Desafíos de la salud publica ante el asedio de la pandemia

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Entre tantas estadísticas de enfermos, camas ocupadas y fallecidos por Covid 19, se nos pueden escapar aspectos vinculados a cómo se tramita la emergencia sanitaria en los equipos de salud y también entre quienes recurren a ellos en busca de alivio. La entrevista de EL DIARIO con la especialista Carina Muñoz se enfocó en estas áreas, no siempre consideradas cuando se reflexiona sobre la pandemia.

 

Valeria Robin /[email protected]

La humana tarea de curar-que se corresponde con el agradecido gesto de ser curado- se ha visto conmovida en este escenario de crisis sanitaria a escala global. La muerte, el miedo ante lo irremediable, el dolor físico y emocional, las secuelas de la enfermedad, y el dejar de estar sano de un momento para otro, ya no son ideas abstractas sino realidades con las que hemos tenido que convivir y sobre las que nos anotician tanto nuestros contactos próximos como los medios de comunicación.

Esta sensación de finitud, de fragilidad, atraviesa no sólo a los que, por el motivo que fuere, solían recurrir a los servicios sanitarios, sino también a los integrantes de los equipos de salud. Así, personal médico, de enfermería y hasta de maestranza, han debido atender una demanda nunca antes registrada, no sólo por la cantidad de afectados sino por la duración del estado de emergencia y en buena medida por el hecho de estar pugnando con un enemigo desconocido, con alta capacidad de muerte.

Sobre estos asuntos EL DIARIO dialogó con Carina Muñoz que, además de autora del libro “Lecturas del cuerpo-del-paciente”, editado por Eduner, es Magister en Salud Mental (UNER), Licenciada en Enfermería y Profesora en Ciencias de la Educación.

La severidad de la pandemia puso en jaque la salud mental tanto de los usuarios como de los equipos sanitarios.

Si bien la ciencia no es infalible, en general se tenía la idea de que la intervención de los equipos profesionales iba a devolver la salud que se había perdido ¿Cómo opera esa certeza desgranada tanto entre los usuarios del sistema como entre los operadores?

–Sí, parece que sabemos que la ciencia es humana y falible pero sin embargo, vivimos en una suerte de negación o renegación de esa verdad fáctica absolutamente probada en la historia de la humanidad. Los equipos de salud son la escala humana de esa formación social más abstracta llamada “la salud” que a su vez participa de “la ciencia”.

El sentido social de la institución sanitaria es responder a la demanda social de salud, en su protección o restitución. En el ejercicio de esa función social legitimada por el saber científico –por este principio de falibilidad- los equipos pueden no llegar a dar respuestas en algunos casos, y eso es parte de las excepciones que hacen a la regla; fallar en ciertos casos, no poder, está en el campo de las posibilidades aceptables. “Se hizo todo lo posible”, es una frase que explica no un fracaso, sino la confrontación de un límite humano del saber o de la intervención.

Es decir, pese a que la producción científica –también en salud- es un procedimiento plagado de dudas, de interrogantes, de ensayos y errores, de conjeturas y refutaciones, de falsaciones, imaginamos “la ciencia” como conocimiento probado, cierto. Esa fantasía se puso muy en crisis: esta pandemia puso en evidencia esta falibilidad de un modo impactante.

–Acaso una mayor conciencia de los límites…

–Sí. El coronavirus Sars Cov2 expuso un límite real del conocimiento humano; en particular, el conocimiento científico que orienta las prácticas sanitarias. Escuchamos una y otra vez a científicos y médicos decir “no sabemos, estamos aprendiendo”. Durante este año y medio hemos asistido “en vivo” al “tórpido” (para usar el adjetivo clínico) proceso de construcción de conocimiento científico, de transferencia y aplicación tecnológica. Pese a que éste es el camino metodológico habitual de la ciencia, no suele ser visible para el común de la población. Quedamos largo tiempo confrontados a ese límite real y eso generó –aún genera- mucha angustia en todos.

Ahora bien, en los equipos científicos y en los equipos de salud hubo mucha conciencia de la situación que enfrentaba la humanidad y se dieron muy buenos procesos de intercambio y circulación de información en todo el mundo. Se socializaron experiencias y conocimientos como pocas veces, me parece. Eso fue cambiando, pero hubo momentos de producción cooperativa y solidaria, se trabajó en red entre distintos efectores con un sentido comunitario muy fuerte. Este espíritu se ha expresado en campañas sanitarias que apelaban al cuidado personal y colectivo, al “entre todos”, “todes juntes” para salir adelante como especie. Ese modo de afrontamiento de la crisis planetaria fue una experiencia importante, de la que podemos seguir aprendiendo cosas, sin duda.

El rol de los medios de comunicación también quedó en evidencia durante a pandemia.

PERSPECTIVA

–¿Qué tipo de relato se volvió hegemónico en torno a la enfermedad y la muerte por Covid y qué aspectos negativos tiene?

–No sé si podemos hablar de un solo relato. Creo que hay disputas de sentido en torno a la índole de este evento tan desproporcionado, para el que no tenemos recursos simbólicos suficientes. No hay experiencia humana comparable. Esa pugna se expresa en al menos dos grandes modos de interpretación.

–¿Cuáles serían?

–Uno de ellos define la pandemia como algo no esperado, para lo que es preciso buscar soluciones sanitarias y sociales. El otro, niega la existencia de la pandemia, del virus, y describe las medidas sanitarias como ataques a la libertad.

Ambos hunden sus raíces en el modo de producción capitalista, extractivista e individualista, aunque en cada uno de ellos hay muchísimos matices.

En el primero, el riesgo principal son los reduccionismos de todo tipo: no es un problema biológico de mutación de virus ni un mero salto de una especie a otra. Tiene que ver, entre otras cosas, con el modo de producción capitalista de alimentos a gran escala, con el modo en que se da la intervención extractiva con el ambiente y la falta de respeto a las especies. No es sólo un problema sanitario, ni sólo económico, es un asunto complejo que no admite explicaciones únicas.

El negacionismo, por su parte, es muy peligroso porque se alienta en una idea individualista, contraria al sentido colectivo y comunitario de la vida en la que todos los seres dependemos del entorno y de los demás: la libertad individual tal como la malinterpreta el modo de producción capitalista no se corresponde con la sensibilidad de la vida que más bien requiere cooperación solidaria y amorosa.

ALTERNATIVAS

–Se suele hacer hincapié en la muerte o la recuperación del enfermo, pero ¿quién se ocupa de los que lo asisten o de los familiares que eventualmente lo pierden?

–La pandemia generó a escala global un contexto disruptivo; produjo una distorsión masiva de las reglas de convivencia habituales, sin un afuera en el que refugiarse. El personal de salud vivió este proceso dentro de su espacio de trabajo y en su esfera familiar, personal, sin solución de continuidad. El incremento masivo de la demanda en salud y del riesgo que ese trabajo conlleva produjo un enorme estrés para el sistema de salud y los equipos. Por esta razón los profesionales y trabajadores del sector salud fueron destinatarios de medidas especiales, desde capacitación, asignación de equipos de protección personal y el hecho de tener prioridad en el programa de vacunación.

Aun cuando se registran desigualdades entre jurisdicciones y tipo de servicios, estas medidas de protección a los equipos de salud operan como cuidado de salud en un sentido amplio, es decir, aportan al bienestar integral, no es sólo cuidado físico. Sin embargo, el cuidado específico de la salud mental de profesionales que sufren tanto estrés (por el volumen de trabajo y las situaciones angustiantes del aislamiento así como de la elevada tasa de mortalidad que se ha registrado) no ha sido contemplado como cuidado para equipos de salud en todos los casos, salvo excepciones.

–¿Algún ejemplo concreto?

–Me consta el ejemplo del Hospital Escuela de Salud Mental de nuestra ciudad que implementó dispositivos de acompañamiento para les profesionales de Enfermería en el inicio de la pandemia.

En cuanto al cuidado de los familiares, la atención sanitaria contempla acompañar el distanciamiento con información y medidas de contacto seguro que, en condiciones de emergencia y alerta sanitaria, con alta ocupación de camas, no resulta posible cubrir adecuadamente. Ese sufrimiento amplificado por la separación, la soledad, ha sido considerado como “la otra pandemia”.

La investigadora en Salud Mental, Alicia Stolkiner, ha planteado desde el inicio que vivimos una situación de duelo, de pérdida de la salud, pérdida de vidas, de seres queridos, pérdida de los encuentros, pérdida del trabajo: estamos duelando muchas pérdidas y, en no pocos casos, hay personas que han perdido a casi toda la familia o muchos amigos.

Por las redes circularon mentiras atroces sobre qué es el virus y cómo hacerle frente.

–Entonces ¿es un problema de salud pública?

—El sistema de salud previó desde el inicio líneas de acompañamiento telefónico durante la época más dura de la cuarentena que, luego se extendió para personas que tenían dudas, o estaban esperando resultados. Claramente el sufrimiento psíquico, de cualquier índole, es un problema de salud pública y no un problema personal. Es importante comprender esto y tomarlo como herramienta para la pospandemia: sentirse mal no está mal; en un mundo en el que todos se muestran sonrientes en sus perfiles, decir que nos sentimos mal, parece de otro planeta. Sin embargo, aceptar que a veces está bien sentirse mal (como dice el tema Un deseo, de Alerta Pachuca) es muy liberador, ¿en qué momento nos hemos convencido que sólo tenemos que estar bien? Si aprendiéramos eso, quizás también sería más fácil, y nos daríamos más permiso para pedir ayuda.

En cuanto al sufrimiento psíquico, vale la pena señalar que a la tragedia de la pandemia se articuló un sistema de medios -que no está a la altura de la comunicación como bien público- amplificados por un sistema de redes sociales -completamente desregulado- que permitió la difusión masiva de noticias falsas, mentiras, acusaciones, discriminaciones. Todo eso profundizó el sufrimiento desproporcionadamente. Frente a eso, los dispositivos de escucha creados en el marco del Covid así como las respuestas en salud mental, en general, han resultado insuficientes.

–Los equipos de salud han convivido históricamente con la idea de la finitud de la existencia del otro ¿Qué ocurre cuando esa certeza parece desbordada al punto que pone en riesgo a los propios operadores del sistema de salud?

–El trabajo cotidiano con el dolor, la enfermedad, la muerte, no es sin consecuencias. La muerte del otro siempre nos confronta con nuestra propia finitud. Muchas veces las situaciones de pacientes con nombres y apellidos concretos, con historias, interpelan a los equipos de salud. La grupalidad que se construye en cada equipo ayuda mucho a transitar y elaborar esas situaciones. Hay muchos estudios que han señalado la importancia de cuidar a quienes cuidan, desde todo punto de vista. Sin embargo, falta mucho por hacer en ese punto.

Corresponde decir que la pandemia generó además, una situación general de desborde que produjo mucha ansiedad y angustia. A las escenas de enfermedad y muerte, se sumó el aislamiento, la soledad y el peligro. El riesgo cierto en el trabajo sobrevino como una novedad, el trabajo en salud se volvió de alto riesgo, y para colmo, con sobrecarga del volumen laboral. Y, como si fuera poco, en el día a día, les profesionales, al volver a sus casas, pasaron momentos extremadamente duros por el temor a contagiar a sus familias. Muchos se aislaron por largo tiempo de sus padres o hijitos para sostener cierta tranquilidad en el trabajo: un monto de angustia exacerbado. En este contexto, la salud mental de los equipos de salud ha sido muy golpeada.

Planteos y fundamentos

–¿La institución sanitaria está pensada para la contención de las familias sufrientes, ya sea mientras se tramita la enfermedad, ante la gestión de las secuelas y eventualmente la propia muerte?

–No quisiera generalizar con un simple “no” que se corrobora en el sentido común cotidiano. En realidad, hay experiencias de contención familiar que vale la pena mirar. El hospital materno infantil San Roque de nuestra ciudad –tomando experiencias de otros hospitales pediátricos- ha implementado no sólo la internación conjunta madre/padre-hije, sino que ha dispuesto espacios de alojamiento para quienes lo necesitan.

Hay servicios que adecuaron los sistemas de comunicación con les familiares con mucho criterio y eficacia. Asimismo, las líneas de atención en salud mental gratuitas son formas de institucionalización del cuidado de la salud con enfoque integral.

Quiero resaltar además que el modo en que se realiza un cuidado físico, siempre hace al bienestar emocional. Pensemos en cualquier ejemplo. La campaña de vacunación, respecto de la cual hay un enorme consenso: la organización, la precisión y pericia, la calidad de la información, aun cuando algunos pudimos tener síntomas y malestar asociados, es uno de esos cuidados físicos que toda la población celebra con alegría, produce tranquilidad no sólo por la inmunidad sino porque nos hace sabernos cuidados por el otro, porque nos hemos sentido bien tratados, bien recibidos.

–¿Sería complejo y/o costoso transformar a la salud en una red que atienda las distintas dimensiones de lo humano?

–Para responder esto, acudo nuevamente al ejemplo de la monumental campaña de vacunación. No hubo otra con esta escala. Sin embargo, fue diseñada, implementada, ajustada desde la logística de compra y distribución, hasta el sistema de registro, identificación, aplicación, etc. De lo macro a lo micro. En nuestro país y nuestro sistema de salud hay profesionales en condiciones de hacerlo. No es milagro ni casualidad, sólo requiere decisiones políticas, y de políticas públicas adecuadas.