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sábado, julio 31, 2021
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    Muerte y pérdidas: una mirada desde la Filosofía

    Los avatares de la pandemia han convertido a nociones tales como pérdida, miedo a la muerte y su concreta materialización en asuntos que, además de conmovernos, han estado en el último tiempo sujetos a revisión. EL DIARIO conversó con la doctora en Ciencias Sociales Angelina Uzín Olleros para asomarnos a la temática desde la producción filosófica.

     

    REDACCIÓN EL DIARIO
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    Desde siempre, las pérdidas y las muertes han sido asuntos que las comunidades humanas debieron pensar cómo tramitar. Paradójicamente, eventos irremediables como estos, en general, no son abordados de forma preventiva ni tampoco de manera paliativa, es decir, no existe una educación que nos devuelva a la fragilidad de la existencia humana; y muchas veces no sabemos cómo afrontar una pérdida significativa.

    En el último año, la pandemia multiplicó y volvió cercana una serie de acontecimientos que acaso nunca antes habíamos visto con tanta proximidad: la enfermedad con secuelas, la muerte, la pérdida de trabajos dejaron de ser nociones abstractas y se convirtieron en un riesgo concreto que puede impactar directamente sobre nuestra identidad.

    El tema puede ser abordado desde una mirada en la que se reconozca que la pérdida es parte de la existencia, que la enfermedad y la muerte son parte de la vida, y que el duelo es un proceso dinámico, no universal sino singular, al que cada cual se suma cuando se siente preparado y de la forma en que puede hacerlo.

    Muchas veces el ritual se vacía de contenido y sólo se enfoca en las formas establecidas, cuando en realidad el duelo implica dar lugar a que emerjan las emociones.

    La entrevista con Uzín Olleros pretendió incorporar otras miradas a esta perspectiva.

    —¿Cuando hablamos de pérdida o duelo es irremediable que nos circunscribamos al momento de la muerte?

    —Pérdida y duelo son dos conceptos que refieren a cuestiones diferentes, sin embargo están íntimamente relacionados. En el transcurso de la vida, de manera irremediable, perdemos cosas, objetos, personas, recuerdos, lugares, sensaciones. Es decir, mientras vivimos nos transformamos permanentemente: lo que fuimos de algún modo “se pierde”. Lo vemos con claridad si pensamos en los pasajes de una etapa a otra, cuando dejamos de ser niños, de ser jóvenes- adultos. Hay una pérdida inevitable de algo que fuimos, de un “alguien” que ya no está frente al espejo.

    La vida es -parafraseando a los griegos antiguos- cambio y permanencia. Entonces, en esas transformaciones físicas, emocionales, vamos modificándonos en medio de una permanencia: algo queda y algo se pierde en el camino.

    En todas y cada una de las pérdidas se elabora un duelo, o se debe elaborar. De todos modos, no siempre sucede. Y por otra parte, no tiene por qué ser directamente proporcional la pérdida al duelo que provoca.

    Una perspectiva que a mí me impactó mucho fue la del psicoanalista Fernando Ulloa cuando habló del “duelo por lo no tenido”, refiriéndose a la “ternura”, como una necesidad intrínseca al ser humano, esa ternura que el recién nacido necesita y no siempre tiene. Los humanos -a diferencia de otros seres vivos- necesitan del afecto, de la palabra, del cuidado. Si no cuentan con eso deben “duelar” por aquello que no tuvieron.

     —Al mismo tiempo, la pérdida es una expresión polivalente…

    —Las pérdidas forman parte de nosotras y nosotros. Y los sentimientos que esas pérdidas generan, también. Me refiero a que cada sujeto le otorga un sentido diferente a la pérdida, es decir que el dolor no puede medirse de modo universal porque el impacto que puede producir una pérdida similar entre un sujeto y otro está atravesado por la singularidad.

    Hay otro asunto interesante y es que las pérdidas a veces tienen repercusiones a escala social. Es un asunto complejo elaborar esa circunstancia en la que se pierde algo que pertenece a un país, una nación, o una institución. En todos los casos, el duelo está asociado al valor real y/o simbólico que tenía lo perdido. Por ejemplo, el fallecimiento de un presidente, un ídolo popular, suele generar un dolor masivo, generalizado. En casos como estos nos duele el pasado, el presente y el futuro.

    Hay algo más, en otro sentido: cómo impacta a escala social un duelo personal; por ejemplo, el hecho de perder un trabajo, una propiedad, una competencia. A veces ese duelo es circunscripto y otras veces es generalizado porque algunas pérdidas tienen la capacidad de afectar la identidad, ya sea individual, o grupal. Por ejemplo, el desempleo en algunas circunstancias puede ser advertido como un problema social, y en otras, simplemente, como un asunto individual. De todos modos, hay que decir que experimentar el sufrimiento es contracultural, porque el mundo no parece hecho para respetar los tiempos del ritual de la tristeza, que efectivamente es singular y no está sujeto a reglas.

    La pandemia profundizó el temor ante la fragilidad humana.

    CERTEZA INQUIETANTE

    —¿La cuestión de la muerte y el duelo ha sido siempre objeto de inquietud filosófica o ha respondido a condicionantes de la época?

    —La muerte es la “pérdida total”, si se permite el término. Es lo que ocurrirá indefectiblemente a todo ser vivo. Hay quien dijo que el “hombre” es el único animal que sabe que va a morir, sin embargo no todos los seres humanos son conscientes de su transitoriedad. Muchos llegamos a una certeza inquietante que nos genera una tremenda incertidumbre, y es que todos vamos a morir.

    Una versión de los comienzos de la filosofía escribe su acta de nacimiento con la muerte de Sócrates, un suicidio que al mismo tiempo ha dado la convicción en algunos pensadores sobre una “muerte filosófica”, heroica, valiente, como fue la de Séneca también; decidir morir, beber la cicuta como la forma digna de aceptar su condena antes que el destierro o el ostracismo, que eran las opciones que los jueces le dieron a Sócrates. En esta tradición, Platón, el gran filósofo griego, decide filosofar impactado y conmovido por la muerte de su maestro. Entonces, sus discípulos hacen el duelo en la construcción de una obra filosófica y emprenden el luto. En ese sentido, el luto podría ser también la instancia propicia para retomar la vida luego de la muerte de un ser querido y tiene una repercusión social y cultural, a través de un ritual.

    —¿Podría afirmarse que los pensadores que reflexionaron acerca de la existencia individual y colectiva, indirectamente, produjeron teoría en torno al desenlace inevitable de la muerte?

    —Sí, la cuestión es muy amplia y excede el espacio de esta entrevista, Peter Singer reflexiona desde la ética la diferencia entre matar y dejar morir; Michel Foucault investigó el tránsito entre hacer vivir y dejar morir en la perspectiva del biopoder; Martín Heidegger desarrolló una filosofía acerca del ser-para-la-muerte; Émile Durkheim escribió una tesis sobre el suicidio; Hannah Arendt hace referencia a la muerte diferenciando la muerte biológica de la “muerte en vida” producida por actos de violencia como el de los totalitarismos: ella afirma en su Diario filosófico que la grandeza sólo puede aparecer después de la muerte, es la compensación al tener que morir indefectiblemente.

    —¿Hay filósofos o corrientes filosóficas que se hayan ocupado del tema del duelo, la muerte y la pérdida? ¿Cuáles?

    —Sí, de hecho, estos son los grandes temas de la filosofía. Algunos reflexionaron sobre el sentido de la vida a partir de la certeza de que vamos a morir, circunstancias como la guerra, las catástrofes naturales, las pandemias, las situaciones límite, son algunos de los tópicos más relevantes en la historia de las ideas.

    Así mismo, la tragedia y la mitología griega son una fuente extraordinaria de reflexión sobre estos temas y por ello han sido retomados una y otra vez. Jean-Pierre Vernant dice que la hazaña heroica se presenta como una negación de la muerte, atendiendo a la distinción que hacían los griegos entre dioses, héroes y humanos. “Uno está más allá de la muerte cuando la busca en lugar de padecerla, cuando pone en constante peligro una vida que de esta manera adquiere valor ejemplar y que será loada por los hombres como modelo de gloria imperecedera”. Al leer este párrafo podemos pensar en figuras contemporáneas del héroe o la heroína que participaron en batallas, en guerrillas, en luchas por una causa que consideraban suficientemente valiosas como para entregar su vida.

    Pienso ahora mismo en Giorgio Agamben cuando hace la diferencia entre sacrificio y genocidio, a propósito de los términos holocausto y shoá. En esa misma dirección, existe una filosofía que surge de la experiencia de los campos de exterminio nazis, donde la muerte era la regla, no la excepción.

    En francés el término “fosse commune” denomina a la tumba colectiva: en ella ya no puede identificarse a los que están sepultados y sepultadas. Dar sepultura a los muertos es un acto humano, que algunos filósofos consideran el comienzo de la civilización: cuando un grupo o una familia dan sepultura al cuerpo dejan una señal de su identidad.

    En México hay una filosofía sobre el Día de Muertos que es propio de su cultura y ha dado motivo para pensar sobre ello; en Grecia hace pocos años, con la crisis económica se creó el término “austericidio” que asocia la muerte y el suicidio con la situación de pobreza y despojo.

     —¿Qué efectos produjo en el pensamiento la irrupción del psicoanálisis, respecto a estos temas?

    —El Psicoanálisis emerge como ruptura pero también como continuidad de la Filosofía. Se hace cargo de las cuestiones que la Filosofía por su carácter teórico no pudo abordar. Diría que el psicoanálisis es una militancia por las emociones, no las piensa filosóficamente, se sostiene ante ellas, sostiene la mano de la angustia, de la melancolía, del sufrimiento. Sigmund Freud habló de una pulsión de muerte, a la que denominó “thánatos”, que aparece como el impulso que busca la propia muerte y desaparición. Hay una experiencia con el otro de indagar en su singularidad estas cuestiones: el deseo de muerte, la desesperación, la depresión, la autodestrucción.

    Los trabajos desde la teoría y la praxis psicoanalítica son numerosos. Mientras respondo recuerdo el libro de Silvia Bleichmar “No me hubiera gustado morir en los 90”. Ella decía cuando terminaba el siglo XX en ese pasaje a la centuria siguiente: “de este siglo al próximo, junto al psicoanálisis, me llevaría el intento por encontrar un modo de distribución más solidario de la riqueza social, de la preocupación por la democratización del conocimiento, del espíritu que considera posible la radicalización de los cambios para un futuro mejor de las generaciones venideras. Rescatar el espíritu crítico y la esperanza, eso es lo más importante que nos legó este siglo, y que me obliga a considerarme no sólo portadora para el próximo, sino responsable de su transmisión”. La propuesta de Bleichmar parece consistir en hacer y poder ver algo en el orden del impulso de vida, del “eros” antes de morir.

    —¿Qué diálogos se produjeron al interior de las ciencias Sociales y Humanas ?

    —A mediados del siglo XIX surgen las Ciencias Sociales y Humanas. Así, de la Filosofía se desprende, en principio, la Psicología, la Sociología y la Antropología. Todas ellas exploran el comportamiento individual, social y cultural humano; observan, viajan y se trasladan a otros territorios; registran datos y escriben cuadernos de bitácora e inventan métodos para hacerlo. Sin embargo, una puede leer en un sociólogo como Pierre Bourdieu la referencia al concepto de “habitus” de Aristóteles. Hay un desprendimiento, pero también una fidelidad. Es cierto también que el sesgo etnocéntrico está presente, que la cultura europea se autocomprende como superior, pero también los propios investigadores más adelante lo señalan y hacen autocrítica.

    En ciertas circunstancias algunas pérdidas generan sentimientos colectivos.

    IMPLICANCIAS

    —¿Qué idea promueve la cultura hegemónica respecto a la muerte?

    —A muchos extranjeros les sorprenden nuestros cementerios donde existen panteones y nichos, además de las sepulturas bajo tierra. El cementerio de la Recoleta es un punto turístico que llama mucho la atención. Otro ritual, que a mí particularmente me conmueve, es el los cuerpos embalsamados, como el de Sarmiento o Eva Duarte, esa necesidad de conservar una materia que sin ese procedimiento entra en descomposición. En nuestra historia hay ejemplos de decapitaciones en las que la cabeza de un cuerpo fue exhibida en diferentes puntos de una provincia o de una región; cortar las manos, ultrajar un cadáver, es terrible pensarlo y sin embargo, sucedió.

    La muerte también ha sido “privatizada” en un modo de producción capitalista: hay que comprar una parcela para el día de nuestra muerte, cementerios privados y diferentes calidades de féretros y lápidas. Por otra parte, en las últimas décadas existen los crematorios, las urnas donde se guardan cenizas y ya no cadáveres. Hay una industria de la muerte, que demuestra una vez más la desigualdad económica y social de las sociedades actuales. Están los muertos célebres, funerales de participación masiva, la despedida colectiva. Los medios de comunicación “reaccionan” de modo diferente ante la muerte, la anuncian o la ignoran, de acuerdo al personaje que ha fallecido; lo mismo ocurre con las desapariciones, en este momento la de Tehuel o de Guadalupe, dejaron de ser noticia, lamentablemente.

    —¿Se puede pensar la cuestión de la existencia humana, la muerte y la enfermedad desde una perspectiva que ponga en valor la fragilidad de la condición humana?

    —La fragilidad de los seres humanos se demuestra ante la naturaleza. Como decía Blas Pascal cualquier fenómeno natural puede terminar con nuestras vidas: un terremoto, una inundación, la erupción de un volcán. Las guerras y la industria bélica han exterminado millones de personas, los atentados. Abundan ejemplos de esa magnitud y también, en otro sentido, la fragilidad se expresa en las enfermedades mentales, cuando el sujeto no puede sobrellevar las dificultades de la vida, los problemas. Pero ante esa fragilidad están las fortalezas que también forman parte de nuestra condición de humanos; pienso en la tragedia argentina de la desaparición forzada, que negó la sepultura y la identidad. Ante esa atroz circunstancia se crearon organismos de derechos humanos, el equipo de antropología forense, y el banco de datos genéticos, por ejemplo.

     

    Lecturas

    —¿Qué autores recomendarías para comenzar a aproximarse al mundo de los rituales de despedida?

    —Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás expuso la manera en que nos aproximamos o nos alejamos del sufrimiento ajeno. Nicole Loraux investigó las oraciones fúnebres, uno de sus libros es Las experiencias de Tiresias. Sigmund Freud sobre Duelo y melancolía. Otro libro es el de Jean Allouch Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca. Jorge Luis Borges Muertes de Buenos Aires. Jean-Luc Nancy ¿Qué significa partir? Y el libro de Philippe Ariés, Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días. En la Biblioteca de CLACSO el libro Etnografías de la muerte reúne textos de varios autores y autoras, está de modo virtual y puede leerse decargando el libro en PDF.

     

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