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sábado, septiembre 18, 2021
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    Vidas itinerantes, entre luces, juegos y kermés

    A pocos kilómetros de Paraná, en las afueras de Oro Verde, al costado de la ruta 11 un puñado de historias se esconden detrás de un parque de diversiones. Se trata de un emprendimiento itinerante que de alguna manera ha quedado anclado por la crisis sanitaria que se desató. EL DIARIO se asomó a ese mundo de entretenimiento sostenido por una familia trashumante.

     

    Mónica Borgogno/[email protected]

     

     

    Son una familia oriunda de Guaymallén que se moviliza en grandes camiones. En marzo de este año llegaron a Oro Verde para instalar sus 30 juegos, por un contrato de dos meses pero trabajaron un mes y medio y tuvieron que parar. Ahora les permitieron abrir para las vacaciones de julio.

    “En mi familia llegamos a tener 10 parques de diversiones, había primos con emprendimientos como este desperdigados por todo Cuyo. Ahora el único que quedó es éste”, dijo Daniel Golvano, el dueño de esta empresa.

    Central Park, así se llama este parque que distrae la vista de quienes circulan por la renovada autovía. Sobre todo por las noches, es bien visible y atractivo con tantas luces de neón en medio de un paisaje de pueblo chico.

    Hasta allí llegó, a media mañana, EL DIARIO, en busca de una serie de historias que acaso algunos presuman, pero la mayoría sencillamente desconozca. Las inquietudes estuvieron orientadas a aproximarse a otros modos de vida y de trabajar signados por la itinerancia.

    La primera impresión fue impactante. Es que, a la hora de la entrevista, con la sola luz del día, las dimensiones de los juegos lucían más pequeños que cuando se los disfruta por las noches, probablemente agigantados por las luminarias.

    Mientras aguardábamos a Galvano, el resto de los integrantes de la troupe, pintaban unos caños, probaban unas instalaciones. “Siempre hay que hacer mantenimiento”, dijo al pasar.

     

    ADVERSIDAD

    El pie en suelo entrerriano, según contó, lo pusieron en diciembre de 2019. Después, los sorprendió la pandemia. “Hicimos Victoria, Nogoyá, Crespo y en marzo vinimos acá. Éramos 30. De ese equipo original algunos se volvieron porque era imposible subsistir sin trabajar; quedamos la familia, y algunos concesionarios que tienen sus juegos. Y aunque el parque no funcione, hay que cuidarlos y administrarlos. No nos quedó otra que poner el pecho para aguantar esto”, resumió Galvano.

    “En plan era instalarnos por dos meses y ya llevamos cinco. De todo ese período, sólo pudimos trabajar un mes y medio, porque estuvimos más de dos meses parados y recién ahora nos dejaron abrir en vacaciones como para que juntemos dinero y podamos regresar”, relató el entrevistado.

    Ante una consulta puntual, Galvano consideró que “pese a que hay poco movimiento es mejor que estar parado porque hay que seguir pagando impuestos, luz eléctrica, y muchos otros gastos” vinculados al sostenimiento de la vida, al acondicionamiento de los juegos, al resguardo de las condiciones de seguridad y finalmente a la obligación de afrontar los compromisos tributarios.

     

    PARTICULARIDADES

    La empresa no surgió de la nada. Hubo un abuelo emprendedor. Rafael Galvano, de Galicia, vino con su padre a Mendoza, ya con esa idea. “Empezó con una kermes cuando tenía 16 años y después montó lo que fue el parque ‘El gran oeste argentino’ que andaba en la franja central del país (Córdoba, San Luis, Mendoza y Santa Fe). En esa época eran dos los parques más conocidos: el Hollywood y el de mi abuelo”, detalló.

    El recorrido por su árbol genealógico hizo que el entrevistado repasara distintas referencias.“Mi bisabuelo vino con plata, compró terreno, criaba cerdos. Pero mi abuelo tenía otros planes: a él le gustaban las kermeses y a los 16 años ya se dedicó a eso, de jovencito. Finalmente formó una empresa. Hizo ‘la América’ como se dice. Al esfuerzo de mi abuelo lo siguió mi papá y después tomé la posta yo, con el desafío de producir una renovación general, para adaptarse a los tiempos”, relató Galvano.

    La charla derivó en referencias a cómo cambia las épocas también en este rubro dedicado al entretenimiento. Pensemos nada más la relevancia que han ido tomando los juegos digitales y el modo en que estas prácticas se suceden en la vida cotidiana. Cuando se sale de ese encierro, aunque sea voluntario, y nos dejamos llevar por el vértigo que generan unos mecanismos gigantes, la magia parece regresar, pero es menos común que las personas asistan a los parques como única experiencia de entretenimiento. “Recuerdo que antes había carruseles, calesitas, gusanos locos, pero no eran como los de ahora. Eran de hierro, ahora son de plástico, de material sintético. Estaban los botes hamaca que se tiraban de la soguita, o la muralla de la muerte en la que entraban con las motos”, ilustró Galvano. Estas evocaciones serán extrañas para las nuevas generaciones pero no para quienes los antecedieron.

    Los cambios entre el presente y la época que Galvano cita, no se circunscriben sólo a los materiales de los juegos utilizados, sino también a la incorporación de otros dispositivos como los tecnológicos, que fueron reemplazando aquel mundo meramente mecánico. “Los negocios de este tipo se montaban en carpas. Mi abuelo, por ejemplo, transportaba todo en tren, de provincia en provincia; y en carretas también. Por eso estos parques siempre se ubicaban cerca del ferrocarril, para resolver con practicidad el traslado, de una ciudad a otra. De hecho, en los años 20 en algunos pueblos de Mendoza ni siquiera había electricidad y entonces llegaba mi abuelo con el parque y la gente le tenía miedo, no entraban. Debían apagar las luces e iluminar con farolas para que la gente se arrimara. Sí bien sabían que los motores funcionaban a electricidad, a la luz le tenían miedo. Parece mentira, pero era así. Ahora en cambio, el neón es una fuente de atracción”.

     

    DE GIRA

    Mientras las preguntas y las respuestas entretejían un diálogo, entre las nubes los altoparlantes se esforzaban en avisar que el Central Park está de regreso.“Este parate de la pandemia nos puso al borde de la destrucción. Entendemos que las posibilidades de contagio dentro del parque, que está al aire libre, son mínimas, porque además las personas se mueven en burbujas familiares. En paralelo nosotros tomamos nuestras propias previsiones: medimos la temperatura, sanitizamos los ingresos y los juegos. En fin, pensamos que los riesgos son mínimos, y sin embargo no hemos podido trabajar”, desarrolló el entrevistado.

    Por los costos de traslado de las instalaciones del parque tampoco pueden pensar en viajes largos. Hoy día están haciendo gestiones para ver si se pueden mudar en agosto a algún predio en Colonia Avellaneda.

    “Estamos con mis dos hijos y sus respectivas familias. Mi mujer se quedó en Guaymallén ayudando a una nieta que está en la escuela; así que hace cinco meses que no la veo. Nuestro trabajo, de por sí, es muy sacrificado, y más en este contexto donde nos vimos obligados a parar todo y dejar de tener contacto con la familia y los amigos. Sin ir más lejos, uno no se puede juntar porque los sábados y domingos son los días que más trabajamos”, recalcó Galvano, minutos antes de posar para la foto.

     Preferencias

    Para poder administrar los 30 juegos del parque necesitan contratar mano de obra local. Eso hicieron en este caso: “Contratamos personal del pueblo o de Paraná, para tareas de mantenimiento y para la atención al público”.

    También se lo consultó sobre los juegos más buscados y no dudó en marcar a los “autitos chocadores y el tobogán”, mientras que los más jóvenes y osados se inclinan por el “kamikaze” o “martillo”.

     

     

     

     

     

     

     

     

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