Adultos mayores: hay contextos que potencian el riesgo de suicidio

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Por diversos motivos, los adultos mayores han sido señalados como uno de los grupos de riesgo durante la pandemia. El aislamiento que se dispuso para protegerlos, generó condiciones que pueden haber afectado su salud mental y, eventualmente, haberlos inducido a tomar decisiones dramáticas. En la siguiente nota se repasan algunas señales que conviene atender.

 

Valeria Robin
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Una serie de situaciones devenidas de la emergencia sanitaria confinó a los adultos mayores, a quienes obligó a ausentarse de los espacios que frecuentaban y consecuentemente a aislarse de sus redes de apoyo y virtualizar sus vínculos. La idea de que el mortal Covid 19 los tiene como principal grupo de riesgo ya provoca una carga que se suma a las propias de esa etapa de la vida.

Así, la separación de los seres queridos, el sentimiento de soledad y vulnerabilidad, como la restricción de desplazamiento y una mayor dependencia de los demás generó un cúmulo de emociones displacenteras, que quienes somos parte de esos entornos no siempre sabemos interpretar.

El diálogo con el psicólogo Sergio Brodsky sirvió para aproximarnos a una problemática no siempre adecuadamente abordada. El especialista es formador de grupos de voluntarios para la prevención del suicidio e integrante de Lazos en Red, además de autor de los libros “De amor y de muerte” y “Palabras para vivir, creatividad y salud mental”.

 —Desde el punto de vista estadístico, ¿Qué sucedía antes de la pandemia con la salud mental y el suicidio en las personas mayores y qué es lo que pasó desde que nos acostumbramos al aislamiento y el encierro?

— De acuerdo a los datos estadísticos a los que pude acceder, noto que ha habido solamente una evaluación a nivel nacional de los suicidios desde junio de 2019 a junio de 2020. Las fuentes oficiales que yo consulté me dijeron eso, que no tenían datos del período que va desde el 2020 hasta el presente.

Más allá de las cuestiones estadísticas, desde el punto de vista teórico, clínico y social está claro que las condiciones y factores que llevan al suicidio se agudizaron durante el período de pandemia, con las restricciones y el aislamiento.

Hay que señalar que históricamente la tercera edad y la adolescencia son dos franjas etarias de alto riesgo de suicidio. En lo puntual, la tercera edad es una instancia donde suelen presentarse crisis por pérdidas y duelos. Y como toda crisis, hay algo que se abandona, algo que se pierde y algo que es nuevo a la vez, desconocido. Este escenario impone una sobreexigencia a la adaptación.

—¿A qué cambios hay que adaptarse?

—En esta etapa de la vida deben afrontarse tres tipos de pérdidas: biológicas, psicológicas, y sociales.

En el plano biológico se deben tramitar los cambios físicos que sobrevienen: adaptarse a una imagen nueva, a la pérdida de masa muscular, a la reducción del vigor físico, la lentificación de los movimientos, eventuales temblores, cierta pérdida de la elasticidad de la piel, la presencia dominante de las arrugas, la decoloración y eventual caída del cabello, las malformaciones esqueléticas, la reducción de la estatura, algunas veces se presenta también cierta insuficiencia respiratoria, la disminución o agudeza visual y auditiva, alteraciones en los placeres sexuales, la posible aparición de enfermedades cardiovasculares que limitan el ejercicio físico, las enfermedades neurológicas que pueden aparecer y comprometer la capacidad intelectual, las posibles enfermedades neoplásicas que pueden generar dolor y aumentar la dependencia de otros.

Las pérdidas psicológicas pueden ser la dificultad en la memoria, sobre todo la de corto plazo; la reelaboración de la identidad como trabajador que produce la jubilación. Es importante en este sentido poder reenfocar el deseo y los intereses hacia nuevas actividades, para que la jubilación no sea vivida como un abismo.

A esto podemos agregarle que la disminución de la actividad y la sociabilidad puede derivar en cierto ensimismamiento y se empieza a pensar más en los achaques y enfermedades que no tienen un origen real. Además, la pérdida de la seguridad económica genera mayor dependencia de los demás; a lo que se suma la menor capacidad de adaptación a ambientes novedosos, la conciencia de la muerte propia y de amigos.

–Lo que cobró notoriedad durante la pandemia…

–Así es. Esto es sumamente importante porque lo que generó la pandemia fue que la idea de la muerte no sólo sea elaborada en términos hipotéticos sino desde un punto de vista real: la muerte se volvió concreta, posible, y una amenaza cierta en tiempos de pandemia.

 

COMUNIDAD

–Faltan los cambios en el orden social…

–Como el nombre lo indica, estas pérdidas se vinculan con las transformaciones que las nuevas condiciones producen sobre los vínculos. Se relacionan por ejemplo con el hecho de asumir el rol de jubilado, la muerte de amigos o cónyuges, el síndrome del nido vacío, es decir el duelo por los hijos que se van y acomodarse a un nuevo modo de vida; la discriminación y la marginación social que puede afectar el concepto de sí y que los puede hacer sentir inútiles; la pérdida de poder en la familia y la sociedad; la soledad; el aislamiento social; la pérdida de contacto con otras personas por exclusión o discriminación.

Debemos decir que la sociedad glorifica tanto lo nuevo que el adulto mayor puede sentirse descartado y sentir que su experiencia y sus opiniones ya no tienen valor. Todos estos asuntos pueden generar una sensación de pérdida.

–Lo mencionó al pasar pero, ¿qué otros efectos generó la pandemia?

–La pandemia ha significado una situación traumática y de trastocamiento del modo habitual de la vida a nivel mundial. Y ha generado un sentimiento por la proximidad de lo siniestro, que venía siendo reprimido y que aparece a la vez como algo extraño y terrorífico. En este caso lo que estaba reprimido y reaparece de modo espantoso es la angustia ante la muerte: aquella que por ser irrepresentable psicológicamente se convierte en una angustia universal.

En efecto, el tema de la muerte reapareció en todos los espacios y tiempos cotidianos generando un enorme desborde de angustia en general, pero sobre todo en los adultos mayores porque fueron quienes más afectados se sintieron. Recordemos que han sido señalados como población de riesgo, junto con las personas que tenían comorbilidades. Es decir, la muerte, que invadió todos los espacios de lo cotidiano generando un sentimiento siniestro en los ancianos, se convirtió en una concreta posibilidad, porque pasó a estar presente en la vida cotidiana.

Sentirse parte de un colectivo es un pilar para la salud mental de los adultos mayores.oCHICOS Y GRANDES

–¿Y qué sucede con los adolescentes, la otra franja etaria con alto riesgo de suicidio?

–Al contrario de los adultos mayores, en la adolescencia la cuestión de la muerte aparece minimizada por el sentimiento de inmortalidad. Los más jóvenes normalmente sienten que la muerte es del otro, de las personas grandes, y eso muchas veces los hace tener una actitud ambivalente y una sensación de eternidad. Por eso muchas veces adoptan conductas temerarias y de riesgo porque se sienten -desde una percepción algo mágica- omnipotentes, que no van a morir, que la muerte es ajena.

La idea de que el virus era letal entre los mayores reforzó en los adolescentes ese sentimiento de inmortalidad, lo que podría explicar las fiestas clandestinas y las juntadas, como si a ellos el Covid no los fuera a tocar.

La conducta más sana es esa que generó una angustia señal, que es aquella que permite reconocer los peligros y tomar medidas para apartarse de ellos. En este caso, las conductas que tienen que ver con el respeto y acatamiento de las restricciones y prevenciones para cuidarse y cuidar al otro.

–¿Qué le indica la experiencia respecto a las consecuencias de este contexto en los mayores?

–En la tercera edad, la pandemia agudizó los conflictos propios de esta etapa, como la soledad, el aislamiento social, la tristeza, el desamparo, la nostalgia, la tristeza, la frustración, la angustia, la ansiedad, el miedo, la irritabilidad o el enojo. También desencadenó y agudizó problemas del orden de la depresión y la ansiedad.

Muchas veces estos malestares dieron lugar a conductas poco saludables, como el incremento en el consumo del alcohol o la automedicación. La agudización de trastornos depresivos o ansiosos generó estrés e incertidumbre: los temores como el de contagiar o contagiarse, el miedo a la muerte, el obligado aislamiento y la incertidumbre de no saber si se puede acceder a los suministros, la sospecha de que podrían ser discriminados, la disminución del ánimo, el insomnio, el desconcierto provocado por la información confusa y abrumadora de los medios de comunicación, la irritabilidad por el encierro y los riesgos suicidas también.

 

ESTRATEGIAS

—¿De qué modo se puede aportar a la salud mental de los adultos mayores?

Los cuidados y la ayuda de los adultos mayores en tiempos de pandemia consisten principalmente en acentuar la comunicación, que en este contexto ha sido fundamentalmente virtual para evitar el contacto físico.

La sugerencia es mantener un vínculo fluido con familiares y seres queridos. Es central que se sientan acompañados y contenidos. Si se convive con el adulto mayor, es bueno acercarse a conversar regularmente y escucharlo, sobre todo; preguntar cómo se siente, de qué modo ha cambiado su rutina y cómo sobrelleva la situación actual, es decir, estimular el diálogo a través de la palabra y la escucha para que se pueda generar una elaboración simbólica de lo traumático.

Otra sugerencia es limitar la información para que la persona no esté pendiente de las noticias que muchas veces abruman y agobian. Y que, cuando se informen, lo hagan a través de fuentes oficiales y confiables.

Por otro lado, es conveniente incentivar a que hagan actividades permitidas, en el patio, por ejemplo, tomar sol, escuchar música, leer y entretenerse con juegos de mesa, involucrarse con talleres, hacer actividad física adecuada a sus posibilidades.

Paralelamente, es crucial mantener una rutina de aseo, comida y sueño, principalmente porque recrea una sensación de estabilidad emocional, además de favorecer el sentido de pertenencia a un colectivo mayor y los ordena.

Consultarlos por su experiencia, revalorizar sus saberes y hacerles saber que se los tomó en cuenta es valioso para unos y otros. En esa línea, es vital integrarlos y hacerlos sentir parte.

–¿Qué condiciones pueden desencadenar estas decisiones extremas?

–Lo que incrementa el riesgo de suicidio en adultos mayores, específicamente, son las enfermedades crónicas, terminales, dolorosas, invalidantes, las incapacitantes; el Alzheimer, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, la insuficiencia cardíaca congestiva, la diabetes mellitus, los cáncer de pulmón y estómago, la hospitalización periódica por cirugías frecuentes, las limitaciones del dolor y la pérdida de placeres sensoriales por una disminución de los sentidos, como la audición, la vista, que se van perdiendo con sentimientos de desesperanza.

En el libro El suicidio en la vejez, de Daniel Matusevich y Juan Carlos Stagnaro, se indica que son varios los desencadenantes de estas decisiones extremas.

–Los podemos repasar…

–Cómo no. Por un lado, los factores psiquiátricos como las depresiones se agudizan en general en este contexto de vejez, lo que puede inducir al abuso del alcohol o las drogas; los trastornos crónicos del sueño y la psicosis.

 

SEÑALES

–¿Cómo sabe uno que está deprimido?

–Por algunos síntomas como la pérdida del interés o el abandono de la mayoría de las actividades habituales o continuar, pero sin experimentar placer, mayor tristeza matutina, insomnio matutino; la lentitud psico-motora, la pérdida del apetito y el peso y la aparición de ideas de suicidio.

Ya mencionamos los factores psiquiátricos. Nos enfocamos ahora en los factores psicológicos asociados al riesgo de suicidio: los sentimientos de soledad, inutilidad e infelicidad, la inactividad, el aburrimiento, la pérdida de memoria, la ausencia de proyectos, el revivir todo el tiempo el pasado, una visión muy negativa y pesimista de la vejez, cierta dificultad para tramitar los duelos, la dificultad de adaptarse a los cambios y tener nuevas experiencias; el retraimiento y el aislamiento, con sentimientos de vacío.

–¿Incide la familia?

–Por cierto, influyen y mucho los factores familiares. Pueden ser factores protectores de riesgo, conforme el grado de contención que exista, de amor, de afecto que se le brinde. Muchas veces que la familia no trate bien al anciano se transforma en un factor de riesgo de suicidio. La viudez por ejemplo, da lugar a duelos que se complican y suicidios pasivos, es decir, dejarse morir al dejar de comer, de cuidar la vida.

A veces, la institucionalización también es un desencadenante o contribuyente del suicidio, sobre todo en el período inicial cuando aún no se ha adaptado la persona, y se vive este hecho como una muerte social, con pérdida de los organizadores psicosociales: la relación con el barrio, los vecinos de siempre, etc.

Otro factor de riesgo es que el adulto mayor peregrine de una casa a otra de sus familiares. El anciano se siente como una pelotita que va y viene, como si no tuviera ningún lugar en el afecto de los otros.

También interviene la vivencia de progresivo deterioro de sus funciones psico-físicas, con angustia anticipatoria; el diagnóstico de enfermedad terminal, las migraciones forzosas, el período posterior al alta psiquiátrica, es decir cuando fue internado por un intento de suicidio. También los intentos previos son un factor. Y, claro, la historia familiar vinculada al suicidio, es decir si hubo algún familiar cercano o persona significativa en su historia que haya tomado una decisión trágica.

 

Llamados de atención

–¿Hay señales que anticipen un intento de suicidio?

–Hay que prestarle atención a la comunicación verbal y no verbal. Stagnaro y Matusevich sugieren estar atentos a una serie de aspectos. Cuando alguien avisa que se va a matar, hay que tomarlo en serio. Muchas veces se lo desestima por la creencia de que quien dice que se va a matar finalmente no lo hará. En esta expresión, no hay duda ni ambigüedad; sobre todo en pacientes deprimidos. No hay que hacer oídos sordos si alguien manifiesta que los demás se sentirían mejor si él o ella no existiera, si dice que la vida no es digna de ser vivida, que es mejor estar muerto que vivo, que quiere terminar de una vez por todas con una situación de sufrimiento, que no quiere seguir siendo una carga para los demás y frases por el estilo.

—¿Y la no verbal?

—La comunicación suicida no verbal es cuando se advierte, por ejemplo, que se están buscando los medios para cometer el suicidio: acumulación de pastillas, escribir notas de despedida, regalar posesiones valiosas o manifestar urgencia por resolver asuntos patrimoniales.

También hay que prestarle atención a las formas que asume el llamado suicidio pasivo: echarse a morir, abandonarse, algo que suele suceder en los geriátricos.

En el mismo sentido, conviene no minimizar un suicidio frustrado, sobre todo si ha contacto con un alto grado de premeditación y grave compromiso para la vida. El suicidio frustro no implica que la persona cejará en su idea, muy por el contrario, el fracaso puede generar más odio y agresividad, que son elementos centrales en la consumación de una tentativa de suicidio.

 

En red

—¿Quiénes pueden participar de la prevención del suicidio y de qué manera?

—Un vecino, la familia, amigos, compañeros, instituciones, todos pueden participar de la prevención del suicidio, siempre que cuenten con la información adecuada sobre cómo prevenir el suicidio.

En definitiva, todos los miembros de la comunidad pueden constituirse en agentes de prevención si tienen una capacitación básica para eso. Cuando decimos que trabajamos desde una mirada comunitaria nos referimos a eso justamente: que no sólo los profesionales de salud mental pueden contribuir a la prevención del suicidio. Naturalmente, los tratamientos psicológicos, y eventualmente psiquiátricos, en la mayoría de los casos son indispensables y no son reemplazables, pero todos estamos en condiciones de contribuir a la prevención en tanto sepamos cómo hacerlo.

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