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miércoles, junio 16, 2021
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    Los rostros cambiantes de la suburbana Lebensohn

    En las capas geológicas que la constituyen a Lebensohn hay detalles peculiares, piedras semipreciosas, fósiles vegetales, ciertos metales, que le permiten contar una historia singular sobre el crecimiento de la ciudad.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

    Niñas traviesas a la hora de la solapa, las avenidas Lebensohn y Ramírez corretean en busca de una Oro Verde esquiva que, a la hora del ocaso, próxima y lejana, se enciende expectante en nocturno cortejo de luciérnagas.

    Pero Lebensohn, rayuela sin Cielo hecha calle, tiene otras particularidades que vale la pena recorrer. Corresponde citar en ese sentido que desde el ferrocarril, sea por Racedo o desde Pronunciamiento, la ciudad hacia el sur es un río de vecindades que se arremolina en torno a la comercial y de servicios Avenida de las Américas. La actividad de esta arteria es de tal magnitud que se desborda y se filtra hacia las adyacencias, anegándolas de iracundo tránsito.

    Si ese panal embravecido en lugar de tomar una amplia curva que prologa al acceso sur siguiera la huella tiesa de la cartografía ingresaría a la quietud de Lebensohn y discutiría sin ponerse de acuerdo dónde va la “h” en su desconcertante grafía.

    Efectivamente, Lebensohn siempre tuvo ese aroma y sonoridad propias de lo que está más allá de la frontera citadina, pero unida a ella, como si fuera un apéndice, un área productiva o de recreación atada al conjunto como lo está el patio a las demás dependencias de una casa.

    Fuerte metáfora espacial, Lebensohn fue -y lo sigue siendo, aún con los cambios producidos- el portal de salida del bullicio urbano y el vano ajetreo, la entrada a una zona de sosiego, en la que el mecanismo del tiempo con su hipnótico tictac se da maña para aligerar el pulso y hacernos olvidar la rutina.

    Desde Padre Kentenich hasta Báez, Lebensohn goza de una preciada galería vegetal. FOTOS: Gustavo Cabral.

    Los cambios

    Pese a lo señalado, Lebensohn mantendrá a lo largo de su vasta extensión rasgos formales constantes y a la vez dejará espacio a la irrupción de microidentidades: distancia entre cordones generosa aún para el doble sentido de circulación; veredas amplias dominadas por la gramilla, disciplinada con fervor sabatino o dominguero; árboles voluminosos plantados tal vez por los abuelos de los actuales propietarios, que exigen respeto a lampiños ejemplares de vivero; línea de edificación retirada y en muchas ocasiones sobreelevada, lo que ayuda a conformar postales constructivas de cierto impacto visual.

    Por cierto, el pasado de quintas productivas o de descanso parece marcar territorio hasta el cruce torrentoso con Báez, que -unas cuadras al este- se transformará en la neurálgica Jorge Newbery. De todos modos, casi imperceptiblemente, año a año, una reforma tras otra, con el inevitable recambio generacional, ese sector de Lebensohn va dejando atrás los amplios paisajes parquizados con los que en el pasado cada propiedad constituía una especie de burbuja autosuficiente y, lentamente, se va abriendo a una convivencia comunitaria más intensa, propia de las áreas residenciales.

    Ajenos a estos asuntos, los peatones siguen caminando por la calle, un poco por costumbre y otro poco porque la topografía no facilita la unificación de veredas perimetrales que, en el mejor de los casos, encuentran un lugarcito para desplegarse lejos de los frentes, junto al cordón. Debe aceptarse asimismo que en el cambio de Avenida de las Américas a Lebensohn, se filtra una atmósfera de amabilidad que atrae a pedaleantes y le da un tono bucólico a las postales, propias de un barrio parque.

    Muchos ciclistas la eligen a Lebensohn, cuyo tránsito se les presenta amable.

    En grados

    Ahora, desde Báez al sur, la arboleda se ralea aunque siga habiendo ejemplares que imponen una autoridad de años. Aquí, las viviendas están más a la altura de la calle, en la misma medida en que se desgrana su calidad constructiva. En puntas de pie, Lebensohn entra en un raro estado de reposo: el ruido de autos se convierte en un fenómeno que acontece en segundo plano y, lentamente, gana protagonismo el trinar de aves diversas, refugiadas indistintamente en copas perennes y desplumadas por el otoño.

    Los peregrinos siguen su marcha por la calzada, pero ahora es porque los baldíos y terrenos yermos directamente no incluyen vereda alguna. Mientras hay asfalto, hasta Don Uva, a oriente y occidente el horizonte es una promesa de urbanizaciones a punto de arribar. Más de uno de los que recorre en auto el sector se deja llevar por la tentación de mirar a través del espejo retrovisor, movidos por la repentina convicción de que en cualquier momento puede llegar un desvencijado camión de corralón con su carga de bolsas de cemento, ladrillo, vigas, arena y piedra.

    Exclusiones

    Luego, a Lebensohn apenas le alcanza para soñarse proletaria. Ventaja de los desdichados, demuestra, eso sí, que todavía tiene muñeca firme para sobrellevar los huellones del camino de suelo natural sin dañar el carro ni el animal que lo empuja, mientras busca un destino reacio.

    Desde las costas, observan el panorama el espinillo desbordado y el tupido cañaveral, sin deseos de intervenir. Esquivando caprichos de timonel, un perro compañero sigue al carromato mientras otea el espectáculo. Toma prevenciones porque sabe que del frente hecho de tacuaras dispuestas de manera vertical, una al lado de otra, y de la casa vecina, cuyo muro exterior está conformado por columnas de neumáticos en desuso, saldrá de golpe un comité de bienvenida que le recordará su condición de extranjero.

    Ante una selva de árboles atenazados por los brazos inconmovibles de enredaderas aparentemente debiluchas, el entorno sonoro de pronto se vuelve agreste, salvaje: domina la escena el gallo de canto desorientado, el bicherío incesante, el pájaro que vigila desde lo alto.

    Desde un asentamiento, unos gurises con gomera y cara sucia esperan la postergada redención. Están en cuclillas alrededor de una laguna de agua podrida, estancada. Mientras los purretes miran la lontananza unos patos esmirriados acortan camino por el estanque podrido y los salpican. Ellos ríen y de entre los dientes que se les acaban de caer asoma un resplandor de dicha, de esa que aún no experimentaron del todo.

    Lebensohn al sur propone postales de pobreza extrema. FOTOS: Gustavo Cabral.

     

     

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