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    Fray Mocho en el país de los matreros

    Roberto Romani / [email protected]

    El 19 de septiembre de 2005 asistimos a la entrega de las llaves de la vieja casona de Fray Mocho al pueblo de Gualeguaychú, donde había nacido José Seferino Álvarez, el 26 de agosto de 1858.

     

    El Gobierno de Entre Ríos había salvado de la destrucción a la antigua construcción colonial y al aljibe que fueran escenario de los juegos infantiles del periodista y escritor, que en 1898 fundara “Caras y Caretas”, junto a Bartolito Mitre, Manuel Mayol y Eustaquio Pellicer.

    Hoy, por esfuerzo de las autoridades provinciales y municipales, el espacio recuperado luce bellísimo, para orgullo de todos los habitantes de la “Ciudad de los poetas”, que valoran en su real dimensión los aportes que el hijo de Desiderio Álvarez y Dorina Escalada, efectuó desde el periodismo y la literatura, al gran libro de la cultura nacional.

    Con el doctor Oscar Lapalma siempre evocábamos al joven entrerriano en las aulas de la escuela de Olegario Errasquin, en el Colegio Histórico del Uruguay y en la Escuela Normal de Paraná, antes que sus inquietudes lo llevaran a Buenos Aires, donde incursionó exitosamente en las páginas de “El Nacional”, “La Pampa”, “La Nación” y “La Razón”.

    Se desempeñó como inspector de la Municipalidad de Buenos Aires, fue comisario de la Policía Federal y oficial mayor del Ministerio de Marina de la Nación.

    Posteriormente publicó “Esmeraldas” (1885), “Memorias de un vigilante” (1897), “Un viaje el país de los matreros” (1897), “En el mar austral” (1898), editándose años después de su muerte “Cuentos de Fray Mocho” (1906), “Salero criollo” (1920) y “Fray Mocho desconocido” (1979), investigación de pedro Luis Barcia, notable estudioso de nuestra lengua.

    Enrique Williams Álzaga señala que Álvarez había crecido en los “Campos Floridos”, donde “recorrió y escudriñó llanuras y montes, escuchando el rumor del viento en los pajonales resecos, atisbando el vuelo de las garzas, imitando el silbo de los zorzales. El espectáculo de aquel marco exuberante debió herir, deslumbrándolo, su sensibilidad poética, y fueron esas primeras impresiones de la niñez, las que constituyeron la esencia de su temperamento artístico”.

    En 1897, Fray Mocho aseguraba que “la población más heterogénea y más curiosa de la República Argentina es, seguramente, la que acabo de visitar y que vive perdida entre los pajonales que festonean las costas entrerrianas y santafecinas, allá en la región en que el Paraná se expande triunfante. ¡Qué imponente y qué majestuoso es allí el gran río, con sus embalsados que parecen islas flotantes!”

    Roberto J. Payró escribió en 1898: “Sus gauchos no pueden confundirse con nadie, tienen personalidad y carácter hasta en sus detalles más mínimos…Sus trabajos han de incorporarse naturalmente a nuestro folclore, porque en él quedan estampadas para siempre espíritu y hábitos del hijo de Montiel, que desaparecerá muy pronto por el progreso”.

    El ilustre entrerriano, uno de los primeros autores que incorporaron el paisaje nativo en la literatura argentina, murió en Buenos Aires, a los 44 años, el 23 de agosto de 1903.

    Miguel Cané expresó entonces: “Hemos perdido un verdadero temperamento artístico, y el día de ayer, que fue el último de un hombre que tomó muy poco a lo serio la vida y el arte, ha sido un día de duelo para las letras argentinas”.

     

     

     

     

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