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domingo, septiembre 19, 2021
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    San Lorenzo, ante una brava encrucijada de la identidad

    Continuación de Malvinas hacia el este, la calle San Lorenzo va mutando su pasado productivo hacia una identidad comercial y de servicios. Aún hay vestigios del barrio que supo ser en esta arteria que desemboca en el Parque Berduc.

     

    Víctor Fleitas [email protected]

    El paseo con el perro en la fría mañana hizo que la vecina regresara a esas veredas de la calle San Lorenzo, que supo ver repletas de ajetreo obrero décadas atrás. La charla ocasional con uno de los albañiles que transforman aquellas instalaciones en un complejo comercial, gastronómico y de entretenimiento se tornó tensa, tal vez innecesariamente. Un deseo de buen día cortó el diálogo.

    Antes de entrar por el portón de la esquina con Salta para emprender un día más, el operario tuvo el gesto de volver sobre sí e identificó que esa señora de jogging azul, zapatillas negras de cuero y camperón bicolor que cruzaba por San Lorenzo era la persona con la que había estado interactuando. En el golpe de vista, la mascota que la acompañaba le pareció más pequeña que cuando le olfateó las botamangas del pantalón de fajina y los pesados zapatones.

    Adentro, en el obrador, las viejas estructuras de la Compañía General de Fósforos seguían fundiéndose en un envoltorio de centro comercial, sin imaginar que por su culpa personas de distinta generación acababan de explorar la selvática polisemia de expresiones tales como construir o progresar. Como testigo del petit debate resplandecía una sencilla calle llamada San Lorenzo desde donde el río se asoma.

    El futuro shopping es una fuerte referencia de San Lorenzo. FOTO: Juliana Faggi.

    De oeste a este

    Salida propicia desde el centro o la costanera alta, San Lorenzo es continuación de calle Malvinas, de San Martín al este. La inmensa mayoría pensaría que sus dominios se extienden hasta el Parque Escolar Berduc, en la intersección con Salta. Pero más allá del predio deportivo y del arroyo La Santiagueña, hay una cuadra que asegura llamarse San Lorenzo, entre San Luis y Zuviría, rodeada de una parsimonia que sus antecedentes probablemente hayan perdido.

    Si bien no puede argumentarse que está inscripta en la agitación del centro, en San Lorenzo es una odisea encontrar un lugar para estacionar. Es cierto que atraviesa calles con personalidad definida, como San Martín, San Juan, Corrientes o Salta, pero es probable que esta invasión automotriz que la tiene de rehén responda a patrones más generales de consumo o inversión.

    En San Lorenzo, las veredas son anchas, en general con lugar para la alfombra vegetal y espacio para que prospere una arboleda que supo ser de distinguidos jacarandáes. Pero, año a año, una tormenta tras otra, las escobas sacan cada vez menos flores violetas y más hojas de fresno, amarillas, marrones, doradas.

    En San Lorenzo impone condiciones el frente de laja, la homogénea presencia del ladrillo visto o la esbeltez de la cerámica ornamental de sus casas, generalmente de una o dos plantas. Arbitrario, el paso del tiempo descascara la expresión de portones, ventanas y puertas en la misma medida en que renueva el aspecto de la propiedad vecina.

    Las historias de bonanza, los relatos sobre las consecuencias de aquella extendida enfermedad, los cuentos sin remate acerca de expectativas insatisfechas, los rumores de ausencias sin elaborar, los cuchicheos sobre diferencias irreconciliables y las habladurías acerca de provechosas alianzas maritales se enredan en el anecdotario de antiguos y recién llegados moradores.

    De algún balcón, sobresale una cucha de fibra de vidrio, desde donde ya nadie ladra. En estos bordes del macrocentro, la peregrinación de almanaques es un pasado de sillones veredeando que se extingue. Y la música ya no es esa propuesta guitarreada que se sostenía en improvisada rueda de cantantes, sino la percusiva fugacidad del parlante que doblará en la esquina hasta desaparecer.

    Algo ha ido perdiendo esta textura urbana que suele denominarse San Lorenzo, aunque no lo logren descifrar propietarios, inquilinos ni transeúntes.

    Por momentos, San Lorenzo revive su tradición barrial. FOTO: Juliana Faggi.
    Los cambios

    En un instante cualquiera, de la puerta menos pensada puede aparecer un personaje con bolsa de mandados y saludar a la profesional vestida para impresionar. Al rato, San Lorenzo es una sonrisa disimulada y de pronto la maqueta amable por cuyos laberintos un abuelo se recorre por dentro mientras conversa de cuestiones que el nietito probablemente no entienda, aunque atesore.

    En efecto, conviven en San Lorenzo el abrazo que recrea humanidad, la enredadera florida que resiste, el atento saludo vecinal, la parva de la reciente poda, el triciclo que hace un inventario de baldosas faltantes, la nostalgia de ojos claros por los tiempos idos, el volquete en la vereda, la abyecta determinación de quien escala sin más y una noción de porvenir que no se termina de conformar.

    En un punto sospechado e indescifrable, el péndulo del cambiante metrónomo de calle San Lorenzo hunde sus raíces en alturas donde aún resuena un canto de pájaros, entre Corrientes y San Juan. La pulcritud de las aceras establecerá distinciones entre inquilinatos y residencias familiares, pero no logrará explicar hacia dónde se dirigen unos y otras.

    En estos asuntos pensaba la señora del perrito cuando se preguntaba si no había sido descortés en el momento en que le planteó disidencias al joven jornalero del futuro shopping, apenas el día se desperezaba. Ahora sube las escaleras de un edificio escondido en el corazón de la manzana, mientras sinceramente le hubiera gustado determinar con quién discutía mientras le producía reproches al trabajador.

    Apenas fue consciente, se dejó llevar por el impulso y desandó desde la cima ese morro de revocados cubículos, piso por piso hasta la planta baja, para agotar la galería de aromas del mediodía: la sopa invasiva, el pan quemado de la milanesa con puré, el llanto de bebé por la papilla demorada, el pollo con salsa, el guiso de fideo mostachol, el humeante bife a la plancha, la colita de cuadril que crepita en el horno.

    Pero al llegar al esquinero portón lo encontró cerrado. Desde el interior del predio que nunca recorrió pero que imaginaba como una ciudad a escala, sobrevino la estridencia de una sierra en plena faena, la relajante presencia de un ramillete de risotadas, el andar intimidante de un equipo. Levemente abatida, emprendió el frustrante regreso.

    Su interlocutor saldrá del trabajo recién en unas horas, se calzará el casco, subirá a la moto y después de darle arranque, sentirá el estímulo de mirar otra vez la calle San Lorenzo, que se le ha vuelto familiar de unos meses a esta parte. Y, por cierto, no logrará determinar si la voz que susurra un mensaje ininteligible proviene del pasado que acecha o sólo es la reiteración de su propia versión de futuro.

     

     

     

     

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