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viernes, mayo 7, 2021
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    La transitada Cervantes, de los márgenes al microcentro

    Desplegada de oeste a este, la calle Cervantes es neurálgica para conectar puntos de un lado y del otro del microcentro. Si bien cuenta con sectores que conservan la estirpe barrial, hay una lenta mutación que modifica el sentido de la convivencia mientras dota de mayores comodidades a las residencias o las moderniza.

     

    ΘVíctor Fleitas

    [email protected]

     

    En alguna de estas construcciones, late aún un recuerdo de cumpleaños, con bonetes de cartón, gurises de corbata fina y pelo engominado, vestiditos con vuelos y una guarda en el frente, sonrisas traviesas que miran la torta de reojo, vasitos y platitos blancos descartables, sobre un mantel de hule floreado.

    Sin embargo, Cervantes no parece detenerse en detalles y sigue sucediendo, río bravo de autos, motos y colectivos, a contracorriente de las aguas pluviales que supieron inundar esas casas y que siguen buscando el Antoñico aunque ya nadie lo note, hacia una modesta bifurcación de pasajes que mantiene orgullosa el nombre del “Príncipe de los ingenios”, autor de “El Quijote”.

    De Gaboto hacia el oeste, el perfil residencial de Cervantes se asemeja a las barriadas cercanas a los arroyos. Las viviendas son proletarias, pero no necesariamente precarias. Algunas parecen sacadas de los sueños de un trabajador: de pocas habitaciones, en cierto; de una sola planta y techo de chapa ondulada, es verdad; pero reluciente de cuidados y con una parra a la témpera en el patio chico de baldosas desde el que la convivencia adquiere un status de trascendencia.

    El tránsito vehicular y peatonal por este tramo de Cervantes se circunscribe a residentes, repartidores y carteros, salvo los fines de semana cuando las visitas llegan en colectivo o en autos que hacen renegar, con pasta frola, almibarados pastelitos o bizcochuelos, ganas de matear y de ponerse al día.

    De Tucumán al este, Cervantes no tiene lugar para el reparo vegetal. FOTOS: Gustavo Cabral.

    La mayoría sale hacia el centro, no hacia el arroyito vuelteador del que hablara Rossi. Y cuando llegan a Gaboto, Cervantes ya es un torrente que mezcla a grandes y chicos, destartalados y lustrosos, que aceleran y frenan, que se esquivan, mientras buscan un lugar en el mundo.

    Desde el bulevar Sarmiento, Cervantes adquirirá un aspecto formal característico: ancho de tres carriles entre cordones, uno siempre destinado a estacionamiento; y veredas amplias, con una proporción de gramilla inicialmente generosa que se va ciñendo hasta desaparecer a medida que la peatonal se acerca. Hasta Tucumán, el arbolado es continuo, tupido, armónico, integrado a un entorno que a la vez exalta.

     

    Perfiles

    En ese tramo, dominan la escena las viviendas residenciales, de una o dos plantas, encaramadas desde lotes que llegan hasta el corazón de la manzana.

    Desde Tucumán, Cervantes pierde sentido vecinal, se despersonaliza. La primera impresión es que hay menos afán puesto en embellecer el espacio común, mientras la proporción de comercios nos hace olvidar que probablemente en esas cuadras también viva gente. Luego de Buenos Aires, sobreviene el tramo semipeatonal pero al espacio ganado al pavimento fue cedido a las baldosas y los adoquines: sólo las palmeras y algunos arbustos pequeños recuerdan que hay tierra y nutrientes bajo esa alfombra fría en invierno y abrasadora en verano.

    Larga galería de sombra y edificaciones, Cervantes es también una playa imaginaria, sujeta a los ritmos de la economía citadina, a la política general de ingresos y a las consecuentes transformaciones urbanísticas, lentas pero irremediables. Si nos fuera dado, podríamos advertir que, en ciclos de largo aliento, una marea singular inunda a Cervantes y después se repliega: la mayor parte de lo que arriba va quedándose, afincándose, mientras otras entidades van siendo reemplazadas, se desvanecen en el olvido o ceden ante el golpeteo mortuorio de martillos y cortafierros.

    Se trata de una imperceptible oscilación de años en la que la capacidad desigual de inversión marca el compás de la metamorfosis en cada sector. Acaso por eso, en una misma cuadra pueden convivir el imperturbable edificio vidriado y la señora que mueve de la galería al patio las planteras para que lo vegetal sea bendecido en días de lluvia. Y que, más allá, pasando Santiago del Estero, un ferretero o un mercadito todavía fíen a determinados clientes, mientras hacia el centro los empleados de otro comercio le sacan chispas al posnet con el que acreditan las ventas.

    En fin, que si se analiza a Cervantes desde sus extremos se apreciará mejor esta distancia que se alarga, como parte de la dinámica inexorable por la que dos barcos se alejan.

    La calle Cervantes es muy transitada, a toda hora. FOTOS: Gustavo Cabral.

    Cruces

    Cervantes también es territorio propicio para cierta multiculturalidad urbana, producto de la mezcla incesante de los que permanecen y de los que están de paso. En efecto, a la heterogeneidad residente le corresponde una diversidad circulante, que va desde el auto estrenándose al carrito que inicia la labor del reciclado.

    Por cierto, no hay manifestaciones de ese tipo de sociabilidad que se despliega en las veredas; tal vez por decoro en virtud de que, a ciertas horas, la calle es un hormiguero en plena faena, tanto que el ruido de los escapes sofoca el canto del pajarerío, disimulado en espesuras formidables dominadas por el fresno.

    De tarde, Cervantes late de otra manera y de noche, mientras duerme, indeterminados grillos se burlan del vano ajetreo diurno y, desde distintos recovecos, se desgañitan en el envío de mensajes sonoros en clave. Imperturbables celadores, tal vez se pasen el parte de novedades: una mudanza, los recién nacidos y los que ya no volverán; el incidente vial del día; el enfrentamiento de mascotas por el mismo metro cuadrado de césped.

    Al otro día, una a una las luces encenderán la ajetreada rutina de Cervantes y los granujas que asisten a la Escuela Rivadavia mantendrán la vigencia del ring-raje, que es un modo irreverente de seguir intentándolo, contra todo pronóstico.

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