En Lebensohn al final son innumerables las necesidades

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“Muchas veces hay que hacer magia para multiplicar los platos” testimonia una colaboradora. Los interesados en hacer un aporte para el sostenimiento del comedor-merendero Nuestros Niños del barrio Los Berros podrán comunicar sus intenciones al 3436217817. Lo que se está necesitando es leche, galletitas, levadura, grasa, verduras, azúcar, puré de tomates y aceite.

 

Redacción EL DIARIO / [email protected]

 

La ciudad está llena de historias de vecinos que, por un momento, se olvidan de sus intereses particulares y se arremangan para darle una mano a otros, a los que van conociendo mientras la acción solidaria tiene lugar. Son experiencias edificantes desde el punto de vista humano, pero también inquietantes, porque por más esfuerzo que se haga siempre se va atrás de las necesidades.

Es lo que ocurre en Lebensohn al final, en un caserío modestísimo, sin los servicios básicos, que en otra época se hubiera llamado villa de emergencia. Allí, desde hace años, un grupo de profesionales aprovecha sus contactos y su persistencia para encontrar donantes de alimentos, útiles escolares, ropa para grandes, chicos y bebés, remedios y calzados.

El diálogo con una de las voluntarias, Marisel Cabrera, sirvió para conocer detalles del barrio y, sobre todo, cómo acercar contribuciones, en un contexto social que la pandemia ha empobrecido aún más.

—¿Cuál es la historia del merendero?

—Hay que remontarse tres años atrás. El comedor merendero Nuestros Niños surge a partir de una inquietud por acercar unos medicamentos al barrio. Es difícil determinar qué es lo que hizo que nos involucremos. Me explico mejor: en esa época yo estaba en el Servicio de Genética del hospital San Roque. Tratábamos un brote de sarna en la zona del merendero. Por lo general en esos casos el paciente llega al hospital, retira la medicación y el contacto no es más que ese. Ahí se produce la conexión con Florencia, la persona que está a cargo del merendero. Necesitábamos acercarle medicación por ese brote y lo más práctico era llevárselo hasta la casa.

Se sucedieron una serie de situaciones graciosas a partir de ese momento; por ejemplo, que al lugar no lo pude ubicar en el mapa, me guió Florencia con una explicación que fue muy ocurrente. En otras palabras, cuando menos me di cuenta estaba en el medio del monte.

Ahí Florencia salió al encuentro y vi que estaba rodeada de unos 27 gurises todos sentados en la tierra, en cajones de manzana, comiendo guiso de salchicha. En realidad era agua con salchicha, pero era todo lo que se podía servir; así que de a poco fuimos conversando con otras personas y empezamos a dar una mano. Partía el alma ver que Florencia que tenía tan poco como el resto de los chicos se deslomaba para poder servirles algo de comida. Por eso digo que la conexión que se produjo es difícil de explicar y de olvidar. Al mismo tiempo ese lugar que parece alejado de todo, con postales propias de provincias empobrecidas del norte, está a 15 minutos del centro de Paraná en auto.

—De modo que así comenzó todo…

—Sí; empezamos a hablar con gente conocida y fuimos armando una cadena de colaboración con ese esfuerzo y organización que es de la propia villa.

—¿Cómo se formó esa red?

—Entre los voluntarios confluyen ciudadanos comunes, profesionales, comerciantes, y empresarios. Además establecimos contacto con áreas del sector público que asisten este tipo de actividades e iniciativas. Por cierto, nos ha costado que el Estado apoye el proyecto. De entre tantos colaboradores destaco a Ricardo Guimarey de Lafedar porque ayudó a materializar el proyecto del comedor, pero realmente fueron muchas personas las que de diferentes maneras colaboraron. Y se va formando como una rueda en la que ropa, mercadería, enseres, medicamentos, materiales de construcción comienzan a llegar por distintas vías con un sentido de la oportunidad que parece hasta milagroso.

Son numerosas las necesidades que intenta satisfacer el comedor merendero Nuestros Niños.

—¿Cómo caracterizaría la realidad social y humana del asentamiento?

—Para que se hagan una idea, con el Club de Leones de Paraná estamos trabajando para colocar un tanque. Ahí no hay agua ni luz eléctrica. La inmensa mayoría de los niños no va a la escuela porque les quedó lejos o porque están mal comidos. De hecho, tienen una sola comida al día, que es entregada a las 18. Van como 60 gurises. Nos gustaría que funcione una escuela Nina; hemos hecho el pedido pero no tuvimos respuesta aún del Consejo General de Educación.

La metodología del funcionamiento es a través de intercambio de favores; a veces con actores que están fuera de la villa y otras veces con residentes del asentamiento. Hay seis asentamientos en total; en el que estamos trabajando nosotros hay 40 familias instaladas. Cuando las raciones son suficientes la comida se lleva caminando o en carretilla hasta el otro asentamiento. Cuando llueve la cosa empeora: las calles se vuelven intransitables, entonces con los autos nos acercamos hasta donde el suelo está firme y después se arma como un pasamanos del que participan también los vecinos, con los caballos y los carros.

—¿Los colaboradores son todos de la ciudad?

—Muchos sí, pero hay también de otras partes. Por ejemplo, trabajamos en coordinación con un matrimonio de Virginia, Estados Unidos, que ayudan a este y otros merenderos. Ellos son de Paraná pero se fueron a vivir allá; se llaman Pablo y Lorena. Nos ayudan a comprar verduras, chapas para la futura cocina, y entre otras cosas adquirieron un horno eléctrico para que podamos en algún momento empezar a capacitar a las mamás en panadería.

El resto de las personas nos integramos de diversas maneras. Por ejemplo, les enseñamos a los niños a lavarse los dientes, a que junten lo que tiran, a que mantengan ordenado. Hemos avanzado muchísimo juntos aunque queda bastante por hacer porque las necesidades son de todo tipo.

Respecto al cuidado de la salud cada seis meses hacemos un control de niños. Los convocamos y atendemos a todos los gurises que viven en los asentamientos. La pediatra Fernanda Sors los pesa, vacuna, y colabora si se necesita algún medicamento.

Diría que hoy por hoy no hay niños desnutridos, pero sí mal alimentados, con problemas bucodentales que intentamos revertir a través de la higiene personal.

Los cambios son mínimos, es cierto, pero intentamos que se sostengan en el tiempo, por ejemplo, ahora tienen gas envasado y antes cocinaban a leña. Tienen cocinas, mecheros, garrafas. De a poco se incorporan los baños, no como antes que tenían un excusado o hacían sus necesidades en el monte. En fin, hemos mejorado la salud y no tanto la vivienda, pero lo que más pesa en la pandemia es el hambre y la falta de acceso a la educación. La verdad es que hay mucha hambre: no consumen fruta ni verdura, no tienen pan, y hay que rebajar la leche para que alcance para todos; muchas veces hay que hacer magia para multiplicar los platos.

 

Un dibujante local ofrece logos para los merenderos

 

Piden leche y azúcar para un merendero de Los Berros

Un gesto solidario para ayudar a los merenderos