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sábado, junio 12, 2021
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    Crispín Velázquez en Palmas Altas

    Baluarte que secundó al general Justo José de Urquiza en las guerras civiles argentinas, Crispín Velázquez fue un aguerrido militar que hizo gala del rigor desde el centro provincial. Murió luego de una larga enfermedad, que lo afectó notoriamente.

    Roberto Romani / [email protected]

    “Es domador de hombres y potros. La vertical del centauro: el asta de su banderola. No puede caer de su nombradía ni de su redomón; porque donde un arisco lo basuree, le pasarán por encima los guapos que ambicionan su dignidad de gaucho y caudillo”.

    Así describe Mateo Dumón Quesada al general Crispín Velázquez, recordando la escena en que el respetado militar promete a Santa Rosa de Lima entregarle sus espuelas de plata si alcanza a resistir los corcovos de su caballo ante el pueblo de fiesta que presenciaba la escena, cerca de la plaza.

    Nació en Raíces, departamento Villaguay, donde residían sus padres: Pantaleón Velázquez y Antonia Rosa Taborda. Desde 1822 intervino en todos los acontecimientos de la patria. Se convirtió en valiente jefe de la caballería entrerriana, gozando de la amistad del general Urquiza, quien le confiaba la defensa del territorio provincial cuando las grandes gestas de la organización nacional.

    Exhibía con orgullo el puñal que le obsequiara Juan Galo de Lavalle, después de haber preservado su vida en pleno corazón de la Selva de Montiel. Su figura se recortaba siempre al frente de los bravos centauros.

    En el “Campamento de Macieguitas”, en los ranchos de Paso de la Laguna o en las “Puntas del Obispo”, supo defender los principios federales, sintetizados por Pocho Vittori, cien años después: “General Crispín Velázquez, lancero de monte adentro / tu banderín de pelea sigue flameando en el tiempo / los ceibos del Gualeguay florecen en los pañuelos”.

    ADMIRADO, TEMIDO. La silenciosa personalidad de este criollo de Villaguay, que desfiló en Paraná al frente de 14.000 hombres, el 25 de mayo de 1858, sigue despertando admiración, pues convocado a luchar por la libertad de sus hermanos, se transformaba en un guerrero intrépido y alegre, que contagiaba coraje en el fragor de la batalla.

    Manuela Chiessa relata el final del caudillo, en Palmas Altas: “El coronel Velázquez miró por última vez el rancherío disperso en la lomada, y aquella franja verdeante en los campos natales se desdibujó en su padecimiento… Algunas calandrias montaraces hicieron bulla en el potrerito cercano. Por la imaginación del viejo soldado pasó la imagen de aquel Entre Ríos casi desierto, campos abiertos, horizontes naturales de montes y cuchillas, que tanto había cabalgado en sus mocedades”.

    Era la mañana del 17 de abril de 1862. Lo rodeaban su mujer, Juana Verón, sus hijos y el padre Ereño, a quien confió su último secreto: “Mi cura y amigo: no siento el morir si Dios así lo quiere. Lo que siento, es no poder acompañar a mi compadre a consolidar la Nación Argentina”.

    Cerca de la entrada principal de la estancia lo esperaban sus criollos federales y una lanza de aguerridas convicciones para emprender, seguramente, la última carga, tras el pabellón incendiado de sueños costeros.

     

     

     

     

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