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sábado, julio 31, 2021
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    Las cuatro sonoridades a las que remite Gobernador Parera

    Vacía de encantos, Gobernador Parera es una avenida que se abre paso hacia Oro Verde en el sureste de la ciudad. En realidad, está constituida por una cadena de urbanizaciones diversas que amplían su base territorial como mancha de tinta, un loteo tras otro, con la recóndita esperanza de cubrir con casas los espacios libres.

     

    Víctor Fleitas

    [email protected]

     

    Si pudiéramos ver el panorama desde donde las nubes anuncian frío, advertiríamos que a la luz de los años los conjuntos habitacionales sobre Gobernador Parera se parecen bastante a camalotales en incierta deriva. Pero estas islas peculiares no están conformadas por vegetales de esponjosos rizomas que flotan libremente en busca de nutrientes fluviales, sino por viviendas de una o dos plantas que, en muchos casos, fueron agregando habitaciones a las mínimas comodidades que se necesitaban cuando se resolvió dejar de alquilar.

    Así, Gobernador Parera es también una cinta ondulante que el viento norte va desflecando y angostando, empobreciéndole los entornos próximos, apenas se aleja de su naciente y muchos más decididamente cuando deja atrás a Newbery, la avenida que funciona como colectora circunvalar.

     

    Encrucijadas

    Los cruces de Gobernador Parera con Hernandarias, Tibiletti, Miguel David o Jorge Newbery son fuertes ordenadores de los microcosmos que los contienen: desde esos núcleos y hacia sus márgenes norte y sur la calidad de las construcciones suele desgranarse, de manera poco perceptible. De repente, como si nada, queda en el pasado la construcción de prolijos ladrillos vistos, con garaje para el imprescindible automotor, y lo que se tiene ante la vista son solo paredes sin revocar que buscan la altura del techo o soñadores diseñando en el aire cómo un baldío se transformará en hogar.

    En ese sentido, la experiencia de recorrer Gobernador Parera puede asimilarse a la de transitar por esas rutas que atraviesan a distintas localidades: en un suspiro se puede pasar del entorno rural, al suburbano, al barrial y al céntrico, para luego habitar un degradé en sentido inverso, en esta singular carretera orillera.

    De los cruces neurálgicos debe decirse algo más. En todos los casos los protagonizan arterias con doble sentido de circulación, incluyendo a Gobernador Parera, naturalmente: los primeros del norte (Almafuerte y Hernandarias) y el de la frontera urbana sur que es Newbery, están semaforizados y, aunque la demora es cierta, la circulación parece más segura.

    Para los encuentros de Gobernador Parera con las otras avenidas hay que prepararse para acordar in situ la prioridad de paso.

    El punto más peligroso parece ser el de Miguel David y Gobernador Parera, sobre el que confluye el tangencial paso del tren de pasajeros. Allí, no es el esfuerzo individual ni la porfiada asociación vecinal la que dio vuelta la página del actual capítulo de la historia sino la inversión pública en infraestructura vial, que le ha dado al sector un fuerte empujón de urbanización, al mejorar ostensiblemente la conectividad.

    En el extremo sur, con Oro verde en el horizonte, Gobernador Parera se arremanga para hacerle frente a una vida de penurias. FOTOS: Gustavo Cabral.

    En declive

    Luego de Newbery es notorio el cambio del paisaje que opera. En realidad, la calle Gobernador Parera irá angostándose desde donde el asfalto se convierte en suelo natural, como parte de un cambio que también es visual: las veredas se esconden en cañaverales insurrectos; y en el lugar de los cordones han cavado zanjas que permanecen secas mientras no llueve, con montículos de basura plástica esparcidos cada cierta cantidad de metros.

    Pese a la primera impresión, no hay soledad absoluta en esas manzanas. De manera inesperada, ciertos hitos rompen el celofán desolador: el resoplido del auto que funciona contra todo pronóstico, el rítmico andar del motocarro repleto de cartón, el utilitario desvencijado que se estremece ante cada imperfección del camino, conectan con la certidumbre de comunidades circundantes, próximas, aunque el ojo paseante no las advierta y esté tentado a asegurar que aquí, en este punto alejado del centro de la ciudad, aún resiste la naturaleza bravía.

    Desde Balbín, hacia el sur, la estrategia de ocupación del espacio no varía, pero sí la infraestructura urbana existente y el nivel socioeconómico del que emergen unas casitas debiluchas, temerosas de los vientos, amontonadas como si fueran miembros de una manada con frío.

    Aquí las moradas se construyen a como dé lugar: al modo tradicional, en cuentagotas; o con pallets, mediasombras, chapas onduladas de descarte, coberturas plásticas; con puertas y ventanas que no combinan. Efectivamente, este sector de la ciudad parece levantarse con lo que el resto desecha.

    Gobernador Parera es una avenida buscavida. que ha crecido a la sombra de la ciudad. FOTOS: Gustavo Cabral.

    Flora y fauna

    De pronto, tres perros erizan el pelo del pescuezo y atacan a un visitante de cuatro patas, mestizo como ellos, que mete el rabo entre las piernas en señal de no querer problemas, mientras retrocede. Desde adentro, un chiflido barrigón detiene el incidente y la calma vuelve a dominar el área.

    Más allá, cerca de Juan B. Justo, cuatro mujeres de distintas edades se preparan para el mate de media mañana. Forman una medialuna, en cuyo centro colocan una silla y sobre ella la bolsita boquiabierta, con una dotación de bizcochos en su interior.

    Ajeno a los caprichos del reloj, al llegar a Lisandro de la Torre, un bosque modesto y austral atrae el canto simultáneo de aves, difíciles de reconocer para el oído que creció entre bocinazos y frenadas. Recién entonces se cae en la cuenta de las sonoridades que habitan a Gobernador Parera, desde que nace en la atosigada Almafuerte: el reposo barrial interrumpido por la actitud madrugadora del desolado emprendedor; el inmenso cielo suburbano atravesado por estrellas fugaces con aspecto de autos, camiones o colectivos alejándose, a paso redoblado, mientras un hormiguero de gente sencilla se despereza y retoma la huella; el periférico ensamble de música tropical, de televisión satelital que se filtra por la ventana y del empeño por sortear la intransitabilidad de la vida; y, finalmente, la insondable profundidad del silencio rural, desde donde un viento de progreso y desdicha agita vegetaciones tupidas, que reinarán vaya a saber por cuánto tiempo más.

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