Del silencio a la palabra

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¿Qué necesitan de la presencialidad?, preguntó Carmen** en el primer taller de Educación Sexual Integral del año. Estábamos emocionadas de volver al ruedo, a la rueda, a la ronda, porque nosotras trabajamos así, de manera circular.

 

ΘMariana Páez*

 

Nos conocíamos de antes la mayoría, pero era imprescindible recordar. Cada participante tomó la palabra para nombrarse. Luego, les pedimos que sin decir nada y sin exhalar, desde la mayor distancia posible -más de dos metros- (para evitar que las gotitas de Flügge salgan de la boca o de la nariz) nos muestren un segundo su cara. Necesitábamos recordarlas. Necesitábamos que recuerden las nuestras, para hacer contacto. Nos vimos y nos reconocimos, nos reencontramos.

Y continuamos desde la pregunta por la presencia. Presencia como cualidad del estar adelante, a la vista, manifestándose. Presente también como regalo, algo que se ofrece como ofrenda y reconocimiento, (reconocimiento apareciendo de nuevo).

Y los y las jóvenes ya nada dijeron. No hubo respuestas, ni opiniones. Lo que sí hubo fue silencio. Ojos perplejos, confundidos. Brazos y piernas cruzadas como cerrando la llave que abre algún tipo de comunicación. Preguntamos una vez más. El silencio se prolongó. Y la incomodidad.

Carmen y yo lo registramos. Lo sentimos. Nos conmovió ese silencio. Esos ojos desamparados. Vulnerables. Esa parálisis. Esa quietud en el aula, un lugar que supo estar lleno de movimiento, un moverse del cuerpo, de las ideas, de las emociones. Nos conmovió ese grito fuerte y claro que no necesitaba de palabras. Lo innombrable había sido dicho.

Y empezamos a jugar. “Voy/venga” es una dinámica desde el círculo. Alguien nombra a alguien y le pide permiso para ir, el otro o la otra habilita, diciendo “Venga”. Es un juego de rapidez y presencia, justo lo que faltaba. La oposición fue graciosa.

Y algo se abrió, se fisuró y aparecieron las palabras:

“Nos faltó adaptarnos, es todo de golpe.”

“Es tan lindo cuando un profe llega al aula y nos pregunta: ¿cómo están?”

“En la presencialidad seguimos en modo ´foro´, es cuando preguntás algo que necesitás saber en ese momento y te responden una semana después. Seguimos desconectados”.

“Necesito la escuela para distraerme del encierro, necesito otro lugar aparte de mi casa”.

“En la escuela me puedo concentrar, me organizan los horarios. Acá puedo entender, me gusta entender, en casa no. Siempre aprendemos con otros”.

“Hay profes que te hacen amar su materia en la virtualidad o en la presencialidad”.

“No me gustó que muchos nos digan el primer día: ´Abran la carpeta y copien´.”

“Quiero poder hablar, decir lo que pienso y siento. Con solo tener gente alrededor, todo cambia. Me gusta hacer cosas de la escuela en la escuela.”

“Con el profe presencial, entiendo mejor. De la presencialidad necesito la presencia, que me expliquen”.

–“¿Para qué creen que hacemos este juego del ´voy, venga´?

–Para socializar, aprendernos los nombres, aprender qué es el consentimiento. Aprender a pedir permiso. A ponerse en el lugar del otro. Aprendemos de nuevo a comunicarnos. Porque ahora nadie se habla con nadie”.

Fue mucho lo dicho. Concluimos elaborando afiches para dejar huellas en las aulas.

La experiencia del primer día de taller ESI fue intensa. Íntima. Fue mucho lo que sucedió. Se necesitaba un poco de ayuda, un puente para pasar del silencio a la palabra que estalló como si hubiera estado atrapada, guardada, tapada. No habilitada.

¿Es posible dar lo que no tengo?, nos preguntamos. Los docentes y las docentes no hemos tenido hasta el momento instancias de mirarnos, escucharnos, tomar la palabra, poner en común nuestros sentires y colectivamente acordar, proponer, imaginar cómo puede ser la escuela en estos tiempos.

Hay transformaciones que dependen del presupuesto, dedicar tiempo a conversar, requiere de una decisión política basada en la humanidad. Una inmensa decisión política. Y sí, también se trata del presupuesto. De un suponer que la escuela es un gran medio de comunicación, donde una generación entrega a la otra algo de gran valor. Y si entre las personas adultas no hay diálogo, ¿cómo sucedería tal cosa? ¿Cómo entregar aquello de lo que carecemos?

Por estos días (y siempre) resulta vital crear canales de comunicación para intercambiar formas de abordaje, hablar de lo importante. Preguntarnos, ¿cómo estás? Y recuperar la antigua y siempre nueva pregunta, ¿Qué escuela quiero? Y así, casi sin darnos cuenta, empezar a cuidarnos en un sentido integral, porque la comunicación es tan importante como lavarse las manos y usar barbijo. Comunicarnos acerca, impulsa a problematizar a recomponer la trama social. Es un verbo que la salud celebra.

 

**Carmen Alday, profesora de Teatro, tallerista ESI, coordinadora del Programa de Educación Sexual Integral Escolar (PESIE), FHAyCS, Uader.

*Dra. en Ciencias Sociales, tallerista ESI Escuela Normal de Paraná, docente Uader, autora del libro “ESI, talleres de cuerpo en juego”, Ed. La Hendija / [email protected]  

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