Un tiempo de desafíos para las escuelas y quienes las transitan

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Distintas especialistas en Educación repasaron ante EL DIARIO el impacto de la virtualización de las clases durante 2020. Susana Celman, Sonia Luquez y Marina Chaves compartieron reflexiones sobre el anunciado regreso a la presencialidad total, tanto a nivel primario como secundario. En ese sentido, las docentes dieron ciertas pautas para propiciar el encuentro y potenciar el aprendizaje.

 

Mónica Borgogno

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La noticia del regreso total a las aulas de primaria y secundaria llegó como un alivio para amplios sectores, después de tanta espera. El desgaste y las angustias que acarrea lo incierto, las burocracias del sistema educativo, la necesidad de demostrar conocimientos y evaluar en un contexto virtual, la ausencia de las rutinas tradicionales en la escuela y la alteración de las dinámicas de cada hogar, puede haber provocado estallidos, roces y desencuentros. Y, desde luego, aprendizajes.

EL DIARIO consultó a especialistas en temas educativos para analizar la experiencia de la virtualidad, con sus lógicas, sus formas y problemáticas. La idea de este informe fue pensar el escenario que se abre con el retorno a las aulas, con la maestra en vivo y en directo, con pizarra y tiza, con la posibilidad de ver el gesto de aburrimiento, el llamado aparte de algún chiquilín, para que la docente se acerque y así formular una pregunta que no se anima delante de todos.

Sonia Luquez y Marina Chaves comparten, con distintas responsabilidades, la realización de la revista Educación y Vínculos. Luquez es Magister en Investigación Educativa, profesora e investigadora de UNER y Uader. En tanto Chaves, es profesora en Ciencias de la Educación y también se desempeña como docente e investigadora en ambas casas de estudios. Hacia ellas fueron unos interrogantes que devinieron en generosas respuestas.

–En principio, ¿cómo evalúan el proceso educativo en 2020?

–Los distintos niveles educativos atravesaron una situación inédita y el trastocamiento de la vida social impactó en los procesos educativos. Como un efecto inmediato, la situación sanitaria afectó los tiempos subjetivos y sociales. Este tiempo de pandemia (ojalá cerca de finalizar) puede interpretarse como un juego de “interrupción de la regularidad” y “retorno a la regularidad”.

Ahora, la “escuela en casa” puso en evidencia la desigualdad entre quienes tenemos materiales, conectividad, dispositivos tecnológicos, comodidad, biblioteca y pudimos acompañar y estar en compañía para sostener vínculos pedagógicos; y aquellos que no lo tuvieron o lo tuvieron parcialmente. En esta línea, una cuestión clave fue sostener la vinculación de las instituciones educativas con los niños y jóvenes y en esa tarea, se revisaron prácticas habituales y naturalizadas en la relación escuela-estudiantes-familias.

Así, se pusieron en marcha diversas maneras de continuar con la escolarización. No todas esas experiencias habrán sido exitosas, tampoco suficientes; sin embargo, quizás no haya que evaluarlas desde la perspectiva del “éxito”: qué tuvimos que descartar, qué limitaciones y logros podemos reconocer, y qué es lo importante que tiene para ofrecer la escolarización. Tal vez lo interesante sea valorar las oportunidades de modificar algunas prácticas que no son inclusivas o que estigmatizan a los sujetos.

En lo puntual, nos referimos a algunas intervenciones que parecen minúsculas pero que se mostraron necesarias y potentes en relación a los vínculos. Por ejemplo, las de maestras de primaria enviando hermosos mensajes de felicitación a sus alumnos y familias a través de whatsapp porque pudieron con las tareas. Es que se tensionaron las dinámicas escolares, particularmente las de evaluación, y hubo que atender a otros aspectos. En ese ejemplo hay una escena ligada al reconocimiento que a todos hizo falta: a los docentes, a las familias y a los alumnos.

Lo vivenciado no fue tiempo perdido, hay que pensarlo en término de aprendizaje.

RE-APRENDER

–¿Y en este 2021 qué características se agregan al panorama educativo?

–El inicio del ciclo actual está atravesado por otras cuestiones, puesto que la escolaridad obligatoria y el nivel superior de nuestra provincia incluyó la combinación de presencialidad y virtualidad mientras que los estudios universitarios de grado y posgrado continúan con la virtualidad. Sin embargo, algunos pusieron en escena algo fundamental desde el punto de vista de los vínculos y el cuidado en clave pedagógica, que fue pensar o planificar el reencuentro presencial en los escenarios de las escuelas y atender de algún modo todo lo que se jugaba en esos momentos.

En algunas escuelas, por ejemplo, los docentes recibieron a los niños disfrazados de payasos y jugando histriónicamente con los barbijos, los cuadernos y otros objetos viejos y nuevos de la experiencia transitada y por empezar. Es que no era una cuestión simple reencontrarse y no se trataba de la misma experiencia anterior a la pandemia.

–¿Qué protagonismos activó este tiempo de encierro y virtualización? ¿Qué aprendizajes se produjeron?

–Los docentes de todos los niveles aprendimos usos de las tecnologías y en muchos casos a la fuerza. No había otra opción que recurrir a las aplicaciones de videoconferencias y armar materiales, lidiar con los campus virtuales, digitalizar la bibliografía, hablar a las cámaras. Hay un camino recorrido que implicó ensayar y errar, aprender y desaprender, y algo que era difícil de instalar, como la modalidad virtual de las clases, más temprano que tarde se instaló.

Particularmente, en los equipos de cátedra en los que estamos en la Facultad de Ciencias de la Educación, tuvieron mayor protagonismo docentes más jóvenes y más hábiles, con mayor experiencia en aplicaciones diversas; también los estudiantes, quienes en muchas ocasiones podían resolver dificultades que los docentes no sabíamos cómo.

Es relevante ese desplazamiento de los lugares del saber, puesto que redimensiona quién es el experto y quién el novato respecto de qué prácticas.

La “normalidad” fue trastocada: la de las prácticas de formación claramente, y el trabajo subjetivo que eso supuso, nos permite sostener hoy que no hubo ni hay una “normalidad única”. Para quienes hayan transitado esta experiencia y puedan referirla es un aprendizaje valioso.

 

DESIGUALDADES

–Según dijo el titular del CGE, Martín Müller, con la virtualización, 20.000 chicos en Entre Ríos quedaron fuera del sistema ¿Cómo se los recupera?

–La ausencia de dispositivos fue una de las tantas cuestiones en referencia a las desigualdades socioeconómicas que la pandemia acrecentó. No contar con el Programa Conectar Igualdad fue una desventaja para las escuelas públicas. Correspondientemente, el mercado de las plataformas virtuales fue un escenario de auge para ciertos sectores y posibilitó una “continuidad pedagógica” que con sus contradicciones generó, en algunos casos, el “seguir como si nada”.

Sabemos que actualmente el Plan Federal Juana Manso está llegando a las escuelas a través de dispositivos para los estudiantes. Y eso es alentador. El Estado presente es necesario para garantizar oportunidades mínimas para todos. Es crucial que las políticas educativas y los que las diseñan, se acerquen, miren y debatan con quienes las implementan.

 –¿Qué pasó con el trabajo docente?

–Se vio atravesado por una precarización laboral significativa. Quienes nos dedicamos a la docencia o quienes conviven con docentes, reconocemos que nuestras jornadas laborales se extendieron y se vieron mediadas por las pantallas, y las demandas se acrecentaron. Los ruidos de la escuela entraron en nuestros hogares y nuestros hogares también ingresaron a las clases o reuniones institucionales.

Esta suerte de “no segmentación” de los espacios y los tiempos generó un desgaste general y una sensación de cansancio entre los trabajadores de la educación. En este sentido, no desconocemos las implicancias referidas a la salud y a la salud mental. La demanda social también hizo lo suyo respecto a que la educación debía seguir a cualquier costo y, en sintonía con ello, la dicotomía salud/educación no nos fue ajena.

–¿Hubo más aprendizajes precipitados?

–La pregunta es muy pertinente y lo podemos reconocer en nuestras propias experiencias y en la de nuestros compañeros. Aprendimos el uso de ciertas herramientas para acercarnos tímidamente a una educación en línea y todas estas instancias fueron sostenidas desde la conectividad que cada docente tenía según sus ingresos.

Consideramos vital incluir rondas de intercambios que retomen herramientas de salud mental para repensar nuestro oficio porque son aliviadoras y posibilitadoras. Habrá que ver de qué manera, desde la política educativa pero también desde las instituciones y los sindicatos docentes, construimos espacios así: interdisciplinarios e intersectoriales.

Las especialistas en educación rescataron los aprendizajes vivenciados y los por venir.

Incentivar la autonomía

Maestra de especialistas, Susana Celman es una voz autorizada en temas educativos. Es docente e investigadora incansable. Es una mujer que no deja de dar vueltas sobre las diversas problemáticas en torno al enseñar y el aprender. Al ser consultada sobre estos asuntos, que sobrevinieron con el cierre físico de las escuelas y la apertura de otras formas y medios, compartió sus observaciones y acaso su preocupación por las generaciones futuras, su autonomía, su formación, y la relación con las tecnologías. Que los docentes puedan ser escuchados en esta vuelta a la “normalidad”, inquieta a la entrevistada a la vez que hace votos para que esto ocurra.

“Hay categorías que son fundantes para pensar lo que pasó en pandemia”, prologó Celman. “Dos de esas categorías son la inclusión y la justicia educativa, que se hicieron más visibles y se constituyeron como problemáticas imposibles de disimular”, dijo, antes de desarrollar que “el hecho de no asistir a la escuela, de no tener las cotidianidades rutinizadas significó un sacudón abrupto para la institución educativa, sus sujetos y las familias”.

Fue entonces cuando sentenció que “la pandemia mostró con claridad que en nuestro país había problemas graves de inclusión y justicia educativa”.

Ante una consulta explicó que “la crisis sanitaria también exhibió problemas de reales de inclusión educativa, es decir, no si el alumno va o no a la escuela, sino qué pasa con sus posibilidades de lograr un aprendizaje”.

“¿Y la justicia educativa?”, preguntó EL DIARIO. “Tiene que ver con las condiciones que hacen falta para que un niño, niña o adolescente, sienta el deseo e inquietud de darse cuenta de lo que ellos pueden bucear con y a través de la educación”, explicó la entrevistada.

 

Inciertos

Si a ese universo que describe Celman, se suma la incertidumbre que trajo consigo la emergencia sanitaria, la falta de planificación y proyectos a largo plazo, los modos de aprender tienen que haberse resentido, transformado. Sobre estas cuestiones giró otro tramo de la conversación.

“Las situaciones que vivimos fueron inesperadas para todos. Sabemos que los grupos transitan diferentes procesos respecto a los modos de trabajar, de organizarse y relacionarse”, mencionó, antes de agregar que “cuando pasa algo como la pandemia, todo eso se desordena; el tema es que las personas y las instituciones no tenían un repertorio para enfrentar tal situación”. A continuación, añadió que “salimos a afrontarlo con lo que se pudo, porque las herramientas viejas, anteriores a la pandemia, ya no servían. Cada grupo hizo a los manotazos, frente a una desesperación de la ciudadanía que exigía respuestas inmediatas”, recordó, antes de destacar que “fue un cimbronazo para quienes sostenían a pibes y pibas en sus procesos de aprendizaje”, y que “en las familias y la institución escolar, hubo enojos y malestares, solicitudes de colaboración, desorganización, pedidos de tiempo”.

Más adelante, reparó en un detalle. “En los sectores medios se dio un proceso paulatino de no fomento de la autonomía y responsabilidad de los chicos. Observo cierta tendencia a los sobrecuidados y a la asistencia, y a una actitud de marcarlos permanentemente desde afuera”, indicó. En esa línea, agregó: “los pibes manejan los dispositivos pero no fueron entrenados ni puestos en la situación de que esos medios podían ser un recurso para aprender, organizar sus tiempos y actividades con cierta independencia”.

Respecto a los aprendizajes en el sector docente, la entrevistada hizo algunas distinciones. “Es muy diferente enseñar en la presencialidad que a la distancia. La educación en línea requiere preparación de dispositivos, y una disponibilidad de tiempo que en la clase presencial se va cubriendo en el estar permanentemente. No estoy segura de que la calidad de un aprendizaje varíe según la modalidad pero sí es cierto que requiere que los docentes piensen cómo armar dispositivos para provocar aprendizajes en otros”.

Luego se refirió a los estudiantes. “La virtualidad veo que les tiende la mesa pero los obliga a masticar y digerir y muchas veces en soledad”, ilustró. Según su parecer, hay que “volver a crear condiciones para un aprendizaje colaborativo, con otros y en otras situaciones; y, por otra parte, favorecer aprendizajes conectados con las problemáticas sociales y culturales que los atraviesen como sujetos y que motiven su participación”.

 

Entre todos

Entre los tantos aspectos positivos que implica la clase en el aula y con la maestra, Celman recordó que “la convivencia en las escuelas favorece procesos de aprendizaje colaborativos, entre pibes”, al tiempo que vaticinó: “cuando se regrese a la llamada nueva normalidad, es posible que haya intentos conscientes e inconscientes de volver a lo de antes, para reducir esfuerzos, respirar un poco, volver a lo conocido”.

“Si no se logra que los docentes se sientan copartícipes de esta vuelta, en un clima de confianza y escucha, que ellos revisen sus prácticas y hagan propuestas, que puedan crecer en su autoestima, con mejor sueldo, no se van a poder recuperar aprendizajes”, concluyó.

Celman observa con preocupación, sobre todo en sectores medios, la falta de autonomía de los niños y adolescentes a la hora de hacer tareas.

LUQUEZ

 “No hubo tiempo perdido”

–¿Qué avizoras de la presencialidad plena que se retomaría a partir del 30 de agosto?

—Vale preguntarse: de qué manera nos reencontramos, qué espacios y tiempos nos damos para hacerlo, cuáles prevé la propia política educativa, qué ceremonias mínimas priorizamos, cuáles fueron los modos que encontramos durante el tiempo transitado para mantener el vínculo, qué de todo ello es importante seguir sosteniendo.

Una presencialidad habitada por reencuentros que continúen sosteniendo los vínculos es la que avizoramos y deseamos. Reencuentros que se detengan en darse tiempos cuidados. Algo así como que la presencialidad esté marcada por los cuidados que nos humanizan y no por el descuido que ciertas lógicas o discursos posicionan como “recuperar el tiempo perdido”. No fue tiempo perdido y sería muy importante poder considerar lo vivenciado en términos de aprendizajes.

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