Los testimonios completan los aprendizajes comunes

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Apenas conseguía lector en voz alta, la peonada se reunía para repasar las historias del Martín Fierro.

Los testimonios orales tienen la capacidad de completar la documentación sobre una obra o un artista, una ciudad, una calle, un rincón. Es el caso de Francisco Segovia que, en “Del pasado entrerriano”, comparte evocaciones sin solemnidad sobre la vida de José Hernández, el autor del Martín Fierro.

Griselda De Paoli | [email protected]

Con frecuencia insistimos en el carácter de espacio socio cultural e histórico construido que tiene una ciudad, construcción atada a la de nuestra identidad como tal. También podemos verla desde otra perspectiva, como un escenario de aprendizaje al que podemos explorar y valorar. Caminar por las calles de Paraná, nos ofrece esa posibilidad de encontrarnos con señalamientos de nuestra historia, un edificio ilustre, el nombre de una calle, un monumento o una placa.

Son las personas quienes al hacer uso de los espacios los convierten en lugares dotados de significado.

Esto es lo que ha sucedido con una casa de calle España, (antes Industria) donde vivió José Hernández, el “Taquígrafo del Senado de la Confederación” y el autor del “Martín Fierro” cuyo señalamiento está plasmado en dos placas que lo indican y homenajean, instaladas en el hall de entrada del sitio en nuestra ciudad donde escribió parte de su obra.

Para evocar conexiones con los eventos pasados que estimulan sentimientos y apropiarnos de lugares que se vincularon a ellos podemos, por un lado, acudir al espacio de resguardo de nuestra memoria provincial: el Museo Histórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizamón”. Esta institución, ubicada en Buenos Aires 286, posee objetos, en este caso, que pertenecieron a José Hernández tales como un mortero y una colección de estampillas, fotos y elementos de su labor periodística.

Pero podemos demás, apelar a la memoria de un contemporáneo de Hernández, alguien que lo conoció y mediante su palabra tener ese contacto con la historia que se constituye en un verdadero tesoro. Desde las páginas de su libro “Del pasado entrerriano», de 1941, Francisco Segovia nos cuenta del José Hernández con el que interactuó, referenciando también a otros protagonistas de la historia entrerriana.

En primera persona

“Conocí a don José Hernández, el inmortal autor de ‘Martín Fierro’. Con mucha frecuencia visitaba a Paraná, la patria grande, como él llamaba a la capital entrerriana presente, porque en la época a que me refiero, la capital de Entre Ríos estaba en Concepción del Uruguay y sólo al llegar al gobierno de la provincial el general Racedo, esta pasó a Paraná.”

“Don José Hernández se alojaba siempre en la casa del doctor Martínez Fonte, que estaba situada en la calla Industria (hoy España), entre las de Humberto 1° y Libertad y frente a la casa de Bernabé Álvarez (a) El Saludador. Desde allí lo veía a diario cuando partía en la puerta de calle con su gran amigo don Manuel Martínez Fonte. Recuerdo hasta su voz, llena, sonora y vibrante como la de Aristóbulo del Valle. Hablaba siempre en voz alta, por lo que en Paraná lo llamaban ‘Matraca’”.
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“Recuerdo que con frecuencia concurría al mercado donde se paseaba escuchando los dichos y chismes gauchescos de los carniceros que entonces eran todos criollos de pura cepa y de indumentaria campera. Más de una vez escuchó de labios de viejos gauchos las historias de sus andanzas en las luchas que sacudieron a Entre Ríos y otras provincias argentinas.”
“La guerra al ‘malón’ no había terminado y de esas luchas tuvo muchas referencias por los que habían actuado y los que seguían ofreciendo sus sacrificios inenarrables en la conquista del desierto.”
“Presumo que la obra de Hernández en su poema inmortal ‘Martín Fierro’ tuvo, más que la finalidad de pintar el espíritu vivaz de nuestros gauchos, el alzar un grito de protesta y de redención para esos parias de la tierra, maltratados y explotados sin piedad por los capitanejos dominantes y brutales de aquellos días. El ridículo fue siempre un gran instrumento para corregir errores y moderar pasiones. Verdad es que una filosofía única campea en su obra, pero eso fue la herencia ancestral de nuestra raza.”
“Hernández, que era bonaerense, confirmaba en Entre Ríos lo que veía y oía de los gauchos de su provincia. La vivacidad del gaucho entrerriano fue la que campeó en su obra y alentó en su espíritu al mismo tiempo que el valor legendario de los gauchos de la Mesopotamia.”

A leer

“Recuerdo que apenas aparecida la obra ‘Martín Fierro’ yo solía pasar mis vacaciones en el campo, generalmente en El Tala, distrito Sauce, donde apenas llegaba a la estancia de unos parientes, me rodeaban peones y amigos de la casa para pedirme les leyera algo del ‘Martín Fierro’. No pocas veces vi correr por las mejillas de aquellos gauchos curtidos por el sol estival y las rudas tareas del campo, gruesas lágrimas y reír a renglón seguido, exclamando: ‘¡Lindo!, ¡ese era un gaucho!’. Aunque yo leía muy mal no deseaban que interrumpiera mi lectura y me incitaban a continuar. Al terminar aquellas secciones de lectura solía decir algún gaucho: ‘¡Suerte, amigazo, que tengamos en la estancia por muchos días, un colegiante que nos lea la historia del gaucho más querido de esta tierra!’. Y no sabían aquellos gauchos que ellos mismos habían inspirado la obra que tan alto hablaba a sus corazones y a sus sentimientos de valor y de nobleza.”

“¡Cómo me seguían esos gauchos y me ofrecían sus mejores caballos enjaezados con las más vistosas prendas de su apero, para los paseos vespertinos que realizábamos con los Ceballos, los Galeano, los Ramírez y los Mendieta! Muchas veces en esas excursiones, al llegar a alguna estancia de las que estaban en el distrito Sauce, nos cerraban el paso diciéndonos: ‘Ustedes no se marchan hoy; hay comodidad para todos y además vendrán muchachas de dos estancias, que ya hemos mandado invitar para que bailes esta noche’.”

“Eran bailes que empezaban a las ocho de la noche y no terminaban hasta el día siguiente cuando el sol estaba ya alto en el horizonte. Al terminar el baile nos servían un almuerzo campero, después del cual recién podíamos emprender el regreso. Fue en uno de esos bailes, allá por el año 1879, cuando conocí a Martiniano Leguizamón, que también tenía parientes en aquellas estancias. Leguizamón era estudiante del histórico colegio de Concepción del Uruguay y con él pasamos más de una vez las vacaciones en aquella región entrerriana. Él me ilustró sobre muchas cosas de la tierra y fue durante su vida mi maestro y gran amigo.

Muchas veces me decía: ‘Hernández con su Martín Fierro ha contribuido a defender la vida laboriosa del gaucho, ese noble campeón de todas las luchas y de todos los sacrificios’.”

AL MARGEN
Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected] [email protected] y/o [email protected]