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sábado, septiembre 18, 2021
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    Postales ocres de un tiempo de dicha infantil y travesuras

    Con frecuencia, reconstruir los sucesos o hechos que están en nuestra memoria y de los cuáles se ha sido actor, aunque inicialmente se encuentren desorganizados y asistemáticos, nos permiten construir un relato para comunicarlos que, aunque no se ajuste totalmente a los hechos positivos o no sean objetivos en sí mismos, representa lo que creemos que fue y como creemos que fue.

     

    Griselda De Paoli | [email protected]

    Es posible también, que nuestra propia experiencia de vida atraviese nuestra mirada desde el hoy, sin opacar el encanto retrospectivo que sustenta el recuerdo que resguarda nuestra memoria, que en el caso de la memoria de la infancia, suele ser el tópico de un tiempo feliz.

    Ese recuerdo se transforma en un relato autobiográfico cuya narración nos permite ordenar la experiencia y que puede representar la de otros en similares tiempos y espacios, con referencias que tienen que ver con lo cercano, el barrio, la escuela, el club, los juegos.

    Cuando esos recuerdos juegan en la memoria de un escritor, de un narrador, de alguien que busca la mejor forma de contar historias, cobran otra dimensión porque llevan el deseo de ser compartidos precisamente con otros, que sientan empatía con eso lo que nos cuenta.

     

    En el baúl

    Compartir sus recuerdos de infancia paranaense es lo que hace Carlos Fradkin, en este cálido relato autorreferencial, en el que muchos vamos a encontrar señalamientos que seguramente también forman parte de nuestra memoria o de los relatos de los abuelos.

    “Tenía ocho años de edad y cursaba el segundo grado del ciclo escolar primario, en mi vieja y querida escuela República de Chile, de Paraná, ciudad capital de la provincia de Entre Ríos”, prologa Fradkin, al añadir que “transcurría el año 1945, cuando finalizaba la Segunda Guerra Mundial, con todo su horror aun en gran parte oculto”. Sin embargo, los niños de entonces se enredaban en imaginarios combates, “conduciendo veloces cazas bombarderos, entre ráfagas de metralla que cruzaban los cielos; o en acorazados surcando los mares; o a bordo de tanques subiendo y bajando por las colinas con sus orugas de acero y vomitando fuego los cañones”.

    Fradkin prosigue. “Por aquella época, el cine y las historietas alimentaban mis fantasías, y mis ídolos iban de Errol Flyn, Dick Tracy y Superman a jugadores de fútbol del Club Boca Juniors, cuyas figuritas de cartón, del tamaño de una moneda, eran la sorpresa escondida en el envoltorio de los chocolatines de una conocida marca comercial”. Recuerda que “llegué a coleccionar una importante cantidad, y las figuritas repetidas, teniendo en cuenta que también las había de otros equipos famosos, me servían de canje para tener la mayor cantidad de jugadores de mi club favorito. Dormía con esas reliquias debajo de mi almohada”.

    En rueda

    “La radio era el medio masivo de difusión: informativos, propaganda, radioteatro, deportes, música y demás programas de interés general.

    Mientras la guerra hacía estragos, los niños sólo pensaban en jugar. “Es claro, lo importante era juntarnos, escapar del control hogareño y dedicarnos a nuestros juegos. El principal -y que nos llevaba la mayor parte del tiempo libre- era el fútbol, con pelotas de goma; y en última instancia de trapo: la cuestión era conseguir un par de medias finas de mujer, de muselina generalmente, por supuesto en desuso; y se introducían en ella, precisamente en el lugar de una de las piernas, trapos viejos y papel de diario bien abollado”.

    Explicó luego en qué consistía el ritual. “Se tomaba la media por la parte más ancha, la de arriba, se hacía un primer nudo con la misma media, sobre la parte rellenada, que iba de a poco tomando forma redonda, y se revoleaba hasta alcanzar una velocidad adecuada -eso lo decidía quien se había comedido a lograr el objetivo- y luego se estrellaba repetidas veces el relleno de la media sobre una pared, o sobre el piso de la vereda o de la calle, hasta por fin, previa verificación y conformidad de los presentes, se daba la aprobación final y entonces sí: todo estaba listo para un partido que tenía hora de inicio, pero no de finalización”.

    Las evocaciones se suceden. “Casi al anochecer venían a buscarnos al potrero que se formaba entre dos grandes árboles, en el lugar que poco tiempo después sería destinado a establecer la primera estación terminal de ómnibus, frente a la denominada ‘Cinco esquinas’, sobre Avda. Ramírez y Echagüe. Al final, nos llevaban, por lo general, tirados de las orejas hasta nuestras respectivas casas, donde continuaba el clásico ritual del baño, previa limpieza principal de rodillas, codos y tobillos con cepillo y jabón de lavar la ropa”.

     

    Laguna

    Después, Fradkin cita. “Frente al terreno que ocupaba entonces el antiguo Mercado de Abasto, donde se construiría -veinte años después- el edificio de la actual Terminal de Ómnibus, se había formado una laguna en la que a veces se veían algunos patos y crecían tupidos cañaverales; y además por las noches se escuchaba el croar de las ranas. Con el paso de los años, esos terrenos, anegados por aguas de procedencia subterránea, fueron rellenados, y sobre ellos, se constituyeron nuevos núcleos barriales, prácticamente desde la Avda. Echagüe hasta calle Misiones”.

    “Nos encantaba correr alrededor de la laguna, escondernos entre los cañaverales con el agua cubriendo los tobillos; y transformarnos, cuando se daban esos trances, en actores imaginarios de aventuras inventadas con urgencia y luego encerradas, sin más ni más, en el baúl de los sueños olvidados”.

    Por último, la fase escolar. “Por las mañanas, después del receso de verano, el asunto era ir a clases en la Escuela República de Chile, frente a la Avda. Ramírez. Levantarse temprano, desayunarse, escuchar todos los días las mismas recomendaciones: no ensucies el guardapolvo, mirá que está recién almidonado; no juegues a la pelota en los recreos; ya rompieron un vidrio, acordate; no te demores en los baños; no hagas enojar a la maestra, que es tan buena; que no llamen a tu padre desde la Dirección; no te juntes con vagos a la salida, vení enseguida a casa; tampoco te ensucies con el azúcar de las tortas negras; no vayas a venir lastimado de la escuela; no molestes a los vecinos cuando regreses; no te quedes jugando a la pelota por ahí; portate y sentate bien en clase; no saltes por el tapial del fondo de casa; y no, y no, y no.”

     

    AL MARGEN

    Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected] [email protected] y/o [email protected].

     

     

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