Opinión: Sobre esenciales e imprescindibles

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Foto: Gustavo Cabral. EL DIARIO.

Néstor Belini | [email protected]

 

Son estas unas líneas escépticas. Reflexionadas y redactadas al frío de la desesperanza. Fue, el martes, un martes de miércoles. A las 5, mientras aún dormía, recibí el mensaje de alguien cercano, evitaré dar nombres de personas de a pie porque no corresponde, que me pidió que le ayudara a conseguir una cama en terapia intensiva para su padre, atendido por covid-19 en un centro de salud de una localidad de Paraná Campaña. En este centro, según me refirió, un médico le advertía de la necesidad de trasladar al paciente, su padre, a un centro de mayor complejidad, dado el cuadro que atravesaba, pero nadie le daba respuestas.

La densa angustia que transmitía el mensaje me conmovió. No soy un periodista con “agenda política”, así que recurrí a mis contactos más cercanos, esos eternos militantes de “lo político” que tampoco tienen agenda política pero construyen a diario las redes que sostienen el tejido social, para ayudar a dar los pasos para ver cómo se podría transitar ese angustiante camino. Alrededor de las 13 recibí otro mensaje en el que me contaban que finalmente, después de varias horas de angustiante espera e incansables gestiones de los familiares, se pudo lograr el necesario traslado a Paraná. Mis inconsistentes “gestiones” de poco sirvieron. Espero que al menos hayan servido de contención en momentos de zozobra.

A media tarde recibí otra dura y triste noticia. La periodista y movilera de Paraná, Claudia Martínez, está aislada por covid-19. Solo me consoló saber que está bien, a pesar de que pasó unos días con síntomas complicados. Este caso se suma al de un compañero de trabajo, incansable, talentoso y siempre de buen humor, el fotógrafo Marcelo Miño, quien libra una batalla que ya lleva varias semanas contra el agresivo virus. Todos esperamos, deseamos, anhelamos, su recuperación.

Estos casos, solo tres de los cientos de miles que hacen estragos en el cuerpo social de la patria, se suman a los de los docentes y trabajadores que se contagian el virus cuando deben salir a “ganarse” el necesario “pan” diario. Estos tres casos, solo tres casos entre cientos de miles, permitirían reflexionar, al menos a mí me lo posibilitó, sobre los tan elogiados y destacados “trabajadores esenciales”. El discurso los eleva a la categoría de “héroes”, pero los hechos, esos que deben acompañar la palabra, van en sentido contrario.

Como advertí, estas son unas líneas escépticas, intempestivas, tal vez innecesarias. No obstante me permiten preguntarme y preguntar ¿cuántos periodistas y movileros continuaron saliendo a la calle para informar a la sociedad? ¿cuántos le dieron con su cotidiana tarea un viso de “normalidad” a esta tragedia que se cernió sobre el mundo? No son muchos. Al menos en Paraná. Recibir las noticias a diario, además de sostener el derecho humano de acceder a información de carácter público, genera la construcción de una cotidianeidad, una sensación de un devenir colectivo; son las noticias, entre otras cuestiones, las que nos posibilitan pertenecer a un constructo social, eso que otorga “normalidad”, lo que es común. Queda para otra ocasión el abordaje de una “normalidad” que, en opinión de muchos, era “el” problema.

Siendo así las cosas ¿por qué no se tomó la decisión política de vacunar a las trabajadoras y trabajadores  esenciales de los medios que diariamente salen a la calle a informar y construir esa red que nos permite creer que hay cotidianeidad porque hay cuestiones comunes que nos atañen. Reitero, en Paraná no son muchos. Apenas un puñado de mujeres y hombres. Son movileros de radio y televisión, camarógrafos, fotógrafos y algún periodista que le esquiva al teletrabajo porque prefiere estar “en el lugar de los hechos”. Tal decisión política no hubiera demandado una gran cantidad de vacunas que se hubiesen dispuesto de manera discrecional en detrimento de sectores sociales vulnerables ni hubiera significado un privilegio inaceptable.

Los trabajadores de medios no son más esenciales que otros trabajadores. En aquella línea se destacan los de Salud y Educación. También están los trabajadores ocupados y desocupados y los precarizados. Así, no hay trabajadores “esenciales”. Lo que hay es compatriotas “imprescindibles” y esta categoría comprende a todos. Sería de gran ayuda, en momentos de hastío social, que desde los organismos del Estado que corresponda se envíen señales claras que coadyuven a la paz social. En este sentido, no es una buena señal procesar por “transgredir” la cuarentena a un pescador y cuidador del medio ambiente («Cosita» Romero), mientras las fiestas clandestinas apenas disminuyeron y de la causa contra un grupo de jóvenes que casi hundieron un buque para ir a una fiesta en la denominada Isla Bonita, “ni noticias”.