosechas y los agricultores agradecían a Dios; mas por ejemplo los viajantes de comercio, tan rutinariamente esperados, prolongaban su estadía hasta que cesara la lluvia y posteriormente hasta que secaran los caminos, para satisfacción de las hosterías o casas de pensión, que daban albergue y comida a los viajeros.

Algunos esforzados reyes del volante de los pocos autos y/o camiones, solían recurrir a poner cadenas en los neumáticos para poder salir de los pantanos.

Los viajantes de comercio estaban así impedidos de volver pronto a sus hogares, con cantidad de anécdotas de todo tipo. La vida continuó, y ya en Jardín de Infantes, sobrevienen recuerdos de la primera infancia con las fiestas patrias, con las ollas de locro en la escuela, con las maestras y los padres y los chicos saboreando el rico y nutritivo plato despidiendo los aromas y un gusto incomparables. Son sensaciones que perduran en la memoria.

A los ocho años, mi padre que era un técnico capacitado para certificar la calidad del cereal. Motivado por los empresarios se trasladó con la familia a Paraná, ocupando una vivienda en calle Echagüe casi esquina Alsina, cerca del lugar donde años después se edificara la primera estación terminal de ómnibus.

Allí, entre árboles añosos, se formaba un espacio especial para la práctica del fútbol, del fútbol de potrero, en alpargatas o gastadas zapatillas nosotros los chicos, con una pelota generalmente de trapo, y unos montones de ropas para señalar los postes imaginarios de los arcos, para ilusionarse con las dimensiones reales de un campo de juego.

A patear

En ese cruce de dimensiones, pasábamos las tardes hasta la puesta del sol, soñando con ser jugadores de primera de un Boca o River, en un estadio repleto de hinchas.

Asimismo, al regreso de las clases en la escuela República de Chile, era imprescindible pasar por una laguna donde hoy está una plaza pero entonces, sobre las calles aledañas, frente al Mercado de Abasto –donde actualmente se ubica la nueva Terminal de Ómnibus.

La vida era simple: corríamos a dar “la vuelta manzana” alrededor de la laguna. Entre los cañaverales podía verse alguna tortuga con los ojos semiocultos en la dura caparazón.

¿Qué pasa que te has demorado tanto? ¿Dónde estabas metido? Eran las preguntas habituales de una madre preocupada por la tardanza de su hijo.

Cuando en 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial, creíamos todos, grandes y chicos, que se avecinaba un mundo mejor, porque los malos habían sido vencidos. Pero eso, eso ya es otra historia, con varias generaciones involucradas, donde se unen las cosas del pasado, el presente, y un futuro que, al decir del gran escritor Mario Benedetti, se viene, lento, lento pero viene.

 

 

AL MARGEN

Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected], [email protected] y/o [email protected].