Eva, verdadera y auténtica expresión de multiplicidad

106
Evita ha despertado una amplia galería de sentimientos, de la veneración a la repulsión extrema.

Su acta de nacimiento y su acta de defunción fueron intervenidas, cambiaron su apellido, modificaron el lugar. Eva Duarte fue muchas mujeres, pero al mismo tiempo es una. Nada ni nadie podrá restarle el enorme mérito de ser ella: Eva, como la primera mujer expulsada del paraíso terrenal, desnuda, sonriente, doliente, ante el poema de Parménides “el ser es” que, en cualquier devenir, Es, siempre y para siempre.

 

Angelina Uzín Olleros | [email protected]

 

Eva era Ibarguren, también era Duarte y por supuesto era “de” Perón. Eva era muchas mujeres en sí misma: una verdadera y auténtica multiciplidad. Eva siempre será un devenir. Su madre la inscribió en el Registro Civil de Los Toldos como María Eva Ibarguren, el apellido materno; ser hija natural, adulterina, extramatrimonial, no reconocida, era un doloroso estigma que mucho tiempo después intentó ser reparado en el Acta de Matrimonio con Juan Domingo Perón diciendo que ella era “…hija legítima de doña Juana Ibarguren de Duarte y su esposo Juan Duarte…” y que Evita había nacido en Junín. Dicha modificación se produjo en 1945 en los días previos al casamiento con Perón, fue anotada en el acta número 728 que había correspondido a un bebé muerto a los dos meses de vida.

El contrato social surge, como su nombre lo indica, de un pacto o acuerdo para organizar la sociedad y las instituciones, la familia es la primera que asegura ese pasaje de la naturaleza a la cultura, de la promiscuidad a la homogeneidad; el padre de familia debe asegurarse que esos hijos son de él, que su apellido es dado a los descendientes que pertenecen a su estirpe, que su manutención es justificada porque esos hijos y esas hijas llevarán su sello y su “buen nombre”. Toda la vida está registrada en actas, folios, documentos que dan fe del comienzo, del transcurso y el final de una existencia. Cuando el padre no reconoce a su prole: abre una herida, traza un surco, deja una huella en la que no hay reconocimiento, no hay amor, no hay cuidado, no hay ternura.

 

La raíz

Eva formaba parte de los sin parte, un pequeño poblado signado por la pobreza, una madre soltera, que en ese tiempo era llamada “concubina” un término despectivo que designaba una relación por fuera del contrato social y que en consecuencia llamaba al desorden, la desprolijidad, la anormalidad. Eva era la menor de cinco hermanos, se mudaron a Junín y su mamá trabajaba en su casa como modista, a Eva le gustaba recitar poesía, participó en la obra Arriba Estudiantes a la que la llevó su hermana Herminda. Años después tuvo la posibilidad de ir a una prueba en Radio Belgrano, su madre la acompañó a la capital para recitar en esa experiencia tres poemas que había estudiado de memoria.

Entre 1936 a 1943 se ubica su formación como actriz. Actúa en comedias costumbristas y en radionovelas; hace varias películas en roles secundarios. Son los años de la década infame.

Eva fue transformándose de niña a mujer, de un ser vulnerable a una chica empoderada, conocer a Perón la condujo al Poder con mayúscula, y el poder puede transformar a alguien en héroe o en villano, en su caso en heroína o en villana, según se mire desde el amor o desde el odio; ella fue destinataria de los dos sentimientos, mientras vivía y después de su muerte. En sus Memorias el modisto Paco Jamandreu afirma:

“Yo vestí a Eva Perón al comienzo de mi carrera y al comienzo de la carrera política de ella. Después, durante algunos años no la vi. Comenzó a vestirse en París. Pero mientras la traté siempre tuve una extraña sensación frente a ella. Sentía que había dos Eva Perón: la muchacha dulce y buena a quien yo le dibujaba sus trajes, a quien le probaba, con quien bromeaba; y otra, totalmente diferente. Siempre he pensado que esa segunda Eva Perón estaba habitada por otro espíritu. Más de una vez he pensado que el espíritu de alguien se apoderaba de su cuerpo. A la primera le gustaban las cosas llamativas, no de detalles pero sí muy llamativas, era muy femenina, muy suave. La otra era la que aparecía en los balcones de la casa de gobierno, la que hablaba a las multitudes en la Plaza de Mayo (…) Evidentemente había una doble personalidad en ella. En el probador, charlando con sus amigos era de una fragilidad y de una femineidad increíbles. En la Plaza de Mayo esa fragilidad se transformaba en una fuerza irresistible, en algo arrollador. Nunca he podido pensar que ambas Evas fuera una sola. Y creo que eso le ha ocurrido a varias personas, aún a enemigos políticos suyos.”

 

Diccionario prolífico

Un glosario de términos se acuña a partir de Eva: descamisados, abanderada de los humildes, cabecitas negras, jefa espiritual de la nación, santa Evita.

Su personaje fue interpretado por muchas actrices, pero Eva fue la actriz principal de su propia vida, de su propia película, de su ópera, su obra de teatro, su doxografía, sus anecdotarios. Su cuerpo fue adornado por joyas, pieles y vestidos de lujo; su cuerpo al morir fue embalsamado, vejado, secuestrado, escondido, en un viaje tan largo que llevó más tiempo en su muerte que en su vida el largo derrotero.

Aramburu, que había sucedido a Perón, dio la orden de hacer desaparecer el cuerpo de “Evita” como la bautizó su pueblo, le quitaron el rosario, le cambiaron el nombre por el de María Maggi de Magistris, una viuda italiana y lo llevaron a Milán, se sabe muy poco sobre lo que ocurrió con su cadáver durante los años siguientes, es una certeza que después de muchas súplicas se lo entregaron a Perón, que se encontraba exiliado en Madrid, en 1971. Casi 14 años después de su “secuestro”.

En su libro La razón de mi vida (1951) eligió el nombre que deseaba tener, no había apellidos ahí: “Si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo. Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama Evita me siento con gusto compañera de todos los hombres.”

 

 María Eva Duarte

1919-1952

María Eva Duarte nació en el pueblo de Los Toldos, provincia de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1919. Ella, su madre Juana Ibarguren, y sus cuatro hermanos formaban la familia irregular de Juan Duarte, quien falleció cuando Evita tenía seis o siete años. En esa época, se trasladaron a la ciudad de Junín, donde Eva permaneció hasta 1935. En enero de 1944, Eva Duarte conoce al coronel Juan Domingo Perón en un festival que la comunidad artística realizaba en beneficio de las víctimas de un terremoto que había destruido la ciudad andina de San Juan pocos días antes. En el mes siguiente, ya vivían juntos y dos años más tarde regularizaron la relación, contrayendo matrimonio en una ceremonia íntima. En febrero de 1946, tras una campaña electoral en que la presencia de Evita fue determinante, Perón es electo presidente de la Argentina; su trabajo se desarrolló en la Fundación que llevaba su nombre mantenido con donaciones de empresarios y trabajadores, creó hospitales, hogares para ancianos, para madres solteras, policlínicos, escuelas y una ciudad infantil. Falleció el 26 de julio de 1952 a la edad de 33 años, su velatorio duró más de 15 días convirtiéndose para muchos en Santa Evita.