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viernes, julio 30, 2021
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    Rincones para la introspección en la suburbana López Jordán

    Pese a haber quedado entabicado entre el Acceso Norte y la Avenida de Circunvalación, un tramo de López Jordán reúne una galería prodigiosa de postales semirurales y suburbanas que marcan probablemente los términos de una convivencia entre la ciudad que fue y la que va camino a ser.

     

    Víctor Fleitas

    [email protected]

     

    Consecuencia directa de una ciudad cuyo ordenamiento marcha a paso cansino, entretenida en evanescentes cavilaciones, López Jordán no logra sacar provecho de la disposición espacial privilegiada que luce en el mapa. Paralela a Blas Parera hacia el este, la calle como tal comienza ante un paisaje ribereño majestuoso, detrás del camping de La Toma Vieja, y luego de atravesar la ciudad de norte a sur, llega hasta una planicie ondulada que opera como límite con Oro Verde, ya bajo la denominación de Gobernador Mihura, nombre que adopta a partir de la desgastada Almafuerte.

    Sin embargo, pese a su prometedor desarrollo, López Jordán es una arteria discontinua, que no puede recorrerse de cabo a rabo, que sólo une puntos cercanos, como si fuera una constelación de atajos modestos tendidos desde una urbanización hasta alguna avenida relevante de la zona.

    La razón de su fraccionamiento es sencilla: mientras los radios de giro divergentes de rutas portentosas -como el Acceso Norte y la Avenida de Circunvalación- van buscando las profundidades del departamento desde una imaginaria encrucijada en cercanías del Túnel Subfluvial, sus trazas funcionan en los hechos como murallas y no le permiten a las distintas subunidades de López Jordán tomar contacto con la subsiguiente, que es ella misma bajo otros rituales de urbanización.

    La infraestructura urbana disponible es mínima, típico de esos caminos que sirven solo para entrar y salir de las propiedades. FOTOS: Gustavo Cabral.

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    De hecho, la red vial con sus curvas caprichosas, sus desprovistas rectas y sus determinantes desniveles alcanza a segmentar en tres tramos a López Jordán. Cada uno de ellos posee un tempo particularísimo, además de singularidades identitarias, propias de un truco impar que juegan las patas del negocio inmobiliario (propietarios, intermediarios e inversores) y una ciudad que deja hacer, mientras de la boca para afuera se jacta de planificar sin cesar.

    Desde el Acceso Norte al río la conformación de amplias viviendas unifamiliares organiza una rutina de días hábiles y despierta alertas respecto de los términos en que discurrirá la convivencia, que reclama de acuerdos por cierto pero también de alguna infraestructura urbana, lo que incluye la prestación de servicios esenciales.

    En el borde sur de López Jordán, que se extiende desde la avenida de Circunvalación hasta Almafuerte, todavía hay veredas altísimas desde donde deslumbran los relatos mansos de rincones floridos, con un orgulloso pasado de casas quintas. Y, al lado, brotan pegadizas canciones que cuentan historias de superación desde las ventanas de edificaciones proletarias en vías de ampliación o viviendas unifamiliares de una o dos plantas.

    Entre ambos sectores, delimitado por la amenaza del frenesí carretero, el tramo central de López Jordán se reconoce en un suspiro de cuadras que invitan al descanso y la introspección. Algunos aventureros que se atreven a explorar el mundo existente detrás de las circunscripciones convencionales se han dejado tentar por la mansedumbre de López Jordán, apenas siguieron una promesa de Don Bosco al este, más allá del semáforo circunvalar. En el periplo no han encontrado cartel indicador alguno, pero sí un túnel vegetal, con veredas más altas que la mirada, ante el cual se han detenido como cuando nos encontramos ante nosotros mismos, en una confluencia azarosa e inesperada.

    Si el tramo norte de López Jordán es una polvoreda emprendedora, afiebrada; y el sur, pedalea un presente laborioso, buscavida, empecinado; la parte media es una burbuja de sosiego, una atmósfera silenciosa repleta de sonidos que estremecen, una canoa existencial que se hamaca, encostada.

    Cerca del cruce con Circunvalación, el perfil se degrada. Gustavo Cabral.

    Estaciones

    Tres eslabones sostienen esa liana de pavimento flexible que es López Jordán en el sector de referencia. Cerca del Acceso Norte, zumba prosperidad un panal de residencias de amplias dimensiones, con jardines cuidados con esmero por personal que llega en camioneta o moto y fondos esplendorosos, hechos para dedicar un sábado a la tarde a la reflexión sobre la fragilidad de la existencia humana o a la simple contemplación de un atardecer único.

    Luego, se despliega una serie de loteos, ya amanzanados, con alumbrado público y luz eléctrica. El pasto ha sido cortado hace poco, pero no hay carteles de puesta en venta ni materiales de construcción apilados o cimientos que auguren el inicio de obra. Luego de una generosa depresión del terreno, los vehículos escapan de la escena veloces pero mudos; y, más atrás, el occidente se llena de un hormiguero de cemento, apiñado y atractivo.

    Después de la serenidad monacal que Don Bosco parte en dos y hasta la Circunvalación, también habrá casas residenciales. De todos modos, el nivel constructivo no exhibe los niveles de las existentes en el extremo opuesto. Se irá desgranando el aspecto de López Jordán, es cierto; hasta que junto al guardarraíl se parezca a los flecos de los pueblos, suburbana y olvidada, atravesada por cursos de agua escuálidos pero indómitos, decididos a dejar su marca en el pavimento.

    Por otro lado, ese encierro vial en el que se desarrolla el tramo medio de López Jordán ayuda a constituir una sonoridad peculiar. En estas cuadras, impone condiciones el sonido del viento, un susurro de copas, el canturreo de un pajarerío que se despereza en las ramas altas de los ejemplares en hilera.

    En pleno mediodía, un ciclista frena su marcha, ante un deseo repentino. Deja el pie derecho sobre el pedal; el izquierdo, firme en el piso. Un largo sorbo de agua alivia el esfuerzo previo. Levanta el mentón y una brisa oportuna le recuerda en la barbilla los anhelos intactos. El sol se filtra entre las ramas, dándole al entorno un aspecto algo cinematográfico. Cuántas temporalidades habitan este instante, se pregunta.

    Hacia el río, López Jordán es un lagarto de luz que lo enceguece. Por el camino en cruz ronronea un cachapé, que se irá perdiendo después de la loma. Un trino espectral lo envuelve todo. “Un sueño lejano y bello”, plagia el pedaleante. También a él lo devorará el paisaje, apenas arranque.

     

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