El vino y las bodegas en un aporte sustantivo a la historia entrerriana

188

En “Entre vinos Entre Ríos. 170 años en la historia de la vitivinicultura”, la docente e investigadora Susana T.P. de Domínguez Soler expone el resultado de una laboriosa pesquisa que comenzó en 1980. Con una primera edición que realizó en 2000, el volumen que acaba de dar a conocer –continuidad del que presentó hace 20 años- contiene datos llamados a modificar aspectos del relato histórico arraigados en el país y a nivel regional.

 

ΘCarlos Marín

[email protected]

 

Como los trabajos realizados a conciencia y con profundo compromiso para iluminar alguna zona del conocimiento, “Entre vinos Entre Ríos. 170 años de historia” es un trabajo que podría modificar –de modo significativo- algunas certezas instaladas en torno a la historia de esta bebida en el país.

“Una de las inquietudes que me movilizó al comenzar esta investigación fue cuestionar mitos, relatos instalados y naturalizados en el sentido común en relación a qué paso con el vino y los viñedos en Entre Ríos; aclarar cosas que se transmitían y no eran del todo ciertas”, señala Susana T.P. de Domínguez Soler. Su pesquisa y los aportes que realiza a partir de ese trabajo, modifican aspectos de un relato histórico muy arraigado. Pero que, como se desprende de los aportes que entrega a lector, no condice plenamente con los hechos.

Para la investigadora y docente la publicación de su nuevo libro corona una investigación que comenzó en 1980, cuando con su esposo recorrieron zonas de la provincia conectándose con familias que aún conservaban la tradición viñatera en estas tierras.

Cuatro décadas más tarde, la segunda edición de este trabajo, que da a conocer en 2021, resulta un aporte significativo para comprender un proceso con aristas históricas, sociales, políticas, económicas.

“Cuando presenté el libro, en 2000, muchos lectores me solicitaron que publicara una segunda parte. Y con esta nueva edición, creo que he cumplido”, explica la autora sobre esta historia de la vitivinicultura en Entre Ríos.

El extenso volumen de 600 páginas –en el que incluye tablas, reproducción facsimilar de documentos prácticamente desconocidos y abundantes imágenes- lleva al lector desde los orígenes de esta bebida en el planeta y su relación con las distintas culturas hasta su llegada a América y al territorio actual de la Argentina, hasta arribar a Entre Ríos.

“Son más de diez años de trabajo, para completar esta nueva entrega”, confía la autora. “Ha sido un esfuerzo enorme publicarlo. Lo hice a pulmón. Desde la investigación hasta el diseño, todo ha sido resuelto con los recursos que tenía disponibles a mano”. El resultado final es este volumen muy destacable que puede adquirirse en Paraná (Librería del Ateneo) y Colón.

En el volumen, la investigadora entrega el resultado de más de cuatro décadas de trabajo.

ORÍGENES Y CRISIS

Apasionada por el estudio de las historias familiares –es fundadora del Centro de Genealogía de Entre Ríos- esta docente afable ubica a Justo José de Urquiza como el primer productor de la provincia. Sus investigaciones sobre el vencedor de Caseros –sobre quien ha publicado diversos trabajos y dos libros- le permiten sostener con fundamento esta afirmación.

“Fue Angel Elia, secretario de Urquiza en el palacio San José quien impulsó la plantación de las primeras cepas de diversas variedades en la parte posterior de la propiedad. De ello hay registro por su testimonio en su libro `Seis días con el General Urquiza´”, explica la investigadora.

Además del período de fines del siglo XIX, donde se da el crecimiento de la vitivinicultura en la provincia, el trabajo avanza hasta la década del 30 del siglo pasado. Hace algo más de un siglo Entre Ríos era la cuarta provincia en producción a nivel nacional, y descendió al séptimo lugar en el momento de la sanción de la Ley de Regulación de Vinos, de 1934. La medida –tomada por las consecuencias del desplome global de la economía generado por la crisis de 1929- fue concebida como un instrumento de emergencia para compensar serios desequilibrios entre producción (en exceso) y demanda (con una caída estrepitosa), lo que llevaban al colapso a economías como la de Mendoza.

“Hasta los años 30 del siglo pasado, cada productor de vid entrerriano elaboraba su vino y tenía su mercado”, destaca la docente. Y la producción se ofrecía y llegaba a los grandes centros urbanos, especialmente Buenos Aires con costos adecuados, en especial por algunas ventajas comparativas en relación a Cuyo, como el transporte ya que desde Entre Ríos el vino se trasladaba en lanchones, por vía fluvial y llegaba más rápido a la capital del país que desde Mendoza.

Para evitar el colapso de la producción mendocina –entre otras medidas- se dispuso en la Legislación la eliminación de cultivos de vid y su extirpación en distintas provincias y territorios nacionales, exceptuando a Mendoza. Aunque la Ley establecía la extirpación de sólo el 5 % de los viñedos, la realidad fue que las autoridades de aplicación en cada provincia avanzaron mucho más.

En cinco años, entre 1937 y 1941, la producción total de vid en la provincia descendió de 19.745 a 259 quintales. Fue la condena a muerte de un sector que había logrado establecerse con una dinámica importante.

El censo de los viñedos de 1938 da cuenta de 1065 hectáreas destinadas a la vitivinicultura en la provincia. El epicentro de la actividad se hallaba en dos departamentos: Concordia y Colón, con emprendimientos de menor nivel en otras localidades de ambas costas de la provincia (La Paz, Hernandarias, Paraná, Victoria, Concepción del Uruguay). En ese momento la actividad comenzó un progresivo declive que la llevó prácticamente a su desaparición. Durante seis décadas, la producción sólo se concretó a nivel artesanal, en un nivel doméstico, para consumo familiar “y para invitar a amigos”.

Fueron años de tristeza y dolor para familias que habían llevado adelante el cultivo de viñedos como un elemento identitario y tradicional en sus historias, muchas de las cuales tenían orígenes en distintas regiones europeas. Aún con las restricciones bodegas de Colón, Concordia y Federación continuaron con la producción.

 

EL RESURGIMIENTO

En 1991, el Decreto Nº 2.284 del Poder Ejecutivo Nacional –cuyo titular era entonces Carlos Menem- dispuso, en sus artículo 52, 53 y 54 la liberación de la producción en todo el país y la eliminación de toda cupificación y bloqueo, habilitándose la plantación y la reimplantación de viñedos así como la cosecha de uva y su destino para la industria. La medida tuvo en el entonces senador Augusto Alasino un decidido impulsor y difusor de la relevancia de lo que la medida significaba para Entre Ríos.

Desde entonces, un grupo de entusiastas emprendedores retomaron aquel camino que había sido cerrado 60 años atrás. Como sostiene la investigadora “la pasión y la tradición recuperaron la vitivinicultura entrerriana”.

Desde 2003, se han incrementado las fincas destinadas a la plantación de viñedos, y según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), del 1,4 % del total de la producción nacional en 2007, la participación entrerriana pasó, en 10 años, al 5,58%, con un crecimiento relativo relevante en rendimiento, en calidad, en cantidad de hectáreas dedicadas y de bodegas en ambas costas. En 2020 el registro da cuenta que existen en la provincia 100 viñedos y funcionan cinco bodegas industriales, dos de fraccionamiento artesanal y siete de elaboración de vino casero, todas controladas por el INV.

Actualmente la producción predomina en los departamentos Colón, Concordia, Paraná y Victoria habiéndose establecido corredores turístico culturales sobre la traza de lo que se conoce como “los caminos del vino entrerriano”. Un producto que encabalgado sobre el esforzado trabajo de pioneros, espera ser reconocido en el mundo.

La producción de viñedos y bodegas entrerrianas posee una rica historia, que fue reconocida internacionalmente.

IDENTIDAD, HISTORIA Y CALIDAD

El cultivo de la vid y la elaboración de vino se relacionan “con una mentalidad de diversificar la producción, ya que en la segunda mitad del siglo XIX, el vino era un elemento más de la economía doméstica”, explica Susana T.P. de Domínguez Soler.

Para las familias inmigrantes, el vino representaba el lugar de origen, ya que muchas procedían de zonas de viñedos y para ellas era un aspecto relevante que los ligaba a sus historias. Testimonios de época dan cuenta del sentimiento que tenían en relación a la actividad.

En ambas costas de la provincia, se elaboraban vinos con cepas de origen europeas que, destaca la autora del libro “fueron muy reconocidos y en el transcurso de al menos cuatro décadas –En exposiciones que van entre 1877 y 1914- bodegas entrerrianas conquistaron numerosos premios por sus productos”.

Un caso muy especial es el de “La exposición del Paraná”, que se realizó en la capital provincial en 1887, en la que participaron 14 provincias con sus productos más destacados. El propósito de la convocatoria era seleccionar los más calificados para que representaran al país en la Exposición Universal de París, de 1889.

Esa exposición considera la investigadora “fue trascendente para la vitivinicultura entrerriana al ser reconocida la calidad de los vinos presentados por diversos departamentos y el reconocimiento al obtener numerosos premios otorgados por un jurado de nivel internacional; vitivinicultores de la zona Oeste de los departamentos de Victoria y Paraná obtuvieron una medalla de oro. Y merecieron entre medallas de plata, de bronce y menciones honoríficas diecinueve premios, demostrando que los productores eran numerosos y más desarrollada la producción de la zona reconocidas como `la champagne del Paraná´ y `el blanco victoria´”.

“Fue importante porque los reconocimientos se obtuvieron compitiendo con las mejores provincias productoras”, señala. Y resalta que José Oriol, de Concordia fue premiado “por presentar un injerto experimental, de una cepa francesa en pie de vid americano”. Por su parte Juan Jaúregui, recibió una Mención y 500 pesos por introducir una cepa (Lorda) desconocida en el país y aún en América que tenía el bouquet de los mejores vinos franceses”.

Sobre esta exposición la docente rescata un acontecimiento casi anecdótico, pero a la vez muy significativo. “En 1887 Samiento se trasladaba por el Paraná hacia Asunción (Paraguay), donde esperaba radicarse. Anoticiado de la Exposición, durante la travesía fluvial le indicó al capitán del barco que hiciera una escala en el puerto de Paraná. El ex presidente descendió y se trasladó hasta el sitio donde hoy se levanta el actual palacio de tribunales. Allí recorrió –de incógnito y con mucho detenimiento- la muestra. Luego regresó al puerto y se embarcó para continuar su viaje a la capital paraguaya, donde murió al año siguiente”.

Lo interesante, sostiene Susana de Domínguez Soler, “es que en correspondencia que mantuvo con personas en La Argentina, Sarmiento hizo referencia a la exposición que vio en Paraná y expresó por ese hecho su mirada esperanzada en relación al futuro del país”.

 

PERFIL BIOGRÁFICO

Susana T.P. de Domínguez Soler nació en Buenos Aires, donde reside. Desde muy joven se apasionó por el estudio de la historia, la genealogía y el arte. Estudió e investigó en archivos del país y el extranjero con destacados maestros. Desde 1958 ha estado ligada a Misiones y Entre Ríos por lazos e intereses familiares. Ejerció la docencia en el nivel terciario y en el nivel universitario, en Misiones.

Entre otros libros, ha publicado “Urquiza, ascendencia vasca, descendencia en el Río de la Plata” (1992), “Santa Cándida, de saladero a mansión privada” (1997), “Urquiza. Bibliografía” (1999), “Panorama de las Artes Plásticas Misioneras” (2000), “El palacio San José, su historia, visitantes ilustres, fiestas” (2002).

“Una de las inquietudes que me movilizó al comenzar esta investigación fue cuestionar mitos instalados y naturalizados sobre el vino y su historia en Entre Ríos”, señala la autora.

EN BUSCA DEL DATO PERDIDO

“Soy ratón de biblioteca”, confiesa entre risas Susana T.P. de Domínguez Soler. En la charla con EL DIARIO desde Buenos Aires, donde reside, agrega: “leo muchísimo, me documento y busco lo que nadie busca; así he concretado hallazgos que me han emocionado, y he llegado a páginas que nadie había visto antes; cosas que nadie ha leído nunca. Y lo digo porque en bibliotecas y archivos de dependencias públicas –como la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico de Entre Ríos, el Archivo Magnasco, entre otros ámbitos- he tenido que solicitar a los responsables y personal especializado que separaran páginas de publicaciones que aún estaban pegadas por defectos en el cortado al ser impresas”.

De ese modo paciente, metódico, obsesivo, señala “en el lugar menos pensado uno halla un buen dato”. Así ha logrado ubicar nuevos elementos que permiten desmontar mitos y relatos históricos que no responden al desarrollo de los acontecimientos y a cómo acontecieron los hechos.

El dulce donaire del viñedo en las afueras de Paraná

Los viñedos ganan espacio en el horizonte entrerriano