Dos edificios monumentales son además faros de la educación

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Dos edificios, uno en Concepción del Uruguay y otro en Paraná, han sido exponentes de proyectos educativos extraordinarios. Tanto el Colegio del Uruguay como la Escuela Normal fueron intervenidos con el paso de los años. Ambos son monumentos históricos nacionales.

 

Mariana Melhem / [email protected]

 

El Colegio Histórico, secundario y laico, es el más antiguo del país. Junto a la Escuela Normal, primera de su tipo en la Argentina y de Sudamérica -donde además nació el Jardín de infantes-, han sido fundamentales para la formación de científicos, dirigentes políticos, militares y educadores.

Ambas funcionaron en edificios confederales que luego, demandaron ampliaciones y hasta sustitución para adaptarse a las nuevas funciones.

Además del carácter pionero en materia educativa, estos establecimientos propiciaron el surgimiento de entidades cooperadoras y culturales de apoyo a los estudiantes que aportaron para sustento habitacional, alimentario, de útiles y libros; a la par de constituirse en “puente” entre los ingresantes y los egresados, que permanecieron en contacto mucho tiempo después de graduados. Al repasarlos, se pueden advertir también los proyectos políticos de los que emergieron.

El Colegio, ya sin la hilera de árboles. Foto: Gentileza Julio Blanco.

El Colegio Nacional del Uruguay inició sus actividades en 1849 como Colegio particular, pasando a ser oficial a partir de 1851 al integrar a los alumnos del Colegio de Estudios Preparatorios de Paraná (que había cerrado sus puertas), a jóvenes previamente formados de Gualeguaychú, Concordia y de la misma Concepción bajo un sistema de internado.
Fue monitoreado por Justo José de Urquiza, quien lo consideraba como “su único heredero”.

El Colegio del Uruguay, desde el entorno de la plaza.

El prestigio del cuerpo docente, entre los que se hallaba el destacado francés Dr. Alberto Larroque, hizo que en poco tiempo fuera considerado como uno de los establecimientos más doctos de la Confederación. Hacia 1854 el plan de estudios estaba compuesto por materias como: latinidad, matemáticas, teneduría de libros, idioma francés e inglés, jurisprudencia y música.

Con los años, el edificio del Colegio del Uruguay se amplió.

Más tarde se incorporaron las orientaciones en comercio y letras, y las carreras universitarias de jurisprudencia y armas. Para 1912 se destacaban entre sus instalaciones, los gabinetes de historia natural, física y el laboratorio químico, equipados con modernos aparatos como linterna de proyecciones luminosas y poderoso microscopio, junto a valiosas colecciones minerales, vegetales y zoológicas.

Algunos rincones actuales permiten imaginar la actividad en épocas pretéritas.

Los estudiantes se formaban en ciencia con clases experimentales que complementaban con el estudio de dibujo para ilustrar dichas prácticas. La biblioteca contenía los volúmenes de la Biblioteca Nacional, Biblioteca Urquiza y Biblioteca Larroque sumando cerca de siete mil libros, encuadernados por estudiantes en el taller del propio Colegio.

Espacios amplios para aprender y sociabilizar.

Allí se graduaron alumnos que, más tarde, se desempeñaron como presidentes de Argentina, Paraguay y Uruguay. También cursó sus estudios secundarios Teresa Ratto, primera mujer egresada, que más tarde obtuvo el título de Médica en la Universidad de Buenos Aires, siendo una de las primeras de todo el país.

Proyecto y ejecución
En una carta de 1849, el General Urquiza expresaba: “Éste debe ser, (…) un edificio capaz de admitir más de quinientos jóvenes; aunque él hoy no se haga todo entero, se acabará andando el tiempo, y su plano debe ser (…) levantado por un arquitecto inteligente y científico”.

Los ex alumnos desempeñaron un rol clave en el sostenimiento del Colegio.

Siguiendo estas consideraciones el proyecto fue encomendado al arquitecto francés Pedro Renom, quien concluyó los planos para el mes de octubre, iniciándose inmediatamente las obras. El edificio original se pensó de forma coherente con los gustos de la época, un clasicismo con influencia del neorrenacimiento italiano, desarrollado en una sola planta y mirador de tres cuerpos que dominaba todo el conjunto.

En su momento, el Colegio del Uruguay fue un faro educativo.

Ocupaba media manzana y estaba organizado en torno a un patio central con galerías donde se disponían las aulas, oficinas, salón de actos y demás dependencias. El acceso se daba en el frente principal sobre Plaza Ramírez.

El edificio del Colegio es monumento histórico nacional.

Hacia 1880 se agregó un primer piso, sobre la fachada y entre 1935 y 1942, fue refaccionado y ampliado hasta ocupar el total de la manzana. Se demolió tres cuartas partes de la obra original, de la que quedaron los grandes salones del frente, la escalera y el mirador. El nuevo edificio, a cargo del arquitecto Pelayo Sainz, fue adosado a la parte considerada de mayor valor histórico. Desde 1942 es Monumento Histórico Nacional.

Nuevos aires
En 1870 el presidente Sarmiento, a través de un Decreto que refrenda Avellaneda, fundó en Paraná la primera Escuela Normal del país con la misión de “formar maestros competentes para las escuelas comunes”.

También por su ubicación, la Escuela Normal es una referencia fundamental en Paraná.

En el mismo decreto se establecía que debía constar de un Curso Normal de cuatro años de duración y una Escuela Modelo de Aplicación de seis grados y mixta, a instalarse en el edificio de la ex Casa de Gobierno de la Confederación.

Las funciones especificas del edificio fueron variando, con los años.

Para ejercer el cargo de Director fue contratado, desde Estados Unidos, el Sr. Jorge A. Stearns iniciándose las actividades el 16 de agosto de 1871 con dos profesores y más de veinte alumnos en el curso Normal.

En la actualidad es destacado el rol social y educativo de la Escuela Normal.

El Director organizó la primera forma sistemática en la práctica de la enseñanza y de la crítica pedagógica, la implantación de métodos intuitivos y experimentales en las ciencias naturales y físico-químicas; la reglamentación de un sistema de becas y el fomento de actividades que generen un vínculo con la sociedad.

También la Escuela Normal ha mantenido el vínculo con ex alumnos.

Le sucedió, en la dirección, el Sr. José María Torres quien resultó determinante en el posicionamiento de la institución en la formación normalista.

El edificio original fue intervenido y, hoy, es un monumento nacional.

En 1924 contaba con cincuenta profesores y más de mil cien estudiantes, de ambos sexos, matriculados.

Al iniciarse la década de 1930, se crea el Instituto del Profesorado y con ello se construye el nuevo edificio sustituyendo a la antigua Casa de Gobierno.

Para el proyecto, realizado en las oficinas técnicas de la Nación, se optó por un partido compacto compuesto por subsuelo, planta baja y dos pisos altos. La organización se realizó en torno a dos patios rodeados por aulas y unidos, en planta baja, a través de galerías y un patio cubierto. Sobre este, en el primer piso, se ubica el Salón de Actos, con bandeja elevada balconeando sobre la platea.

El edificio fue puesto en valor, hace ya algunos años

La fachada de composición clásica, si bien es sobria, tiende al monumentalismo puesto en relieve con las mansardas que se elevan en las ochavas en coincidencia con los portales de acceso, que diferencian los niveles educativos.

Pese a su uso intenso, el edificio mantiene toques de distinción arquitectónica.

Sobre las calles Corrientes y Andrés Pasos, la fachada se repliega generando patios que permiten ventilar los subsuelos. Llama la atención la cúpula del observatorio que emerge sobre el conjunto. Por sus atributos es Monumento Histórico Nacional desde 2009.

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