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sábado, septiembre 18, 2021
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    Una a una, las murallas que Bevilacqua fue derrumbando

    Amable, sinuosa, algo olvidada, Juan Bevilacqua honra -ya desde su nombre- al Paracao, en cuyo pasado un aluvión hortícola le inunda el paisaje. En efecto, la calle sencilla parte en dos lo que fuera una parcela de campo en los extremos de una ciudad que en las últimas décadas no ha parado de expandirse.

     

    Víctor Fleitas

    [email protected]

     

    Desde avenidas gravitantes como De las Américas o Báez, Juan Bevilacqua no es sino una callecita desprovista de mayores atractivos con la que los conductores apurados se encuentran sin proponérselo, muchas veces sobresaltándose ante alguna imprudencia vial ajena, mientras buscan llegar a buen puerto.

    Sin embargo, Juan Bevilacqua no sólo adquiere un valor significativo para quienes residen a lo largo del puñado de cuadras que constituye su cambiante traza o para los que la frecuentan como entrada y salida de escondidos laberintos urbanizados.

    La arteria, además, cuenta la historia sencilla de un sector de la ciudad en el que la necesidad de las comunidades humanas de afincarse en una parcela fue desplazando al monte espeso, inaccesible, o a la tierra disciplinada para producir alimentos de origen vegetal.

    Hilo de agua que se abre del cauce principal en busca de un destino propio, Juan Bevilacqua nace en Avenida de las Américas, luego de El Rutero, una de esas marcas comerciales que el uso y la costumbre transforman en mojones de geolocalización. Su traza es caprichosa, repleta de secretos pasadizos, con curvas y contracurvas, de cuyo conocimiento se jactan los residentes, los taxistas, los carteros y los repartidores.

    Desde Alemanes del Volga hacia el sur, se suceden casas señoriales que le dan otro relieve a Juan Bevilacqua. FOTOS: Gustavo Cabral.

    De ayer a hoy

    Mirada desde cierta equidistancia, Juan Bevilacqua es también un libro abierto en el que anónimos escritores de manos callosas han querido dejar testimonio de cómo ha sido esa campaña inorgánica pero efectiva que ha llenado de casas unifamiliares un amplio vergel dedicado a la producción de frutas y verduras.

    No es sólo un compendio de anécdotas personales, por cierto; la mera comprensión de que la riqueza local que generó esa cadena de valor (producción, comercialización, consumo) hoy se realiza en otras jurisdicciones, ayudará a entender una de las matrices del empobrecimiento que sufre la ciudad desde hace tiempo.

    Lo concreto es que, por aquí, los cimientos le fueron ganando a los almácigos, un lote por vez, una quinta detrás de otra, como parte de un ciclo generacional cumplido, desde la Avenida de las Américas hacia un interior impreciso desde donde la leve lomada busca un ocaso ribereño sin hallarlo del todo.

    Ese efecto dominó que organizó las urbanizaciones no se dio en un santiamén: demandó años para que una ficha haga caer la siguiente. El caso es que, sin advertirlo cabalmente, cada microproceso respondió a lógicas que hoy mismo emergen en el perfil de las construcciones características de las distintas subunidades.

    Ajenos a estos desvelos, los residentes enfrentan como cualquier mortal el diario desafío del convivir: optan por las avenidas en busca del esquivo colectivo; hacen mandados aprovechando que Báez dejó de ser aquella arteria ancha que no llevaba a ningún lado preciso, para convertirse en un centro de aprovisionamiento y servicios; o salen con sus autos esquivando pozos profundos, señal de un descuido municipal de años.

     

    Andares

    Con las comodidades de las construcciones, el nivel de terminación y la sofisticación de los diseños cambia también el medio de movilidad dominante a lo largo de Juan Bevilacqua.

    La calle como tal mantiene una apreciable distancia entre cordones, aunque insuficiente para el establecido doble sentido de circulación. Las veredas, sujetas a reglamento, dejan lugar para la gramilla y la nutrida arboleda, desde cuyas alturas discute el lorerío que aleja a las lechuzas pero también afinan, por cierto, la calandria y el zorzal.

    En torno al cruce con Telémaco Susini se advierte un florecer arquitectónico e inversor que, por cierto, no encuentra correspondencia con la infraestructura ciudadana disponible. Tal vez la vida tranquila que se intuye en esta zona le juega en contra y hace que en la distribución de obras y reparaciones estas manzanas vayan quedando relegadas por las urgencias registradas en otros puntos.

    La calle Juan Bevilacqua terminará unos metros más al sur en una rotondita elemental que ayuda a evitar el encontronazo con la muralla y su después. Si pudiéramos elevarnos veríamos que hacia el norte de la tapia hay un arribo en ciernes de ladrillos, cemento y metal, mientras al sur, aún reinan las calabazas y los zapallos, las lechugas repolladas y las plantas de acelga, la simpática simetría del tomate y esa lágrima de colores vivos a la que solemos llamar pimiento.

    A la vista

    Desde el cul-de-sac que antecede al tapial del final, se puede visualizar las capas de Juan Bevilacqua en las que conviven los tiempos verbales del progreso.

    Se ve con claridad desde este mangrullo: el serpenteante despliegue de la pavimentada calle sobre el territorio puede explicarse desde una deliberada porfía en hallar senderos de interconexión entre loteos que han sido puestos a la venta de manera asincrónica. Se huele en el aire que ha faltado planificación en todo este sector, en la misma medida que ha sobrado ahínco.

    Es verdad que, como dicen los memoriosos, un entrecruzamiento de factores intervino para que un día aciago se comprobara que ya no tenía sentido la rutina familiar del trabajo de sol a sol, sin domingos libres ni feriados. Es probable también que los intereses de los herederos pudieran haber hecho su parte para que, con el suceder de los almanaques, se conforme esta cadena heterogénea de viviendas.

    El asunto es cómo sigue contándose este relato en una zona en la que el pasado, caprichoso, pertinaz, se resiste al olvido y se filtra en la experiencia y en los patios, haciendo germinar semillas del ayer hortícola entre una espesa gramilla ornamental.

    Ante esos milagros de la botánica, los niños preguntan y los adolescentes miran de soslayo. Pero en un repentino golpe de memoria los mayores regresan al escenario agreste que conocieron décadas atrás: caen los muros divisorios, desaparecen los tejidos y las hiladas se hunden en la tierra abonada; sus sueños vuelven a ser planes de pareja y entre los senderos polvorientos un grupo de gurises divide la siesta entre la caza de la iguana y el tiro al blanco con resortera, prácticas poco habituales entre quienes crecieron en medio de los rituales descafeinados de la cultura citadina.

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